Una pistola para tres justicieros

El odio (1995), de Mathieu Kassovitz

Por Rau García

“Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”

Mathieu Kassovitz (París 1967) rodó “El odio”, su segunda película, a los 27 años, con la que ganó el Premio a Mejor Director en el Festival de Cannes, que recibió en presencia de su padre, entre el público invitado a la ceremonia, el también director (húngaro) Peter Kassovitz, de quien dice haber aprendido, entre otras cosas, el arte de la puesta en escena que para Mathieu es tan importante a la hora de dar vida al guión. Pero además de guionista, también es actor, habiendo trabajado en películas tan variopintas como “Un héroe muy discreto” (1996), de  Jaques Audiard”, “Amelie” (2001), de Jean-Pierre Jeunet, “El quinto elemento” (1997), de Luc Besson, “Munich” (2005) de Steven Spielberg o, sin ir más lejos, en la película que hoy recomiendo.

“El odio” nace (justo cuando estaba pensando en adaptar su tercer cortometraje “Asesinos…” en un largo) de la necesidad por reaccionar ante lo que venía ocurriendo en París y en los alrededores entre los años 86 y 96, pues Mathieu llevaba mucho tiempo dándole vueltas a hacer una película con contenido social, hasta que un día, una de las noticias que se sucedían con frecuencia en los medio de comunicación, le dio la idea. La policía cargaba violenta e indiscriminadamente contra las personas que se manifestaban en las calles de París por la muerte de jóvenes a manos, precisamente, de policías antidisturbios. Ya sabemos que la violencia suele generar más violencia (y odio), y más cuando los encargados de hacer que se cumpla la ley son los que la incumplen, por eso la policía debe tener la capacidad de reaccionar de otra forma que no sea la brutalidad, y no solamente en las calles, sino en los interrogatorios, etc. Siempre hay vándalos que aprovechan estas aglomeraciones de personas para hacer lo único que pueden y saben: transformar en guerras manifestaciones pacíficas. Pero los agentes de la seguridad no deben emplear su fuerza de manera destructiva para mantener el orden o para obtener información, pues es normal que alguno se lleve un porrazo, un pelotazo de goma o un chorrazo de agua, pero el fallecimiento de personas en las calles y en las comisarías ya son palabras mayores. A pesar de ello, “El odio” no es una película anti-policial ni política, pero sí denuncia lo que pasaba y sigue pasando de vez en cuando, de manera tan amena, por cierto, que casi no te das cuenta. La comicidad está muy presente, pero desde el drama. A veces hasta parece acercarse al documental.de las ganas del director por convertir su tercer cortometraje “Asesinos…” (1992) en un largo y

El punto de partida de “El odio” (historia que transcurre en 24 horas) es sencillo a la par que interesante: un policía ha perdido su pistola en una reyerta y ahora nadie sabe dónde está ni quién la tiene, pero alguien, seguro, se la ha encontrado. Es inevitable preguntarse qué poder tendría la pistola de un policía en manos de un joven de un barrio marginal, pero la curiosidad es aún mayor al saber que el nuevo dueño del arma está lleno de rencor hacia los policías porque uno de ellos ha herido gravemente a un amigo suyo, que ahora se debate entre la vida y la muerte en un hospital de París. Por otro lado, “El odio” hace una reflexión sobre la vida en estos suburbios donde conviven en paz diferentes culturas, pero en los que también existe mucha delincuencia que, sobre todo, arrastran a jóvenes sin dirección como los protagonistas de la película.

