Yasujirō Ozu o cuando bajo la sakura se esconde la higeki

Cuentos de Tokio

Cuentos de Tokio

Cuentos de Tokio (1953), de Yasujirô Ozu

Por Raúl C. Cancio Fernández

Las vicisitudes de unos abuelos que deciden viajar a la capital desde la provincia, con objeto de visitar a sus hijos y nietos, ha sido un tema recurrentemente empleado en el cine para vehicular temas como los de la ineluctabilidad del paso del tiempo, la vejez como antesala de la muerte, el desarraigo, la deshumanización de las sociedades urbanas, el contraste generacional, el egoísmo o la hipocresía de las convenciones sociales. Leo McCarey filmó en 1937 un melodrama seco,  áspero,  desabrido, con un desgarrador final –Orson Welles afirmó que la película podía hacer llorar a las piedras- en el que un matrimonio de ancianos reúne a sus hijos, ya independizados, para comunicarles que están arruinados y los van a desahuciar en un plazo muy breve. Los hijos, incapaces de hacerse cargo de ambos, deciden entonces repartirse a sus progenitores: uno se queda con la madre y  otro con el padre, lo que supone un duro golpe para la pareja, que barrunta que la separación física no es sino un presagio de la definitiva. “Dejad paso al mañana” (“Make Way for Tomorrow”, 1937) es posiblemente el mejor trabajo del oscarizado McCarey – cuando ese mismo año recibió la estatuilla al mejor director por “The Awful Truth”, dijo “Thanks, but you gave it to me for the wrong picture”- y unos de los mejores melodramas de la historia del cine. Pero no es la película que vengo a proponerles. Tampoco lo es desde luego “La ciudad no es para mí” (Lazaga, 1966), en la que la vis cómica de Paco Martínez Soria da vida a un viudo y hacendado sesentón aragonés, instalado en casa de su hijo Agustín en Madrid, un prestigioso médico sólidamente asentado en la alta sociedad madrileña, no oculta el despreciable comportamiento de unos parientes a los que la llegada de su asilvestrado padre, les coloca frente a la evidencia de una vida construida sobre la superficialidad más banal.

Entre la cinta de McCarey (1937) y el film de Lazaga (1966), un cineasta en las antípodas culturales, sociales y morales de los referidos, recoge este mismo argumento y firma en 1953, ahora sí, la película que someto a su consideración. No me andaré por las ramas: “Cuentos de Tokio” (“Tôkyô monogatari”), de Yasujirō Ozu, es la mejor película de la historia. Y lo es por muchos motivos, pero me gustaría subrayar uno que considero nuclear. Todo el mundo sabe que, al contrario que lo que ocurre en las sociedades occidentales donde es natural la exteriorización de los sentimientos, la ritualización de las emociones en la cultura y en la tradición japonesa, cercena toda manifestación de afectividad, siendo extraordinariamente acentuado el pudor que exhiben en sus relaciones emotivas. Si este rasgo esencial del comportamiento de la sociedad nipona los trasladamos al cine, y más concretamente, a la coyuntura de un crepuscular matrimonio que viaja desde la rural Onomichi a la megaurbe de Tokio para pasar unos días con sus hijos y nietos, se advertirá que la dificultad para transmitir ese inexorable paso del tiempo, la vejez como preámbulo de la muerte, el desarraigo, el egoísmo o la deshumanización de las sociedades urbanas de las que hablábamos al principio, se vuelve una tarea extraordinariamente complicada, al carecer el cineasta japonés de mecanismos o remedos fílmicos de los que si disponen  otras cinematografías como son los besos, las caricias, los abrazos, las lágrimas, el desgarro, la pasión o los suspiros melancólicos. Ozu, el más japonés de los grandes maestros japoneses – Kurosawa, Mizoguchi – logra sin embargo hacer el milagro. Desde la –falsa- simplicidad más asombrosa, parapetado tras una lente de 50 mm. –lo más parecido al ojo humano- y sin mover la cámara durante casi todo el metraje –dos travellings en 136 minutos-, Ozu nos hace temblar de emoción con la historia de estos dos abuelos de pueblo, sin que durante el metraje hallamos visto un solo beso, un abrazo o un desgarro sentimental exteriorizado. Ha sido suficiente el humanismo pictórico del director, al componer inverosímiles frescos a plano fijo, trozos de cine dignos de ser enmarcados uno por uno – como decía Godard “la fotografía es la verdad, el cine es la verdad veinticuatro veces por segundo”- , en los que, con la paciencia del orfebre, Ozu elabora complejísimos  escenarios desde la óptica del tatami, en lo que concurren los contrastes generacionales, la amargura del desarraigo, el egoísmo de los hijos o, también, el amor más profundo y emocionante que pueda concebirse, el de esos ancianos sentados en el malecón del balneario de Atami, con sus vistosos kimonos, sin decir una sola palabra, mirando el mar.

La insolente audacia de un muchacho de veintiséis años al filmar “Ciudadano Kane” es irrepetible;  la liviandad poética de la cámara de Renoir en “La regla del juego” no ha sido igualada setenta y cuatro años después; ninguna mujer –ni hombre- ha expresado con o sin palabras el éxtasis como la Falconetti de “La pasión de Juana de Arco”…todas ellas son obras cumbres de la cinematografía universal, pero insisto, hagan la prueba de sentarse delante del televisor – formidable remasterización del original en alta definición, con video ensayo de Antonio Santos y material complementario de Win Wenders, a cargo de A contracorrientefilms- y perciban delicadamente, de manera imperceptible, cómo el descenso del pétalo de la flor del cerezo en el jardín Kenroku-en va decantándose un drama de amable y sosegada apariencia, todo muy shibumi, pero que de pronto, ese aparente minimalismo vacuo se convierte en una congoja cierta y estremecedora, en una desasosiego que nos vinculará para siempre con Shukishi, Tomi y Noriko Hirayama. La mejor película de todos los tiempos. Y hasta aquí les puedo leer.

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