Dos reflejos en un mismo espejo

Crítica

La Bella y la Bestia (2014), de Christophe Gans

Por Pablo Álvarez 

Un niño cree todo aquello que se le cuenta. Cree que por coger una rosa una familia puede hundirse en la tragedia. Cree igualmente que las manos de una bestia humana que mata pueden echar humo y que después, esa bestia puede sentirse avergonzada ante la presencia de una joven que habita en su casa. Cree otras mil cosas ingenuas. Es un poco de esta ingenuidad lo que os pido y para que nos traiga suerte a todos, dejadme que os diga unas palabras mágicas; el auténtico “ábrete sésamo” de los niños:

Érase una vez…..”

 

Con esta introducción comenzaba la versión de La Bella y la Bestia dirigida por Jean Cocteau en 1946, en la que se proponía que el público adulto realizara una regresión a la infancia con el fin de que pudiera disfrutar plenamente de la propuesta. Esto es extrapolable a la recién estrenada película de Christophe Gans (El pacto de los lobos), que toma como referente directo a la cinta clásica, distanciándose de la visión ofrecida por el largometraje animado de Disney, sin duda el más conocido por el gran público. No obstante, si Cocteau recurrió para su película a la versión sintetizada del cuento reescrito por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, que data de 1756, Gans ha optado por volver a las raíces del relato, tomando como base la obra original de la escritora Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, de 1740. El director ha declarado que su motivación a la hora de abordar este nuevo proyecto era: “rellenar los espacios en blanco que Cocteau había dejado de forma deliberada, lo cual me dejó muchas puertas abiertas, que he ido atravesando con mi versión”.

Cartel original de “La Belle et la Bête” (1946), de Jean Cocteau.

Conviene por tanto remarcar que, aunque ambas películas presentan diferencias notorias entre ellas, comparten la misma finalidad de transmitir la fascinación que produce el poder evocador de la fantasía. Para ello, ambos directores sustentan sus propuestas principalmente en el lirismo visual y el poder simbólico de la imagen con unas composiciones plásticas que remiten a la obra pictórica de  los artistas prerrafaelitas y simbolistas del siglo XIX. Sin embargo, la distancia temporal que separa a ambas producciones sirve de ejemplo para mostrar cómo ha evolucionado la manera de plasmar dichas imágenes en el cine. De este modo, si Cocteau recurría a un juego de luces y espejos sirviéndose de trucos artesanales, Gans utiliza todas las herramientas que le brindan los avances infográficos en la actualidad para dar forma al mundo mágico en el que se desarrolla la historia.

El elaborado diseño artístico que presentan ambas producciones, juega un papel esencial en este aspecto, contrastando los escenarios coloridos e idílicos con otros que resaltan el aspecto más tenebrista y siniestro del cuento de hadas. No obstante, si por algo se caracterizaba la cinta de Cocteau, era por la atmósfera onírica que impregnaba todo el relato que, potenciada por la ambigüedad de determinados instantes, terminaron asociándola a la corriente surrealista impulsada por otros cineastas como Luís Buñuel o su compatriota Germaine Dulac. Echando un vistazo a la biografía del director, es inevitable pensar que algunas de sus vivencias personales influyeron a la hora de concebir el film, dotándolo de un carácter más personal. La adicción al opio que experimentó años atrás, propiciada por el fallecimiento de su amante Raymond Radiguet, podría haber servido de inspiración para las visiones lisérgicas que experimenta Bella dentro del castillo, tales como los brazos que salen de las paredes y sostienen candelabros o las estatuas que parecen estar dotadas de vida.

Fotograma de “La Belle et la Bête”, de Jean Cocteau.

La versión actual no renuncia a este tipo de escenas en las que resulta difícil distinguir la línea que separa el sueño de lo real y plasma con exactitud distintos pasajes y diálogos extraídos directamente de la obra de Cocteau a modo de homenaje. Sin embargo, Gans prescinde en esta ocasión de los aspectos más crípticos de la cinta clásica, escogiendo una narrativa más convencional, pero no por ello carente de imaginación. Así pues, el director muestra la tradición de la transmisión oral de los cuentos mediante una voz en off que irá desvelándonos detalles de la historia de forma puntual mientras inserta de vez en cuando los rostros de dos niños, que escuchan con atención lo que se les cuenta. A su vez, la estructura del film queda divida por las ilustraciones que marcan cada capítulo, usando transiciones en las que los dibujos se transforman en imágenes en movimiento.

