“Sono una forza del passato”

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Crítica

Pasolini (2014), de Abel Ferrara

Por Manuela Partearroyo

Con este verso procedente de su Poesía en forma de rosa, Pasolini explica con claridad el motivo por el que se llenaron las dos salas reservadas para la prensa. Parece que, a pesar de cumplirse ya cuarenta años de aquel fatídico dos de noviembre de 1975, este maestro incómodo aunque irreprimiblemente fascinante sigue estando en nuestra memoria de lo descarnado, de lo intenso, de lo profundo, como una colosal fuerza del pasado.

El retrato que Abel Ferrara ha presentado, al que hay que aplaudirle un incuestionable coraje por la mera intentona, nada entre el misterio y la sordidez, ingredientes a los que el director es ciertamente proclive, pero deja al espectador con más preguntas que respuestas, lo cual aún no sé si fruto de la casualidad o deseo explícito del cineasta. A veces el cine sabe escribir la historia de un personaje a través de un período breve de tiempo, y hay casos de incuestionable gloria cinematográfica. Ferrara se sube a este caballo y trata de contar a su personaje a partir de sus últimas cuarenta y ocho horas de vida. Pero claro, la inmensidad conceptual de Pasolini convierte la tarea en un monumental examen fílmico, en el que se elige la narración caleidoscópica para tratar de saciar las muy distintas (y a veces opuestas) vertientes del planeta Pasolini, su relación con el cine y la fama, sus aficiones a lo popular, sus amistades (las filiales y las peligrosas), y por supuesto su compromiso con el mundo, con su identidad, y con la muerte. Para ello cuenta con una exhaustiva documentación, cada dato de la agenda, cada cita y cada encuentro, y se aferra a la sombra del mito para generar toda la trama que engarza la cinta. Sin embargo, y en contraposición con el realismo visual de la propuesta, resulta difícil olvidarse de la problemática lingüística: el hecho de que Dafoe chapurree un italiano de supervivencia y prefiera lanzar los soliloquios del personaje en inglés, era sin duda la única opción viable en este caso, pero produce un distanciamiento que no acaba de resolverse positivamente.

Ahora bien, ver a Willem Dafoe en la pantalla con las gafas y las chaquetas del poeta produce un sobrecogimiento considerable para quienes hemos leído y amado al personaje. Sus paseos por los bares y las tabernas, así como por supuesto el infausto viaje hasta Ostia, nos obligan a enfrentarnos a un fantasma, un espectro poético que si no nos ha abandonado del todo, viene dispuesto a sembrar aún más dudas. Del mismo modo, todo un golpe al corazón, así como un acierto incuestionable de casting, ha sido reconocer en los ojos frágiles de Susanna Pasolini a Adriana Asti, la inmensa actriz que daba vida a la madre de los protagonistas de La Meglio Gioventù (Marco Tullio Giordana, 2003), por cierto, título proveniente de otro verso pasoliniano. Y por supuesto, visualizar los almuerzos compartidos junto a Laura Betti (interpretada en este caso por una María de Medeiros atada a un cigarrillo con boquilla) saciarán la curiosidad anecdótica de quien conozca bien la filmografía del italiano y, a ratos, se reflejarán en ellos ángulos invisibles de los personajes. De hecho, hay que decir que la película le asume al espectador un dilatado conocimiento de la biografía y obra del poeta, lo cual da cierta solidez a la propuesta.

La película cose a fuego la sección más biográfica, con los últimos proyectos del maestro, sobre todo en torno a Petrolio, su obra maestra que, como su vida, quedó inconclusa. Ferrara acertadamente recrea para la pantalla lo que iba a ser su siguiente película tras Salò, otra reflexión entre un padre y un hijo en torno a la muerte. En esta recreación, además, se produce la más dolorosa de las coincidencias: la presencia de Ninetto Davoli, que presta sus rizos a Riccardo Scamarcio como personaje, y se mira en el espejo de su yo actual para darle un último homenaje al amado maestro.

Pasolini es, efectivamente, una fuerza del pasado, pero su fuerza (y esta película) está aún inconclusa, y así parece dejarlo entrever esta sólida aunque imperfecta elegía que le brinda Abel Ferrara. Inconclusa porque le faltó un final digno, un final en el que el poeta sobreviviese a su propio mito y fuese su obra y no su asesinato lo que llenase las estanterías de sus homenajes. Inconclusa porque le faltó más tiempo, o tal vez otro tiempo.

Pasolini es una fuerza del pasado que se hace presente para llenarnos de dudas. Tal vez por eso el epílogo de esta película parece escribirse con puntos suspensivos.