Cantar y tatuarse la vida

Ilustración: Clara Santos

Crítica

Alabama Monroe, “The Broken Circle Brokedown”, de Felix van Groeningen

Por Rau García

En los últimos años han surgido muchos y muy buenos músicos que recuperan y renuevan el folk de sus países de origen o de lugares lejanos que les atraen por su riqueza musical y por sus melodías y sonidos exóticos. En concreto, ahora mismo existen numerosas bandas, algunas con sus correspondientes barbas, botas altas de punta y sombreros de cowboy, que hacen lo que se denomina “nuevo folk norteamericano”, aunque dentro de éste hay diferentes géneros. The Avett Brothers, Mumford & Sons, Fleet Foxes, Old Crow Medicine Show, Caleb Klauder, The Gibson Brothers o Spirit Family Reunion son sólo algunos grupos que beben del bluegrass más puro del que se habla y suena en Alabama Monroe, unos más modernos, otros más clásicos (algunos de los grandes músicos a los que se hace referencia son Hank Williams o Bill Monroe). En el cine actual también está presente este tipo de música, sin ir más lejos en la reciente Inside Llewyn Davis, de los hermanos Coen (“si no es nuevo y nunca envejece, entonces es una canción de folk” dice el personaje que interpreta Oscar Isaac), que también dirigieron O brother, Where Art Thou? con una banda sonora del mismo estilo, en la que el banjo es el instrumento principal.

Sí, el folklore musical americano está de moda, también en Europa, por tanto llega justo a tiempo. Alabama Monroe, “The Broken Circle Brokedown” es el cuarto largometraje del director belga Felix van Groeningen, con la que ha conseguido la nominación al César y al Oscar a Mejor película de habla no inglesa y premios como el del público en la Berlinale y en Festival de Sevilla, Mejor actriz en la Academia de Cine Europea, y el premio LUX del Parlamento Europeo (este premio lo conceden los diputados de la UE). Es una adaptación cinematográfica firmada por Carl Joos y el propio director de la obra de teatro escrita en 2009 por Mieke Dobbels y el actor coprotagonista, Johan Heldenbergh, que da vida a “Didier”, llamada The Broken Circle Brokedown Featuring the Cover-Ups of Alabama. Cuenta la historia de Elsie (papel encarnado por la actriz y cantante Veerle Baetens) y Didier, desde el momento en el que se conocen, pasando por diferentes etapas de su relación. Son una pareja muy enamorada, que irradian felicidad, pero la vida les pone en una situación difícil que tendrán que aprender a superar juntos si quieren que su amor sobreviva a ella. Él es músico de una banda de bluegrass, ella es tatuadora. Al conocer a Didier descubre sus aptitudes musicales, convirtiéndose en la cantante femenina del grupo y años después forman una familia. Detrás de las canciones y la estética de los personajes hay una historia dura y profunda en la que cada verso, cada tatuaje está justificado, pues en ellos se esconden algunas claves de la película.

Este es el trailer de la obra de teatro protagonizada por su autor, el actor y dramaturgo Johan Heldenberdh. Un montaje de la Compagnie Cecilia. Felix van Groeningen supo detectar en este texto un material potencialmente cinematográfico y no se equivocó. El teatro y el cine son diferentes formas de expresarse artísticamente, pero quizá en la película esta historia alcance su máximo esplendor (aunque en su formato original tiene de por sí muy buena pinta).

 

*A partir de aquí puede haber SPOILER. Recomiendo leer los siguientes tres párrafos una vez vista la película.

