Ocho exitosos apellidos, o las ocho recetas indestructibles del sainete

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Por Manuela Partearroyo

Reservamos nuestras burlas para aquello que nos es semejante

Ramón del Valle-Inclán.

Como diría Sinatra, it was a very good year.

Sin duda, con más 123 millones de euros recaudados, y una cuota de mercado del 25,5% (lo que significa que asciende a un cuarto del total de las películas vistas por los espectadores patrios), el cine español este año puede mirar a la cara a las cinematografías extranjeras. Puede hacerlo no sólo por la calidad de algunas de las propuestas, como la impecable La isla mínima, de Alberto Rodríguez, sino también (y tal vez sobre todo) por el éxito conseguido en la taquilla, que, así entre ustedes y yo, es de las cosas que más interesa a los productores. Pero eso es cosa lógica, pues el acto de ir al cine, que hasta hace poco estaba condenado al leve fluir de los cinéfilos y los poco doctos en piratería, inevitablemente sigue atrayendo, interesando y generando beneficio. Y ésa es la vara de medir, le pese a quien le pese, de toda empresa o industria que pretenda seguir adelante.

Han sido muchas y muy variadas las propuestas que este año han dado en el clavo, y eso es un incuestionable signo de optimismo. Está el caso de El niño, de Daniel Monzón, que tuvo un arranque de película de Hollywood y en la que su director retorna al tono policiaco, tal vez sin la finura de Celda 211, aunque con un encomiable esfuerzo por realizar una cinta atrayente e impecablemente dirigida. Luego está la muy sobresaliente acogida que ha tenido la ya mencionada cinta de Alberto Rodríguez, sin duda la favorita del año para quien escribe, que en nada tiene que envidiar a los detectives de Louisiana, y cuyas referencias al gótico sureño faulkneriano (con permiso de Amanece que no es poco) se entremezclan con los fantasmas yermos de Lorca y los romanceros en un resultado poco menos que perfecto. Pero no podemos olvidar la quinta desventura de Torrente, un producto enormemente denostado al cual muchos deberían dejar de mirar por encima del hombro para agradecerle que haya solidificado de modo tan increíblemente constante los cimientos de este caballo difícil de cabalgar que es el cine español. Faltan más: el Mortadelo y Filemón de Fesser y los porteños Relatos salvajes producidos por los hermanos Almodóvar, cuya negrura esperpéntica tan bien entiende el espectador hispano como el argentino. Bendito sea el veneno caducado.

Para reírse de los vascos hay que reírse de los andaluces, y eso significa que todos somos semejantes (es decir, iguales) ante el vil rasero de la risa.

Pero si hay un fenómeno que, como dice Pablo Pazos, ha transcendido de lo cinematográfico para entrar de lleno en lo sociológico, ése es sin duda el caso de esos ocho existosísimos apellidos. Más allá del resultado cinematográfico de la cinta, parece incuestionable que ha sido lo que pretendía ser: un producto enormemente rentable, y además, ha conseguido serlo con los ingredientes más patrios que existen, ésos que ya estaban en Lope y que se hicieron eternos a través del sainete.

Parece necesario que el cine español, aunque sea desde una perspectiva plenamente comercial, sepa conjugar tan acertadamente los elementos más cómicos del suculento menú del sainete, para fabricarse unas Escenas andaluzas del siglo XXI con todo el jolgorio costumbrista de los hermanos Quintero. Y reconozco que prefiero un cine comercial hispano que se adscriba a tradiciones propias que uno que pretenda asimilar por analogías pretenciosas los spielberguismos más colosales. Ambos tienen pocas pretensiones de autor, y sin embargo, la enorme diferencia entre honrar las herencias propias o preferir las ajenas es una sola: la autenticidad. Está claro que el olfato de Emilio Martínez Lázaro para los taquillazos es digno de estudio; desde sus años de compadreo con David Trueba para aquellas comedias románticas woodyallenianas como Amo tu cama rica (1991) o Los peores años de nuestra vida (1994), hasta el fenómeno chulapomusical que significaron los múltiples lados de la cama que también triunfaron en los primeros años del milenio (2002 y 2005). Pero ninguno de estos éxitos son comprables con el de Ocho apellidos vascos, un fenómeno de boca a boca que ha arrastrado al cine a espectadores que hacía años que no pisaban una sala (ente ellos mi abuela…). Y eso siempre es una buena noticia.