Uno de los primeros bocetos para la Bestia, para la versión de Christophe Gans. Ilustración de François Baranger.

Uno de los primeros bocetos para el personaje de la Bestia, para la versión de Christophe Gans. Ilustración de François Baranger.

Si hay algo que se le haya achacado a ambas versiones es que, así como se ha puesto un gran esmero en desarrollar todos los detalles relativos a la puesta en escena, parecen haberse descuidado aquellos que conciernen a la construcción de personajes con cierta profundidad y su evolución dentro de la trama. Sin embargo,  tanto Cocteau como  Gans, confían en el poder alegórico del relato, dibujando unos personajes arquetípicos, que representen de forma clara los valores morales que dan sentido a la historia, a la vez que exploran los aspectos psicológicos implícitos de la obra original. En este sentido Bella personifica la pureza de espíritu, el sacrificio y la bondad, en contraposición a la Bestia, que refleja el aspecto salvaje de la naturaleza humana, cuando se ve incapaz de reprimir sus irrefrenables instintos primarios. Para darles vida, los directores se sirven de unos actores que son capaces de reflejar en pantalla estas características tan concretas. En la versión de Cocteau, Bella fue interpretada por la actriz Josette Day (Allo Berlin? Ici Paris!, Le patriote, Los padres terribles), quien contaba con 32 años de edad al encarnar el papel. Esto influyó hasta cierto punto de manera subconsciente en su actuación, ofreciendo una visión del personaje más madura y menos ingenua de lo que se podría suponer.

El contrapunto lo encontramos en la versión actual con una Léa Seydoux (La vida de Adèle) que ofrece una imagen mucho más virginal y etérea, sin renunciar por ello a desempeñar el papel de heroína cuando la ocasión lo requiere. Por otro lado, el papel de la Bestia recayó en la versión anterior en Jean Marais (Orfeo, Noches Blancas, Piel de asno), cuya relación con Cocteau se remonta a 1937, trascendiendo lo meramente profesional. De hecho, el idilio que surgió entre ambos, fue uno de los detonantes para que el cineasta decidiera desarrollar la adaptación del cuento, con la intención de ofrecer un papel principal al actor. Su bestia es un personaje melancólico y herido por el amor no correspondido de Bella, que termina constituyendo una criatura más metafórica que física.

Otro diseño de François Baranger para "The Beauty and the Beast", de Christophe Gans

Otro diseño de François Baranger para “The Beauty and the Beast”, de Christophe Gans.

Vincent Cassel recoge el testigo de Marais en la cinta actual, sustituyendo el maquillaje que llevaba éste por los sensores de movimiento encargados de recoger su actuación mediante la técnica de motion capture. El intérprete se muestra tan eficiente como de costumbre, a pesar de que la mayor parte del tiempo tengamos que vislumbrar sus gestos a través de la creación virtual a la que da vida. Sus apariciones en la película contrastan entre los instantes en los que aparece como un príncipe orgulloso y aguerrido y una criatura marcada por la tragedia en busca del amor como una vía hacía la redención. Como curiosidad, el actor español Eduardo Noriega, desempeña el rol del villano de la función, en un papel que sirve para remarcar la idea de que el ser humano es la peor de la bestias.

La Bella y la Bestia de Cocteau y Gans, son dos visiones distintas de un mismo relato que, no obstante, acaban resultando complementarias, al reflexionar sobre el modo de reinterpretar el cuento clásico en épocas distintas. Tanto la obra maestra clásica como esta nueva adaptación constituyen dos estupendos films para niños (que no infantiles) y para aquellos adultos que sepan extraer una lectura más profunda, que trascienda más allá de lo que se ve en la superficie. Y es que si hay una enseñanza que subyace en este cuento inmortal, es que la esencia, al final, siempre termina imponiéndose a la apariencia.