Viajar en el tiempo con Richard Linklater

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Julie Delpy & Ethan Hawke en ‘Antes del atardecer’

 

Por Claudia Lorenzo

Hace once años la información raramente viajaba tan rápido como ahora. Hace diez años había teléfonos móviles, pero no existían Facebook, Google, o la capacidad de buscar en un ordenador a alguien a quien hacía tiempo que conocías, alguien que no tenía tus datos, alguien que ni siquiera sabía en qué continente vivías, pero que había puesto tu vida patas arriba.

Hace once años, un romántico empedernido escribía una novela autobiográfica sobre un encuentro fortuito de una noche en un tren y acudía a presentarla en la ciudad donde creía que vivía la mujer que le acompañó en esa noche, por si sonaba la flauta. Y sonaba, se reencontraban y pasaban hora y media hablando porque, como digo un amigo, “no todo va a ser darle al tema”. Y no es que se volviesen a enamorar, es que se daban cuenta de que seguían tan enamorados como aquella primera vez noche, en Viena. Y la historia moría con un fundido a negro que indicaba que el espectador seguiría creyendo lo que la imaginación le dictase, o bien un desenlace idealista en el que el amor lo puede todo, incluso las relaciones a distancia y la custodia de los hijos que el novelista ya tenía, o bien un final estampado en la dura realidad, en el que el escritor vuelve a su casa tras gastarse la mitad de su dinero en un billete de avión –tras haber perdido el suyo-, e igualmente acaba divorciado, metido en discusiones sobre pensiones y chiquillos, y buscando como un loco en Facebook a la francesa que le robó el corazón dos veces.

Cuando Antes del amanecer apareció en los cines, la idea de asistir a la historia de amor entre dos veinteañeros con dilemas existenciales y preguntas sin respuesta se antojaba extraña e incluso lejana. No tanta gente acudió al cine interesado por Jesse (Ethan Hawke), el americano plantado por su novia en mitad de Europa, y Celine (Julie Delpy), la francesa que volvía a casa y aceptaba pasar una noche, con sus horas y su oscuridad, con un tipo al que acababa de conocer en un tren y que, ojillos cándidos aparte, podía haber sido hermano de Norman Bates. Jesse y Celine se miraban mucho escuchando un vinilo en una tienda de discos austriaca, se besaban subidos a la noria, se cogían de las manos en la cena y consumaban su relación en un cementerio, porque a románticos nadie les ganaba. Vivían en la mente de Richard Linklater, un tipo que de aquellas no había hecho tantas películas y que quería homenajear a su propia Celine.

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Julie Delpy & Ethan Hawke en ‘Antes del amanecer’

Y la película, de 1995, se quedó en una historia de amor para idealistas y amantes del cine independiente. Porque confesándolo con el corazón en la mano, pocos sabían cinco años después qué era Antes del amanecer.

Pero en 2004 Linklater rizó su propio rizo y, haciéndose una metarreferencia a sí mismo (me pasó esto e hice una historia para ver si llegaba a oídos de la chica), trasladaba la trama a París-ciudad-del-amor y reducía la noche entera a una hora y media escasa que tenían los protagonistas para reencontrarse, de pura casualidad algo forzada, como indica el segundo párrafo del artículo, y ponerse al día. Los años no habían pasado sólo para Jesse y Celine, también para los espectadores, aquellos que se estremecieron de ternura en el 94 y los muchos más que se habían incorporado a la historia en los años siguientes. La secuela llegó a las salas casi de sopetón. Ellos, los personajes, se habían casado (o arrejuntado con alguien, que diría mi abuela), trabajaban en, más o menos, lo que querían (pre-crisis), tenían opiniones políticas (post-9/11), teléfonos móviles, y una vida más ordenada que diez años atrás. Pero les faltaba el amor verdadero que habían encontrado en aquel cementerio vienés, porque nada dice “tuyo para siempre” como sellar la relación sobre cadáveres de otros tiempos.

Los espectadores que habían crecido con ellos, sobre todo los que compartían su edad, repasaban mentalmente esos años en sus propias vidas a lo largo de los, demasiado cortos, 84 minutos del filme, recordando pasados y actuales enamoramientos y cambios vitales. Linklater había enlazado la historia y el tiempo de sus personajes con las audiencias y Jesse y Celine eran parte de la familia del público. Una familia extraña en cuanto a que, al contrario que el tiempo televisivo, en el que sabíamos de nuestros compañeros de salón día tras día o semana tras semana, aquí teníamos el mismo agujero negro temporal que tenían el uno con el otro. De 1995 a 2004.

Queríamos saber quién había ido seis meses después a Viena, como habían quedado, quién no, por qué, qué habían sentido, qué echaban de menos… Éramos Celine escuchando a Jesse y Jesse escuchando a Celine, aprendiendo los unos de los otros como la primera noche. Sus vidas, una vez más, iban en paralelo a las nuestras y habíamos sido testigo de muy poquito de su tiempo.

