Eloy de la Iglesia

Eloy de la Iglesia ilustrado por Anabel Perujo

Eloy de la Iglesia ilustrado por Anabel Perujo

El cineasta en su galaxia

Por Molly Izaga 

 Entre lo que se alucina, lo que se quiere ver, lo que se ve realmente y lo que no se ve, el juego es infinito: es ahí donde tocamos la parte más íntima del cine (Serge Daney)

Mucho antes de conocer a Eloy seguía yo de cerca, por amigos comunes, el turbulento recorrido desde su nacimiento vasco bajo Franco, pasando por la militancia clandestina en el Partido Comunista, a la marginación, el desarraigo, el lumpen y el oscuro túnel del caballo en el que muchos de los suyos se habían quedado, y del que él –gracias a su pavor a las agujas– había salido vivito y coleando; todo ello preñado de cine, porque simultáneamente en ese tiempo –hasta “La estanquera de Vallecas”– había traído al mundo un buen número de películas que rompiendo reglas a diestro y siniestro retrataban con notas tan disonantes como certeras la idiosincrasia de aquel país que llevaba cuarenta años aguantando, a la espera de que muriera de viejo el dictador asesino y llegara la transición… Eloy se convirtió en  director de culto a la vez que en cineasta maldito –un malditismo que él guardaba junto al orgullo agrio con que hacía bandera de su homosexualidad.

La estanquera de Vallecas por Anabel Perujo

Tenía 52 años y llevaba diez ausente de las pantallas. La heroína lo había tenido abducido durante cuatro años; ya habían pasado siete desde que la había dejado, pero es que –como él decía– tardas mucho tiempo en recuperarte de la marginación a la que la droga te ha llevado. Entonces, el festival de San Sebastián quiso hacer una sección paralela en la que se revisarían 21 películas suyas, 20 años de una época muy concreta de la historia reciente española a través del cine de un cronista de mundos subterráneos y retratista de la marginalidad, así lo anunciaron. Y él quedó eternamente agradecido al director y viejo amigo Diego Galán por esa oportuna invitación, que le devolvía al medio del cine y le insuflaba la esperanza de verse de nuevo detrás de una cámara, algo que deseaba más que ninguna otra cosa.

Su reaparición en esa ocasión, tras la larga ausencia, fue de traca. Era una noche de septiembre de 1996 y estaba teniendo lugar la inauguración en el viejo Teatro Victoria Eugenia. El elegante público asistente aplaudía la aparición de Eloy de la Iglesia, de traje y repeinado, en lo alto de la escalinata que daba empaque al decorado. Descendió tranquilamente y no acababa de saludar cuando irrumpió en escena, pancarta en ristre, un grupo de militantes que a voz en grito reivindicaban derechos de presos vascos. Hubo un rifi-rafe considerable. Una vez  que los intrusos hubieron pasado del escenario a los brazos de los policías que les aguardaban entre cajas, restablecido el orden, Eloy volvió a bajar los escalones y se acercó al micro con fino humor, “Decíamos ayer…”  Esta vez fue interrumpido por culpa de un error de realización. Cuando a la tercera se dispuso a dirigirse al respetable, previo nuevo descenso de escalera, arrancó con guasa “Bueno, parece que ya va saliendo mejor”, con lo que una sonora sonrisa de relajo se desparramó por la sala.

“No creo que haya hecho ningún trabajo, a pesar de la presión ideológica de mis comienzos, que no responda a mi visión personal de las cosas, a mi apetencia de hacer o no una historia determinada. Incluso de optar por un público concreto”.

“Eloy de la Iglesia, en estos diez años, estaba localizando exteriores” explicaba  entonces José Sacristán sobre el vertiginoso viaje de Eloy, seguramente sin darse cuenta de hasta qué punto así era. No precisamente exteriores, ni tampoco  localizando, pero sí ocupado en algo que ninguna droga pudo jamás impedirle hacer, vivir en cine, en esa peculiar dimensión del cineasta que era. – “Yo trabajo,  soy cineasta aunque no ruede”, decía Victor Erice contestando a una pregunta usual en una inusual entrevista en Venecia el septiembre pasado. Y luego,  más adelante durante la misma entrevista  “Pertenezco a una generación para la que el cine fue sobre todo testimonio de la vida, y también un elemento de resistencia. He vivido en esa educación, ha sido mi cultura, y sigo en ella”. Puntos en común entre dos cineastas de obra bien dispar.

