El Sol del membrillo: Recuerdos

Por Angeles García

La primera vez que vi El sol del membrillo fue en una pequeña sala privada en  el barrio del Parque de las Avenidas de Madrid. El público asistente se reducía al director, Víctor Erice con su hijo Pablo; al protagonista, Antonio López; el crítico de cine de El País, Ángel Fernández-Santos (Coguionista con Erice de El Espíritu de la colmena) con su hija Elsa y yo misma, que entonces era redactora jefe de la sección de cultura de El País. Íbamos a ver lo que se conoce como “copión” de la película, el proyecto prácticamente finalizado, pendiente del montaje definitivo.  La película se estrenó en 1992 con 139 minutos.

Lo que nosotros vimos esa tarde sobrepasaba las tres horas. El rodaje había sido largo y tenso en ocasiones y parece que a la hora de reducir metraje, ninguno de los dos artistas daba su brazo a torcer. Para ambos era fundamental la opinión de Fernández-Santos. Fiel a su costumbre, Ángel se  sentó en uno de los butacones más próximos a la pantalla, un poco alejado de los demás. Sacó su paquete de Ducados  (entonces se fumaba en todas partes), unas hojas para tomar notas y la proyección comenzó.

La película-documental cuenta el intento de Antonio López de pintar un membrillero de su jardín. Es, en realidad, su eterno intento de capturar la luz y el tiempo sobre un objeto. El artista manchego siempre pinta directamente del natural. Con la misma luz y a la misma hora. Cualquier alteración meteorológica (un poco de viento, un cambio en la iluminación) paraliza su trabajo. Cada obra es una lucha permanente contra los elementos. La escasa colaboración de la naturaleza es responsable de que el sótano de su casa esté repleto de obras inacabadas.El objetivo de Erice era filmar ese intento desesperado del artista por trasladar la luz exacta sobre los frutos. El filme se rodó durante el otoño de 1991. La estación fue pródiga en vientos y lluvias. Nada que hacer los días de agua, pero frente a los zarandeos del  viento, el pintor inventaba soluciones rudimentarias para evitar que la fruta volara antes de tiempo y se convirtiera en abono prematuro de su pequeño jardín: unía las hojas con pequeñas tiras de papel celo, marcaba con pintura blanca la longitud de las nervaduras  en relación al tallo para controlar el crecimiento.Erice no solo llena de belleza la pantalla con cada imagen sino que con su conocida maestría hace que la angustia del pintor se viva como una película de suspense.

El espectador sigue casi con angustia la persecución de la luz, entre la tensión de un western o una película de suspense.El membrillero es uno de los árboles frutales del jardín de la vivienda que Antonio ocupa con su familia en una zona de casas bajas junto a la madrileña plaza de Castilla. Eso da pie a que mientras él trabaja, vayan desfilando con diferentes pretextos sus familiares y amigos. Está su mujer, María Moreno, también pintora figurativa. En esa peculiar carrera contra reloj  entran y salen del jardín algunos de sus amigos de toda la vida. Memorable la escena en la que  Enrique Gran le sujeta los membrillos de los zarandeos del viento (“mierda de tiempo”, se le oye decir al pintor) y para hacer la angustia más llevadera, ambos se animan a cantar una tonadilla de manera tan desastrosa que se animan a repetir algunas estrofas.  Los que no aparecen se habla de ellos, pero nada del mundo personal de Antonio queda fuera de la historia.

Al final de la proyección, la emoción se había instalado en el corazón de los privilegiados espectadores. Erice, medio a escondidas, ocultaba sus nervios. Creo recordar que Antonio farfullaba algo sobre la necesidad de disminuir el metraje y amputar así el documental y que si había que hacerlo, cuanto antes.  A Ángel se le veía también emocionado,pero no recuerdo que allí se manifestara. Prefería explayarse con el papel. Sí recuerdo que se abrazaron, quizá intercambiaron dos o tres palabras, y que Víctor rompió en ese momento a llorar.

La película fue elegida para la sección “Una cierta mirada” en el festival de Cannes de aquel año. La crónica de Fernández-Santos arrancaba así: “ El cine español vuelve a competir la próxima semana en Cannes con un filme en el que un árbol, un pintor, su mujer, un amigo, tres obreros, la casa, la ciudad y un sueño son únicos ingredientes. Con ellos el cineasta Víctor Erice ha elaborado El sol del membrillo, film e que arranca como documento y se hace poco a poco poema”.