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Ethan Hawke & Julie Delpy en ‘Antes del anochecer’

Hete aquí que diez años después, ya inmersos Linklater y el actor Ethan Hawke, alter ego de Jesse, en su “proyecto de los 12 años”, una foto en redes sociales, Google, Internet y demás compañeros mártires nos avisaba de que habría un Antes de… Tercera Parte y ya estaba rodada, en Grecia esta vez. Luchar contra los avances y detalles del argumento se convirtió en una tarea mucho más difícil que en 2004 y aun así fue posible para muchos preservar la virginidad y la ilusión en la sala del cine.

Y ahí el espectador se reencontró con su Jesse, con su Celine y con la mayor revelación de todas: ellos no se iban a poner al día uno al otro, seríamos nosotros los que tendríamos que ser capaces de adaptarnos a su tiempo, a su rutina de los últimos nueve años en la que, a golpe de idealismo y realidad, habían decidido estar juntos.

Antes del anochecer fue un porrazo duro para muchos porque acercaba el amor, el tiempo y las relaciones a la temida realidad: las cosas nacen, crecen, se reproducen y, si no mueren hasta mucho tiempo después, sí que viven conflictos. Jesse y Celine se habían querido ante las cámaras dos veces, ahora era el momento de verles cabrearse, reconciliarse, conocerse y odiarse mutuamente. Y qué dolor producía semejante alteración espaciotemporal en la audiencia. Qué dolor sufrir a través de esos personajes la vida de verdad y qué belleza saber distinguir lo que no va a dejar de marchitarse y lo que tiene posibilidad de recuperación. Esa oportunidad de ser testigos únicamente de un día en la vida de esta pareja cada nueve años (asemejando nuestra propia vida) producía satisfacciones pero también momentos agridulces.

Linklater es un tipo al que siempre le ha interesado el tiempo en el cine, y la forma de capturarlo. Boyhood, el anteriormente mencionado “proyecto de los 12 años”, era sólo un experimento más, entre sus muchos tratamientos del tema, cuando Antes del atardecer se estrenó. Doce años en la vida de un chico, desde los siete a los diecinueve, que encapsularían la historia de él mismo, su familia y, por deferencia, de todos los espectadores en dos horas y media.

Así cuatro actores se comprometieron a reunirse una vez al año durante más de una década para presentar el paso del tiempo en la gran pantalla de forma comprimida. La historia no era lo original (mismamente, la británica One Day pretendía hacer lo mismo con una relación de veinte años) sino el tratamiento, la duración del rodaje, la realidad del paso del tiempo mezclada con la ficción.

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Patricia Arquette & Ellar Coltrane en ‘Boyhood’

Boyhood ha vivido, desde hace más de un año, a la sombra de su recepción. Sundance, Berlín y todos y cada uno de los estrenos han ido acompañados de elogiosas críticas que no le han hecho ningún favor a una película que pretender rescatar los pequeños detalles de la vida cotidiana, sin elevarlos a generalidades ni absolutos. El filme son 12 años de la vida de un niño y su familia, tan intrascendentes y, en ocasiones, mágicos como puedan serlo muchos otros. La forma por el fondo, la consecuencia de lograr captar los segundos y “ver la hierba crecer” por la historia nada cerrada de su protagonista, al que no vemos nacer, pero sí crecer y lanzarse al mundo. Tal vez un argumento no haga falta, porque no importa lo que le ocurra a ese niño, sino la implicación del público y su propio pasado.

Hay quien ama Boyhood precisamente por ese poder que ostenta de atrapar en menos de tres horas los doce años de existencia de una familia, pero también de un tiempo, un lugar y un mundo que muchos compartimos. Hay quien no logra penetrar en ella, sin embargo, precisamente porque son doce años en menos de tres horas, sin los vínculos afectivos que muchas otras películas, series o sagas (Antes de… mismamente) van creando al asimilar nuestro propio paso del tiempo en la historia de los personajes. En el Honest Trailer de Boyhood se dice “es como ver las películas de Harry Potter, pero sin trama” y ahí reside el encanto y la perdición del experimento Linklater, en que el tiempo es el eje central que lo domina todo, pero es subjetivo el aceptar que tenga el poder suficiente para merecer tener el control.

La extensión real del paso del tiempo en la vida de Celine y Jesse, o la compresión del mismo en la historia de Mason y su familia son dos polos opuestos, pero interesantes, que demuestran el interés del director por introducir un elemento común con la audiencia, su vinculación temporal con la historia, y así hacerla partícipe de la ficción. Y así, frente a la pregunta de si tal intención siempre funciona o no, merece la pena pararse y asumir que, lo que seguro merece la pena, es la intención.