Des-conexiones de amor

 

Ilustración: Clara Santos

Crítica

Her (2013), de Spike Jonze

Por Sara Méndez

En un mundo futuro (no tan lejano) se desarrolla Her, una excepcional historia de amor escrita y dirigida por Spike Jonze, director de las galardonadas Cómo ser John Malkovich (1999) y Adaptation (2002). Presentada en el Festival de Cine de Nueva York, el cineasta nos sorprende con un guión original donde el aislamiento y el amor son protagonistas.

Joaquin Phoenix da vida al solitario Theodore Twombly, un escritor de cartas personalizadas, cuya incapacidad para mantener una relación sentimental le lleva a adquirir un sistema operativo que se hace llamar Samantha (a quien da voz Scarlett Johansson). Con ayuda de esa voz sensual y alegre, quien maneja tanto su vida cibernética como su vida sentimental, Theodore consigue superar su divorcio con Catherine (Rooney Mara) y acaba enamorándose de ese software que parece tener sentimientos propios.

Tan aislada como el protagonista se encuentra Amy (interpretada por Amy Adams), quien tras la ruptura con su marido se refugia en una amiga virtual. A través de las conversaciones entre Theodore y Amy, el director plantea preguntas interesantes como la legitimidad de una relación con un sistema operativo informático.

Lo verdaderamente bello de este romance futurista es el grado de realismo emocional que transmiten los personajes a través de sus relaciones personales y virtuales. Her es una historia de amor sublime, pero sobre todo es una historia sobre la desconexión humana que experimenta una sociedad que vive conectada a la red.

Lo cierto es que nuestro mundo no es tan diferente al que nos presenta Jonze, y es quizás esa cercanía lo que nos hace sentir el aislamiento emocional al que se enfrenta Theodore y que resulta tan evidente cuando se encuentra entre la multitud.

Sólo tenemos que fijarnos en la gente cuando viajamos en metro para darnos cuenta de que cada vez más individuos están inmersos en su propio mundo virtual, ya sea por medio de sus teléfonos móviles u otras tabletas digitales. De hecho, si echamos un vistazo a sociedades como la japonesa, donde la tecnología es una extensión de sí mismos, descubrimos una extraña enfermedad que ha surgido en los últimos años a causa del aislamiento voluntario de jóvenes (llamados hikikomori) cuya única relación con el exterior es la televisión, el ordenador y los videojuegos en línea.

De alguna manera, Her también muestra a una sociedad enferma incapaz de relacionarse con otros seres humanos y de enfrentarse al dolor que conllevan las relaciones sentimentales. Por eso Theodore busca consuelo en Samantha, a quien puede desconectar en cualquier momento. El hecho de que la famosa Johansson dé voz a Samantha nos ayuda a imaginar a ese personaje incorpóreo que poco a poco va cobrando vida en la realidad del protagonista (y en nuestras mentes).

Con una paleta de colores cálidos, tanto en la producción artística como en el vestuario, y una ciudad de Los Ángeles futurista (fusionada por ordenador con la ciudad de Shangai), Her plasma un mundo casi ideal donde aparentemente la vida fluye sin contratiempos.

El éxito de la película está en la honestidad con la que Jonze nos muestra ese mundo inventado no tan ajeno a nosotros, y en la verosimilitud de la relación que se establece entre Theodore y Samantha, que llega a su punto culmen cuando Samantha busca a una chica que sirva como medio físico para su relación sexual con Theodore. Es justamente la incorporeidad de Samantha lo que hace que Her sea una historia única. Sin embargo, el film es mucho más que un concepto original; es una reflexión profunda y desgarradora sobre el ser humano y el mundo que estamos creando.