Vinz, Saïd y Hubert

Se rodó en Chanteloup, pero la película no habla de este suburbio francés en concreto, sino de todos en general, aunque los actores (que se implicaron en el proyecto más allá de su función estricta) y todo el equipo se impregnaron de la vida en aquel lugar en concreto y se mezclaron con sus habitantes, algunos mudándose desde seis meses antes del rodaje a este barrio no demasiado agradable y bastante peligroso, aunque los hay más aún. Primero, por elección propia, pues querían captar la verdadera esencia para contribuir al realismo de la película. Segundo, para ganarse poco a poco a su gente, pues no fue tarea fácil encontrar un suburbio donde les dejarán rodar (localizaron una quincena y este fue el único donde le dieron permiso del ayuntamiento, pero otro muy distinto es el consentimiento de los ciudadanos que están a pie de calle, que en estos barrios a menudo tienen sus propias leyes y más autoridad que los de arriba). Contra todo pronóstico, el rodaje fue bastante bien en este sentido (aunque nunca sabían al 100% si iban a poder rodar al día siguiente), exceptuando algún incidente sin gravedad como el robo en el apartamento de los actores, cuando no estaban dentro (no había nada de valor), o cuando un grupo de chavales empezaron a tirar piedras contra el cristal de la ventana de Mathieu, por la que tuvo que asomarse y calmar sus encendidas curiosidades y sospechas. Querían saber si el director, los actores, etc., eran militares o policías y si no, para qué estaban allí, a lo que el director, como el forastero que llega a un pueblo del lejano oeste y se topa con el sheriff, tuvo que explicarles con mucho tacto que tenían intención de rodar una película, desde el respeto, cosa que a algunos, al principio, no les hizo ninguna gracia y a otros les fascinó la idea de que fueran a hablar sobre ellos en el cine, pero no de la manera en que lo suele hacer la televisión. Muchos de los habitantes de Chanteloup aparecen como figurantes dándole aún mayor veracidad.

Para el ahora archiconocido Vincent Cassel, esta película significó un impulso determinante en su carrera profesional. Había hecho cosas anteriormente, pero “El odio” fue realmente el primer papel interesante con el que poder demostrar lo que valía. Y vaya si lo hizo. “Vinz” es notablemente uno de los mejores trabajos de su carrera. Antes de terminar la película, después de rodar algunas secuencias, como una en la que imita frente al espejo a “Travis”, el personaje de Robert De Niro en “Taxi Driver”, ya tenía el presentimiento de que iba a ser una bomba, prácticamente de culto. Tal es la química entre ambos que Cassel ha trabajado en varias ocasiones con Kassovitz, a sus “ordenes” o a las de otros directores. Sus compañeros, Saïd Taghmaoui, que interpreta el papel de “Saïd”, ha trabajado en películas como “Tres reyes” (1999), de David O. Russell o “Cometas en el cielo” (2007), de Marc Forster. Y Hubert Koundé, como “Hubert”, en el “El precio del perdón” (2001), de Mansour Sora Wade, “El jardinero fiel” (2005), de Fernando Meirelles o en el primer largometraje de Mathieu Kassovitz “Café au lait- Métisse” (1993), que Vincent Cassel, el propio director y su pareja, Julie Mauduech, coprotagonizaron junto a él. Los tres actores utilizaron sus propios nombres, lo que ya da una pista de la profundidad de sus interpretaciones y el nivel de exigencia y compromiso con sus personajes y con la película en general.

Como director, Mathieu Kassovitz ha hecho películas que quizá entre ellas sí tienen puntos en común, como “Los ríos de color purpura” (2000), Gothika (2003) o Babylon A.D. (2008), todas con una dirección magistral, pero están lejos del estilo de “El odio” o “Café au lait”, que son más independientes, personales y arriesgadas, tanto que parecen que hayan sido dirigidas por cineastas diferentes. Es como si tuviera dos etapas casi irreconocibles entre ellas. Es la sensación que me da, pues cuando una película se convierte en una de mis favoritas, suele gustarme la filmografía entera del director, más o menos, con excepciones, por supuesto, pero en este caso no es así. Será que “El odio” ha conseguido eclipsarlas, porque me gusta demasiado. Por la exquisita dirección llena de planos secuencia difíciles de realizar, por su impecable fotografía en blanco y negro, por la calidad de las interpretaciones tan buenas que a veces parece que improvisen, por la frescura y ritmo del guión y por muchos motivos más, “La haine” es una de esas películas especiales que no me canso de ver, aunque me la sepa de memoria.