El coraje de Atticus, la leyenda de Gregory Peck

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Crítica

Matar a un ruiseñor (1962), de Robert Mulligan

Por Claudia Lorenzo

En la calle principal de Park City, pueblo en el que se celebra todos los años el festival de Sundance, hay una cafetería-librería que recibe a la clientela con frases célebres de Atticus Finch y retratos de Gregory Peck vestido de traje claro o de rebeca. No en vano el lugar se llama como el famoso personaje al que idolatra. Más allá de ser una figura esencial en el relato de cuanto acontece en Matar a un ruiseñor, novela y película, Atticus Finch es una leyenda por derecho propio, un abogado íntegro que hoy en día sigue sirviendo de modelo de conducta para muchos profesionales de la ley, y un padre ejemplar que supone lo propio para todos los cuidadores de críos algo colgados del cine clásico. De hecho, la ciudad de Monroeville, en Alabama, erigió en 1997 una estatua de Finch para conmemorar la historia judicial del estado. Hay que recordar, ante tanta pasión, que este hombre que inspiró y movió montañas fue, sin embargo, una ficción. Una ficción maravillosa.

A pesar de ser una obra mayúscula de Harper Lee, un libro que le consiguió a su autora el Premio Pulitzer en 1960 y fama eterna sin necesidad de escribir nada más, Matar a un ruiseñor engloba dos clásicos. El de la literatura, que sigue leyéndose y enseñándose en colegios de todo Estados Unidos, y el del cine, que definió a Gregory Peck como imagen de hombre de buen talante, educado pero incorruptible, al que sólo vemos flaquear cuando la curiosidad de sus hijos choca con la violencia del mundo en el que viven.

Es Atticus el icono de la historia, pero no su protagonista. La novela, semi-autobiográfica, está contada desde el punto de vista de Scout, una niña de seis años, alter ego de Lee, que vive con su padre, Atticus, y su hermano mayor, Jem, en una ciudad del Sur de Estados Unidos en plena Gran Depresión. Allí los chavales disfrutan de veranos llenos de aventuras y sol en un lugar donde el aburrimiento es caldo de cultivo para las ideas más peregrinas. Así, en la primera parte del relato, Scout, Jem y Dill (personaje inspirado en el amigo de la infancia de Harper Lee, Truman Capote) deciden averiguar qué pasa con Boo Radley, el hijo de unos vecinos que vive encerrado en casa y se rumorea violento. A pesar de los intentos de Atticus por convencerles de que dejen a la familia en paz, los tres intentan una y otra vez sacar a Boo de su escondite y ver cómo es.

El colegio comienza, sin embargo, y otro asunto capta su atención inmediatamente. Atticus, abogado de profesión, es el encargado de defender a Tom Roberts, un hombre negro acusado de violar y pegar a una mujer del lugar. A pesar de que las pruebas no son concluyentes, y de que los testimonios de quienes acusan se contradicen unos con otros, Atticus acaba enfrentándose a una sociedad tremendamente racista, que le juzga por considerar a miembros de otra etnia como iguales. Cuando Scout le pregunta a su padre por las razones por las que defiende a Roberts, él, entre otras, alega que “no podría caminar con la cabeza alta si no lo hiciese”. Es la sencillez de los planteamientos que hace Atticus la que le ha convertido en el icono que es -a juicio del American Film Institute, el mayor héroe que ha dado el cine en su historia-. No es Braveheart, no es Michael Collins. Atticus es, simplemente, un hombre bueno. Y el espectador, al igual que Scout y Jem, se siente orgulloso de él haga lo que haga, tanto rebatiendo una confesión en el estrado como sentándose a la puerta de la celda de su cliente con una lamparita para evitar que la irremediable violencia ocurra.

Por eso, cuando al finalizar el juicio los negros de los bancos superiores se ponen en pie y el reverendo le dice a Scout “Levántese señorita, que pasa su padre”, al respetable se le encoge el corazón por la dignidad que exuda un hombre tan recto, tan maravilloso, tan necesario. Rock Hudson y James Stewart fueron candidatos a convertirse en Atticus antes que Gregory Peck, pero ambos rechazaron participar en la película. A día de hoy es imposible imaginar a alguien diferente dando vida a semejante leyenda. Decía Harper Lee que, en la adaptación de su novela, el actor tuvo la oportunidad de interpretarse a sí mismo. Peck, a su vez, confesó que todo lo que sabía, todo lo que había experimentado, todo lo que conocía de la vida, lo había volcado en ese personaje que le dio el Óscar, premio que también se llevó Horton Foote por el brillante guión adaptado.

Se puede decir mucho de Matar a un ruiseñor, decir que fue el debut en la gran pantalla de Robert Duvall, que leer la novela y ver el libro son dos placeres complementarios y nada excluyentes. Se pueden mencionar escenas, frases, sutiles clases de ética… Se podría hablar de este filme durante horas. Entre las frases más famosas de la historia del cine se encuentra su lección parental “uno no comprende realmente a una persona hasta que no se mete en su piel y camina dentro de ella”. Pero la majestuosidad de su personalidad es tal que es imposible señalar sólo uno o dos momentos. Ya casi no existen estrellas de cine como Gregory Peck, pero esperemos que su paso por la gran pantalla haya inspirado el nacimiento de millones de Atticus Finch en el mundo.