Dancing through New York

Ilustración: Clara Santos

Crítica

Frances Ha (2012), de Noah Baumbach

Por Laura del Moral

La vida rara vez va como queremos que lo haga. Es este enigma fundamental lo que en Frances Ha se capta tan acertadamente, de forma reveladora, con ese romanticismo desesperado y desilusionado que surge cuando tratamos de encontrar nuestro camino. Hilarante y conmovedora nos muestra que la vida está llena de altibajos que pueden hundirnos o bien hacernos mucho mejores. Frances, que vive con su mejor amiga a quien la vida parece estar yendo en una dirección diferente, es profesora de baile (con niños) y espera poder unirse algún día a una prestigiosa compañía de baile, pero no acaba de encontrar su lugar. Verla luchar por encontrar un equilibrio entre sus aspiraciones y la realidad a la que se enfrenta a diario, nos hace recordar que si bien no tenemos control sobre la mayoría de las cosas que nos pasan, aún hay un montón de ellas por descubrir.

Frances Ha podría haber sido fácilmente un agujero oscuro, sin brillo, lleno de existencialismo nihilista, pero en realidad es exactamente lo contrario, una película que celebra el caos de la vida moderna y la manera que elegimos para adaptarnos y sobrevivir. Pese a algunas circunstancias es una película llena de energía que mezcla hábilmente todas las emociones que somos capaces de sentir al mismo tiempo. El peculiar lenguaje corporal de Frances y sus expresiones la hacen absolutamente entrañable. Es una explosión de vida y vitalidad, un reflejo de lo cambiante de nuestras relaciones y de las personas.

La fotografía en blanco y negro enfatiza esa agridulce belleza de la felicidad momentánea frente a la incertidumbre del largo plazo, de la vida, del trabajo, del amor (si hay un romanticismo esencial aquí es el platónico entre Frances y Sophie). En un momento, Frances confiesa que anhela el amor, mirar a través de una habitación llena de gente y encontrarse con los ojos de alguien con quien pueda compartir una vida oculta, con algún significado invisible para los demás. Cuando sucede ese momento aquí no es con ningún posible amante, sino con su mejor amiga.

El cine francés está muy presente en la música de la película (George Delerue) y en algún travelling callejero a lo Leos Carax con David Bowie de fondo (Mauvais sang, 1986). Las películas de Noah Baumbach suelen ser peculiares y fuera de compás. En lugar de detallar extensas narraciones de la vida moderna, se centra en momentos episódicos más pequeños donde la interacción y la reflexión se convierten en el material esencial de nuestras vidas. Baumbach ofrece una serie de situaciones construidas a partir de relaciones y reacciones. Escenas que se deslizan en varias direcciones al mismo tiempo.

El entusiasmo interminable de Frances y el amor de su vida no se definen por un interés romántico o un objetivo evidente en esta película. Su baile eufórico por las calles es un acto de desafío alegre contra las convenciones, al igual que la película lo es en sí misma. No hay lecciones simples de vida o de moral aquí. La danza de Frances está diciendo que la vida y el amor asustan, pero también que hay que seguir teniendo ilusiones.