Una relación que me hizo recordar lejanamente a las de Revolutionary Road o Blue Valentine, pues se aman con todas sus fuerzas y en el fondo desean estar juntos, pero las circunstancias hacen que la estabilidad de sus vidas perfectas se tambalee hasta el derrumbe. Pero el odio cegador que siente Elsie puede interpretarse como una forma de protegerse a sí misma, pues un sentimiento así suele dirigirse hacia algo externo y Didier le recuerda directamente a lo que le hace daño, por eso trata de distanciarse, aunque al mismo tiempo no puede olvidar. Didier carga su ira contra el gobierno (de George W. Bush) y el sistema en general, que permite, por ejemplo, que algunos avances en la medicina que podrían salvar la vida a millones de enfermos no se lleguen a aplicar por motivos de moral religiosa o por intereses políticos y económicos. Pero Elsie necesita hacer a alguien culpable de lo que no puede comprender y enfoca su odio hacia algo más cercano, Didier, que aprovecha su entereza, aunque su sufrimiento es igual que el de ella, para intentar salvar su relación, echándole mucho coraje. Toda una demostración de amor ante la adversidad (por cierto, se estrena el día de San Valentín).

Viendo las escenas que transcurren en el hospital me acordé de Declaración de guerra (2011), de Valérie Doncelle, por esa lucha de unos padres dispuestos a todo por su querida hija enferma, película que muestra una manera diferente de afrontar un problema así. Alabama Monroe reflexiona, entre otros temas, acerca de lo hermosa y cruel que puede llegar a ser la vida; la necesidad de aferrarse a algo para buscar consuelo, ya sea físico y cercano o abstracto y superior; la creación de una nueva identidad como escapatoria; el saber perdonar; la decisión de traer un hijo a este mundo, y en concreto, a Estados Unidos de América, país por el que Didier siente tanta admiración (el sueño americano se respira en esta película, pero desde una perspectiva crítica), teniendo en cuenta el contexto histórico que viven sus personajes, los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York.

Puede resultar chocante que Didier, que es ateo, canté y sienta con esa pasión las canciones que interpreta con su banda, pues en muchas de ellas la religión lo impregna todo. Igualmente es contradictorio que cuando su hija le pregunta inocentemente cosas para las que él no tiene una respuesta basada en la lógica, le conteste que si es lo que quiere creer, adelante. Por tanto, brinda a su hija ya desde pequeña la libertad de pensamiento en lo que concierne a temas tan personales, lo que contrasta con la sociedad que tiende a forzarnos a profesar los credos establecidos, por herencia, entorpeciendo nuestro proceso natural de maduración y asimilación de ideas. Respecto a este asunto, Elsie simplemente no quiere asustar a su hija diciéndole que no hay nada después de la muerte, porque entre creer y no creer, prefiere la primera opción. Unos padres diferentes, pero hechos el uno para el otro, que intentan amoldar sus convicciones personales para educar en común a su hija, que por la situación que está experimentando no puede evitar cuestionarse temas de esta naturaleza. A pesar de todo, también hay espacio para el sentido del humor.

Por las miradas chispeantes y esquivas entre Elsie y Didier durante los conciertos, por el meditado guión (en neerlandés y en inglés) que plantea preguntas existenciales, el montaje no lineal que va adquiriendo un ritmo asfixiante a medida que avanza la película, la delicada fotografía que acompaña al estado de animo de los personajes y sus diferentes fases, el arte cuidado hasta el detalle… y por muchos motivos más merece la pena ver esta película que emociona hasta la lágrima, pero no sólo de tristeza, también transmite paz, gracias en gran parte al formidable trabajo de los actores rodeados por un elenco de entrañables secundarios, incluida la niña que interpreta el papel de la hija, Nell Cattrysse, todo ello dirigido con una gran sensibilidad por Felix van Groeningen. Y cómo no, por la estupenda banda sonora a cargo de Bjorn Eriksson, tanto por la música original como por las versiones clásicas de bluegrass interpretadas por los propios actores, que como ocurrió con Glen Hansard y Markéta Irglová después de Once (2006), de John Carney, ya han dado algún que otro concierto a raíz de la película. Alabama Monroe lo tiene todo. Merece la pena, nunca mejor dicho.