La gran estafa americana

 

 

Ilustración: Clara Santos

Mucho tupé y poca chicha

Por Sara Méndez

Tras ver La gran estafa americana me pregunto cómo es posible que David O. Russell sea el mismo director que hizo Three Kings (1999) y The Fighter (2010), grandes películas que encumbraron su carrera cinematográfica.

Es difícil entender qué ha visto la Academia en su último trabajo, La gran estafa americana, para darle una nominación al Oscar a mejor película. Puedo entender, e incluso apoyo, las nominaciones a Christian Bale (quien ya recibió el Oscar a mejor actor de reparto por su papel en The Fighter hace dos años) por su sorprendente transformación e interpretación, así como las nominaciones a Amy Adams y a la ya oscarizada Jennifer Lawrence. Puedo incluso aceptar la nominación a David O. Russell como mejor director si tenemos en cuenta sus anteriores trabajos, pero quitarle la oportunidad a otra película de estar nominada en esa categoría me parece realmente una estafa, nunca mejor dicho. Puede que como muchos otros, Russell se haya dejado seducir por el poder de Hollywood y haya vendido su arte al diablo. Pero también me pregunto por qué me sorprendo después de que su anterior film, El lado bueno de las cosas (2012) fuese nominada en la misma categoría la gala pasada teniendo en cuenta algunas de las excelentes películas que quedaron olvidadas por el camino. En fin, cosas sorprendentes pero reales.

La gran estafa americana cuenta la historia de Irving Rosenfeld (Christian Bale) y su exuberante compañera, Sydney Prosser (Amy Adams), estafadores de éxito a quien un agente del FBI, Richie DiMaso (Chris Cooper), obliga a trabajar para la organización federal. La excesiva ambición de DiMaso les arrastrará al turbio mundo de la política y la mafia donde la farsa es la única forma de supervivencia.

Excesivamente caricaturizada, la película resulta visualmente escandalosa, tanto por la estridente fotografía como por el vestuario y esos tupés que te sacan de la historia. Y es que Russell parece poner más énfasis en los aspectos sensoriales del film que en la propia narración.

La excelente interpretación de Bale nos cautiva y consigue conmovernos, pero de actuaciones no sólo vive el cine. Si algo falla en el filme es la historia, demasiado plana, a pesar de lo que pueda parecer. Russell no consigue emocionarnos ni nos hace temer por la vida de sus personajes, quienes apenas sufren alguna que otra magulladura de lo más insignificante. Ni siquiera cuando aparece el mafioso Victor Tellegio (Robert De Niro) sentimos temor por la vida de Irving, con quien simpatizamos desde la primera escena, cuando se coloca el pelo postizo frente al espejo. Quizás lo más interesante de la historia es la transformación de este personaje, quien realmente experimenta un cambio moral importante, pero por lo demás la historia sólo trata de entretener con extravagancias y bromas fáciles que no consiguen arrancar risas, a pesar de ser una comedia del absurdo. Es más, si no fuera por el talento del reparto es muy posible que la película hubiese sido un fracaso. Lo peor es que la historia tiene potencial y las relaciones que se establecen entre los personajes resultan divertidas y entrañables en ocasiones, pero el afán de querer hacer del fin una parodia sobreactuada del mundo de la estafa estropea el resultado final.

La encantadora Amy Adams hace también una interpretación digna de ser premiada dando vida a una mujer que, como Irving, lucha por conseguir una vida mejor de manera ilegal haciendo uso de sus encantos de ninfa. Jennifer Lawrence, a quien Hollywood adora, ha sido una vez más nominada al Oscar a mejor actriz de reparto, aunque esta vez su actuación es verdaderamente deslumbrante y no sólo por los brillos que lleva encima. Bradley Cooper y Jeremy Renner (en la piel del político Carmine Polito) también hacen un trabajo sobresaliente. A pesar de todo, Russell se queda en la superficie y no consigue sino una película entretenida pero fácil de olvidar.