El fantástico mundo de Wes Anderson

Ilustración: Clara Santos

Crítica

El gran hotel Budapest (2013), de Wes Anderson

Por Sara Méndez

Siento que recibo críticas por colocar el estilo encima de la sustancia, y por los detalles que se atraviesan en el camino de los personajes. Pero cada decisión que tomo es la manera de sacar adelante a esos personajes. (Wes Anderson)

El artista y su obra

De una capacidad imaginativa extraordinaria, Wes Anderson es uno de los cineastas más originales del panorama cinematográfico actual. Nacido en la ciudad de Houston (Texas) en 1969, Anderson comenzó a hacer películas a los nueve años con una cámara Súper 8 que tenía su padre. A lo largo de su infancia y adolescencia, el joven artista cultivó su pasión por la escritura, el teatro y el dibujo, pero fue durante sus años universitarios cuando Anderson tomó la decisión de hacer películas de manera profesional.

Amante del cine desde muy temprana edad, su entusiasmo por el séptimo arte no hizo más que crecer gracias a la colección de libros y películas de la facultad de Arte, donde Anderson descubrió a grandes genios como Fellini, Truffaut y Godard, constantes fuentes de inspiración para el cineasta. Fue allí, en la Universidad de Texas en Austin, donde casualmente conoció a su íntimo amigo Owen Wilson, con quien escribió sus tres primeros filmes: Bottle Rocket (1996), Academia Rushmore (1998) y Los Tenenbaums: una familia de genios (2001), por la que recibieron su primera nominación al Óscar a mejor guión original. Desde entonces, Wes Anderson no ha parado de crear personajes inolvidables como el oceanógrafo protagonista de La vida acuática con Steve Zissou (2004), los hermanos Whitman de Viaje a Darjeeling (2007) o los jóvenes enamorados de Moonrise Kingdom, filme que inauguró el Festival de Cannes en 2012; sin olvidar al carismático protagonista de Fantastic Mr. Fox (2009), adaptación de la famosa novela de Roald Dahl, nominada al Óscar a mejor película de animación.

Tras los últimos éxitos, Anderson regresa con su primera película rodada íntegramente en Europa, El gran hotel Budapest. Presentada el mes pasado en el Festival de Berlín, Anderson (coguionista de todos sus filmes) nos cautiva de nuevo con la belleza de sus historias un tanto surrealistas donde la fotografía, el diseño de producción y la música son protagonistas.

Ambientada en los años 30, El gran hotel Budapest narra las peripecias de M. Gustave (Ralph Fiennes), el legendario conserje de un lujoso hotel situado en la (inventada) República de Zubrowka, y Zero (Tony Revolori), su protegido, quienes roban una obra de arte Renacentista de valor incalculable y se ven envueltos en la batalla que enfrenta a una familia adinerada tras la muerte de su matriarca. Con la inminente guerra como escenario y personajes de lo más variopintos, Anderson reúne de nuevo a su elenco de actores (entre los que cabe destacar a Bill Murray, Owen Wilson, Jason Schwartzman, Adrien Brody, Willem Dafoe, Tilda Swinton y Edward Norton) para sumergirnos en una aventura fascinante. A su “familia artística” se unen el magnífico Ralph Fiennes (para quien Anderson escribió expresamente el papel de M. Gustave), Tom Wilkinson, Jude Law, la joven Saoirse Ronan y Léa Seydoux (a quien el cineasta dirigió en los fashion films que realizó para promocionar el nuevo perfume Prada Candy).

 El universo “andersoniano”

Con un estilo personal un tanto retro, no es de extrañar que las historias de Wes Anderson tengan lugar en tiempos pasados, donde lo digital no tiene cabida. Todas sus películas (excepto Fantastic Mr. Fox) están rodadas en celuloide de formato ancho con lentes anamórficas que en ocasiones distorsionan la luz y la imagen. Es precisamente esta cualidad hiperrealista de los filmes de Anderson lo que muchos críticos le reprochan, pero la dicotomía entre la artificialidad de su arte y la autenticidad de las emociones de sus personajes es lo que le convierte en un cineasta único. Puede que las obras de Anderson tengan un toque inocente, incluso pueril, pero su particular sensibilidad artística ha fundado un nuevo estilo cinematográfico conocido como “andersoniano”.