“Un profesional del cine nunca para de trabajar. Puede no tener un salario, ni un contrato, pero la herramienta vive dentro de uno mismo y estás engrasándola desde el momento en el que coges el bolígrafo y empiezas a escribir un esquema de guión, o incluso cuando vas a ver una película y determinada secuencia te llama la atención. La herramienta es la mirada. Ese pensar y deformar lo que vas viendo por la calle, lo que lees un día en el periódico” –palabras de Eloy, entrevistado tras haber rodado “Calígula” para televisión–…. Es cierto que cuando comencé a rodar ahora llevaba muchos años sin ponerme detrás de una cámara…” Tantos años, que había dado tiempo a que el ordenador desplazara al bolígrafo. Al releer a Camus, se había dado cuenta de que no se trataba sólo de un daguerrotipo del tiranicida, sino que era además una apología de la libertad. Desde esa mirada rodó “Calígula”. Era el año 2001, el mismo en que coincidió como jurado en San Sebastián con Claude Chabrol, un encuentro fructífero. En esos diez días de películas, charlas y trabajo juntos fluyó entre ellos una corriente de comprensión que le aupó a Eloy el ánimo y se le quedó en el recuerdo para calentar el espíritu en algún crudo invierno venidero.

De entre las ideas que incesantemente le bullían en la cabeza, una iba camino de materializarse. “Los novios búlgaros”, la novela de Eduardo Mendicutti de la que se había prendado para llevar al cine, tuvo la fortuna de ser financiada, producida, escrita, rodada y estrenada. Una vez más Eloy había hecho la película que le había dado la gana. “No creo que haya hecho ningún trabajo, a pesar de la presión ideológica de mis comienzos, que no responda a mi visión personal de las cosas, a mi apetencia de hacer o no una historia determinada. Incluso de optar por un público concreto”.

Para entonces éramos vecinos. Se había trasladado con sus cuatro pertenencias a un diminuto apartamento –en la pared un poster de “El pico”– del que me separaba una corrala que yo cruzaba con mi vaso de vino en la mano cuando le iba a visitar, cada vez más a menudo –cada vez más enfermo–, él con su vaso de leche. Ya hacía tiempo que ni alcohol ni nada, salvo la droga más dura, la imposible de dejar, el pitillo, Ducados. Entre volutas de humo, sentado en su sillón frente a la pantalla del televisor, veía películas, leía, observaba involucrándose desde los griegos clásicos hasta el último suceso del día, y conversaba en cuanto tenía ocasión, ingenioso, fantasioso pero mesurado, de hablar elegante. Siempre el cineasta en su galaxia, aun cuando viéndole caminar en zapatillas por la acera de la Cava Baja, al reconocerle alguien sintiera por él esa pena de variados matices que suelen dar los venidos a menos. Consciente y a la vez totalmente ajeno a todo ello, Eloy no estaba de vuelta de nada, él seguía de camino.

Entró en el quirófano un día de marzo, sin temores, no tenía miedo a morirse, porque sentía que todavía tenía cosas que hacer aquí. Nunca volvió en sí.

Un mediodía soleado de luz tamizada y colores pastel, unos cuantos amigos bajamos algo despistados a la playa de Zarauz, el pueblo de Eloy; llevábamos en un cofre sus cenizas. La marea estaba baja, la playa enorme, la mar calma chicha. Ninguno sabíamos cuál era el protocolo, alguno había oído decir que lo que íbamos a hacer estaba prohibido. Pero nos animamos a descalzarnos y remangarnos, y con el agua por la rodilla fuimos metiendo las manos y dejando que las cenizas se deslizaran por entre los dedos sobre la ola de la orilla. Luego nos tuvimos que sacudir los restos de ceniza que la brisa nos había esparcido por la ropa, como en una película de Ken Loach. Mientras los mayores así nos despedíamos de Eloy, el niño Guillén chapoteaba entusiasmado y correteaba por allá desnudo, hermoso como un ángel.

Filmografía

2003 – Los novios búlgaros

2001 – Calígula

1987 – La estanquera de Vallecas

1985 – Otra vuelta de tuerca

1984 – El pico 2

1983 – El pico

1982 – Colegas

1980 – Navajeros

1981 – La mujer del ministro

1980 – Miedo a salir de noche

1979 – El sacerdote

1979 – El diputado

1977 – La criatura

1977 – Los placeres ocultos

1976 – La otra alcoba

1975 – Juego de amor prohibido

1973 – Una gota de sangre para morir amando

1973 – Nadie oyó gritar

1972 – La semana del asesino

1971 – El techo de cristal

1970 – Cuadrilátero

1969 – Algo amargo en la boca

1966 – Fantasía… 3

El pico (1983)

La estanquera de Vallecas (1987)

El diputado (1978)