Decía Valle-Inclán que uno debe reservar las burlas para aquello que nos es semejante, y eso es precisamente lo que pretende el guión de Cobeaga: para reírse de los tipos y tópicos de una región es necesario reírse de otros tantos clichés de las regiones vecinas, lo cual produce un consecuente equilibrio en la comicidad. Para reírse de los vascos hay que reírse de los andaluces, y eso significa que todos somos semejantes (es decir, iguales) ante el vil rasero de la risa. El sainete, en su presentación de distintas realidades a grandes brochazos y sin matices, es magnánimo y equidistante en la presentación de virtudes y defectos de unos pueblos más que enfrentados, encontrados. Si el vasco no sabe divertirse como el andaluz, éste no tiene su honestidad, ni su entereza, ni su gastronomía. Conceptos tan tópicos como discutibles que, sin embargo, resumen con gracia una realidad demasiado completa y compleja, que, por primera vez, nos ha permitido reírnos de las cosas que en este país no han hecho ninguna gracia durante más de cincuenta años.

Ocho apellidos vascos es un fresco de tópicos que con mayor o menor acierto dispara chistes a discreción para salvaguardar el espíritu de fraternidad en este estado de las autonomías que en estos tiempos parece resquebrajarse a cada paso

Esa es la ventaja del sainete. Que nos abre la puerta de una realidad plural sin salir del todo del cliché más evidente. La estrategia es la tipificación: el personaje no es más que un esbozo, a trazo grueso, sin apenas espacio para el detalle y la complejidad; igual que los chistes de Lepe o los de mi admirado Karlos Arguiñano, el juego es con la convención. Pero no importa, es de ahí de donde emerge la comedia, pues nos imaginamos perfectamente el estereotipo regional y lo aceptamos. Y, de hecho, la península entera ha comprendido el humor de este hit sin dudas ni resquemores, así lo atestiguan los datos: Madrid encabeza el número de espectadores (1,3 millones), seguida de Andalucía (1,23) y, curiosamente, el tercer lugar es para Cataluña (1,14).

Sin duda es una película de disfrute patrio, difícilmente exportable por el juego de peculiaridades con las que se afianza el sainete. Tal cual se hacía con las Escenas asainetadas de Arniches, Mihura, Estébanez o los Quintero, tan repletas de fanfarrones soldados andaluces, chuletas madrileños, agarrados vendedores catalanes o marineros gallegos… muy suyitos ellos. De hecho, es difícil imaginarnos a un extranjero riéndose de estas diferenciaciones regionales. El humor de Ocho apellidos vascos, herencia de la aventura televisiva de Vaya semanita, nos induce a creer en que se puede pasar de lo particular a lo universal bajo la varita cómica del sainete: sólo quienes convivimos en la plurisignificación de esa cosa llamada España comprendemos lo distintos que somos, y sin embargo, lo similares que acabamos siendo a fin de cuentas por el mero hecho de reírnos de nosotros mismos. Por eso reservamos nuestras burlas para aquello que nos es semejante.

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Se trata de un enredo sencillo y jugoso: dos personajes que, debido a sus circunstancias socioculturales, están tan condenados a pelearse como a desearse (Clara Lago y el monologuista Dani Rovira). En el motor del enredo, el siempre atractivo recurso del disfraz por el cual se desata el entramado cómico, en nuestro caso, un engominado andaluz que cambia los polos y el jersey al cuello por la palestina y el acento vascuence. El enmascarado protagonista deberá ampliar sus recursos para lidiar, primero con la damisela más bien hosca que no tiene interés alguno en retomar el idilio, y luego por supuesto, con el temido suegro (el perfecto Karra Elejalde). Al héroe le acompañan los dos irresistibles graciosos al más puro estilo de Lope de Vega, que apoyan el enredo y le reportan los momentos más hilarantes. También cuenta con el apoyo de una inesperada cómplice: la extremeña viuda de guardia civil que vive en el pueblo (Carmen Machi).

