La tragedia de una madre

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Teatro

Hécuba, de Eurípides. Versión de Juan Mayorga. Dirección de José Carlos Plaza.

Por Claudia Lorenzo

No sé cómo decir esto de otra forma. Si eres español, si has vivido alguna parte del siglo XX, Conchita Velasco es parte de tu vida. Sea como sea. En la televisión, en el cine, en el teatro, la Velasco ha entrado en tu familia de una forma u otra. Y probablemente la recuerdes dicharachera, como en su monólogo de los Goya, con esa voz fuerte e irónica, siendo una maestra de la interpretación nacional.

Por eso es un hito que tras cincuenta años nuestra Conchita vuelva a pisar el Teatro Español interpretando a la perra Hécuba, protagonista de una tragedia griega (o troyana) de Eurípides, adaptada por Juan Mayorga. Hécuba ha sido reina, ama, madre y esposa y ahora es esclava. Le han arrancado la corona, el reino, y ha perdido a su marido y a sus hijos en la defensa de Troya. Pero aún le queda Casandra, encamada con el griego Agamenón, Polixena, esclava como ella, y el pequeño Polidoro, evacuado antes de la caída de la ciudad y entregado a un amigo, Poliméstor, para su cuidado. En un mismo día aciago, Hécuba recibe la noticia de que el espíritu del muerto Aquiles reclama a la troyana más bella para ser sacrificada en su tumba (Polixena) y recupera el cadáver, destrozado por el mar, de su Polidoro, asesinado por aquel que tenía que protegerle. Con el apoyo, o más bien la intervención de Agamenón, Hécuba, doliente y sedienta de sangre, se vengará de (alguno de) sus enemigos. La conclusión es brutal, apasionada, rencorosa. El espíritu trágico no abandona la obra ni un segundo.

Como culpo a Escocia de mi reciente adicción al teatro, vuelvo a confesar lo cinéfila que soy y lo ajena al mundo de la escena que era hasta hace unos meses, a pesar de haberla frecuentado más o menos. El teatro, frente al cine, es una experiencia mucho más cercana y lejana. Dependiendo del asiento en el que nos encontremos, el espectador ve la representación en un plano u otro. No hay cámara que intervenga. La electricidad es diferente e igualmente rica. Y las interpretaciones son otras, más teatrales. Por eso cuando el elenco, bárbaro en su totalidad, comienza la obra declamando, una se pone en situación y se muestra encantada de tamaño esfuerzo. Porque en el primer piso al fondo se les escucha.

Y hete aquí que se abre la tienda en la que las esclavas viven y sale esta septuagenaria de metro sesenta, pelo largo blanco, inmensa presencia y leyenda inimaginable. Y susurra, habla con calma, proyecta esa voz fuerte que le sale de las entrañas, que no indica nada más que el hecho de estar sufriendo, llorando y lamentando la pérdida del hogar. Hécuba no grita, habla. Y Concha no interpreta, Concha es, Concha se convierte en Hécuba, madre desgarrada y vengativa, rencorosa, apasionada y lista, lista como el hambre. La Velasco vuelve a confirmarme lo que ya creo: la personalidad de algunos intérpretes trasciende el personaje y le dota de un carácter más profundo, más sabio, más auténtico. Así se agarra a su hija, queriendo impedir su sacrificio. Así llora a su hijo, traicionado. Y así hace sufrir a Poliméstor, sin complejos, sin remilgos. Qué le duela como a ella le duele el mundo. Y que tenga que vivir con ello por dentro.

Hora y media después, la tragedia no ha dejado títere con cabeza y el Teatro Español, tristemente no lleno en su totalidad el día de la presentación, recibe a los intérpretes, al director José Carlos Plaza y al dramaturgo Juan Mayorga, bajo una lluvia de aplausos. La gente en pie celebra ver a Concha Velasco sobre las tablas del Español, y ella rompe el acuerdo entre personaje y espectador, y  toma la palabra como actriz, agradeciendo volver cincuenta años después a esa sala, con esa obra, con esos compañeros. Los besos y abrazos se reparten por doquier. Hécuba acaba fatal, desgarrada. La Velasco se despide, sin embargo, heroica y espléndida. Es Conchita, y es familia. Todos nos alegramos del triunfo.

Hécuba se representa en el Teatro Español hasta el 23 de febrero.