Admirador del cine de Buñuel, Anderson admite que sus filmes tratan de ser realistas, no naturalistas. Lo cierto es que sus historias tienen una carga emocional significativa. Marcado por el divorcio de sus padres cuando era tan solo un niño, Anderson explora de manera recurrente ciertos temas, como son la familia, el divorcio y la muerte. Detrás de sus hilarantes diálogos y de su colorida fotografía (realizada por Robert Yeoman) se ocultan las miserias de la vida y el dolor de los corazones heridos de sus personajes. Y es ahí donde radica la verdadera belleza de su cine, real a pesar del artificio artístico que tan bien caracteriza el cine de Wes Anderson.

Sus historias, cargadas de nostalgia, se desarrollan en “casas de muñecas” creadas por el propio Anderson. Su universo está formado por mundos inventados habitados por personajes extravagantes cuyo entorno resulta ilusorio. Lo paradójico es que Anderson rueda todas sus películas en localizaciones reales evitando, dentro de lo posible, los decorados. Academia Rushmore se rodó en la escuela en la que estudió el propio Anderson, para La vida acuática con Steve Zissou, el cineasta hizo construir un barco de verdad, en Viaje a Darjeeling se llevó a todo el equipo a la India y alquiló un tren para rodar la película y para El gran hotel Budapest, Anderson y su elenco de actores y colaboradores se instalaron en un hotel en Alemania, lugar donde se desarrolla gran parte de la historia. Incluso en Fantastic Mr. Fox, Anderson utilizó pelo de verdad para hacer las marionetas de la película, que utiliza la técnica de stop motion. Esta obsesión porque todo sea real se debe, fundamentalmente, a su apego a los sistemas analógicos y a lo “hecho a mano”, pero también es su manera de contrarrestar el surrealismo de sus historias.

Wes Anderson en 1993 (con 24 años). Fotografía de Laura Wilson.

Wes Anderson en 1993 (con 24 años). Fotografía de Laura Wilson.

Sus relatos son viajes evocativos al pasado, a una realidad donde hay una armonía artística cuidadosamente planificada por el propio autor. Sin embargo, la localización de sus historias es en ocasiones desconocida o inventada. A Anderson le gusta mezclar impresiones de sus viajes, de libros, de películas, para crear su propio universo. Este es el caso de El gran hotel Budapest, cuya historia tiene lugar en la Republica de Zubrowka, un país inventado que, en definitiva, es una fusión de varios países del este de Europa.

Pero existen otros elementos que caracterizan el estilo “andersoniano”. Por una parte está el diseño de producción, cuya meticulosidad proporciona cierta dramatización a sus historias. Y es que gran parte del éxito de sus filmes proviene del ambiente y el colorido que proporcionan tanto los decorados como el vestuario de los personajes. Cada plano está cuidadosamente establecido por Anderson y cada objeto expresamente colocado para formar parte de su fabuloso microcosmos.

La música es otro elemento sustancial en la obra de Wes Anderson, amante de los vinilos (que siempre tienen cabida en sus películas), y cuya presencia resulta esencial tanto en los montajes como en los planos a cámara lenta que caracterizan su obra. Los capítulos en los que se dividen sus historias (como si de novelas se tratasen), los zooms y la vista en corte de los escenarios son también parte de su insignia. Pero lo más fascinante de sus películas son sus personajes, las estrellas de sus historias (todos ellos artistas de corazón, como el propio Anderson), quienes nos cautivan con sus carismáticas personalidades. Algunos de ellos ya son clásicos, como es el caso de Max Fischer (protagonista de Academia Rushmore). A la colección se unen ahora el entrañable M. Gustave y Zero, aunque no cabe duda de que la imaginación de Wes Anderson tiene todavía mucho que ofrecer. Esperemos que su próximo filme nos llegue pronto para poder perdernos en otro de sus maravillosos mundos.

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