Así pues, el cuarteto protagonista lo configuran dos amantes en conflicto, que repentinamente se ven obligados a fingir una relación inexistente; ambos están flanqueados por otros dos personajes antagónicos: el suegro, que representa el obstáculo del objetivo, y es a quien hay que engañar; y la suegra postiza, que como decía es la compinche del chico y finge ser su madre por romanticismo o por simple aburrimiento. Se desata entre el suegro y la suegra una irremediable atracción que refleja la cara oculta de los opuestos, aquella en la que se diluyen las diferencias para encontrar, por azaroso sentido, la risa y la alegría en quien parecía destinado a no encontrarla. Así, el cómplice y el obstáculo se unen mientras que el fingimiento de los amantes principales se va haciendo cada vez menos necesario. Por supuesto, el final no puede ser más predecible, se van desvelando los fingimientos, pero detrás se sustituyen por verdades nuevas, basadas en buenos sentimientos y un novedoso respeto y admiración mutua. Todo ello impregnado de un mal disimulado cachondeo patrio, con coche de caballos al son de Los del Río incluido.

En un arrebato contra el teatro de su tiempo, Valle-Inclán dijo que para empezar a cambiar el arte español había que empezar por fusilar a los Quintero

Pero si tal vez hay que quedarse con algo, es con esa escena levísimamente sugerida por el guión de Cobeaga, acerca de lo ocurrido al fallecido marido de la Machi, con el mero reflejo de un esperpéntico salón repleto de banderas y banderillas (como manda el cliché), y con el eco fúnebre de un atentado en la recámara. Ella, a falta de rencor, tiene sólo buenas palabras de su tierra de acogida. La síntesis de un personaje puramente cómico que sin embargo sabe defender esa risa que se te hiela en la boca. Del mismo modo, podríamos recuperar aquella escena del incendio de un basurero, tan comentada en su estreno, que lleva al protagonista a la cárcel y a convertirse por sorpresa en dirigente de la kale borroka. A pesar de la comicidad y la irremediable sintetización del problema vasco, si hay apología de algo es del reírse hasta de la muerte, porque es el único modo de cicatrizar las heridas.

Ocho apellidos vascos es un fresco de tópicos que con mayor o menor acierto dispara chistes a discreción para salvaguardar el espíritu de fraternidad en este estado de las autonomías que en estos tiempos parece resquebrajarse a cada paso, aunque solo sea, tal y como trata de definir la película, cosa de políticos, más bien alejada de las realidades de la gente de a pie.

Con unas gotas de mala uva y el sabroso catálogo del sainete, han dado en la diana. Otros tantos creeréis que los Ocho apellidos vascos se pasan de landismos y clichés, que es un humor muy de chiste fácil, y efectivamente lo es, pero no está mal recuperar estos recursos cómicos si el resultado es tan fructífero. No será producto de festivales, pero sin duda gracias a este tipo de cine el de festivales resulta más factible. Echamos de menos que el apoyo público, tan denostado por algunos, en vez de promover los taquillazos, se atreva con la gente que empieza, o con aquellos que aportan propuestas más avant garde, tan irremediablemente necesarias para seguir innovando; pero para ello es crucial que el cine español sepa construir, generar y distribuir películas como estos ocho exitosos apellidos.

Es verdad que, en un arrebato contra el teatro de su tiempo, Valle-Inclán dijo que para empezar a cambiar el arte español había que empezar por fusilar a los Quintero, y sin embargo, era el primero reconocerle al sainete la paternidad del esperpento, que es, al fin y al cabo, y como dice Santos Zunzunegui, la rama fundamental del cine español. Sin sainete no tendríamos ni escopetas nacionales, ni pisitos, ni niñas de nuestros ojos, ni verdugos en extraños viajes con mujeres al borde de ataques de nervios. Encontrar las raíces de la risa en la autoparodia, además de terapéutico, se apellida, por los dos lados, éxito seguro.

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Bibliografía

Pazos, Pablo. «”Ocho apellidos vascos”: radiografía de un fenómeno sociológico», ABC, 06/05/2014.

García, Rocío y Borja Hermoso. «Alegrías y miserias del cine español», El País, 19/10/2014.

García, Rocío. «El cine español firma su mejor año», El País, 10/12/2014.

Poyato, Pedro. Historias(s), motivos y formas del cine español. Córdoba: Plurabelle, 2005.

Zunzunegui, Santos. Los Felices Sesenta. Barcelona: Paidós, 2005.