Una odisea onírica

“El elemento que encadena a estas tres películas, que a continuación expongo, es Michael Caine. A veces soy él, o al menos así me siento y ese trato me dan”.

Por Rau García

Artículo especialmente indicado para estudiantes de bachillerato que estén pensando en estudiar la carrera de psicología o de cine. O simplemente para lunáticos.

Por alguna extraña razón los sueños se olvidan. Para evitar este destino amnésico he tenido que dormir con un cuaderno, un bolígrafo y una linterna que he encendido numerosas veces para apuntar mis sueños en medio de la noche (más adelante, perfeccioné mi método para prescindir de tener que encender la luz y recostarme para escribir utilizando una grabadora). De otro modo, muy probablemente, al día siguiente se me habrían olvidado. Dicen que siempre que estamos dormidos soñamos, porque nuestro cerebro sigue trabajando (nunca duerme), pero yo no soy de los que se acuerdan con clarividencia de sus sueños todos los días. Esta vez no quería correr este peligro, así que tomé las medidas oportunas, aunque muchas veces me costaron el desvelamiento. Los sueños que se olvidan, difícilmente podemos volver a recordarlos, se evaporan. Cuando no están frescos, nítidos, los sueños se recuerdan lejanos, borrosos, como piezas inconexas de un rompecabezas, y por “flashazos”, destellos que iluminan esa parte oscura del cerebro donde habitan, pasajeros, los sueños. Podemos hacer un ejercicio de memoria, pero será frustrante, porque exactamente al mismo tiempo que se recuerdan, se olvidan, los perdemos para siempre en esa nebulosa mental en la que no quedará rastro de ellos. Es prácticamente imposible conservarlos reteniéndolos únicamente en nuestra memoria. Si no se apuntan, se graban, se cuentan cuando aún están recientes, desaparecen dejando un vacío que llenará el siguiente sueño, y así sucesivamente. Pero al exteriorizarlo existe un factor deformador del sueño, en el que al contárselo a otras personas se tiende a adornarlo, a fantasear (unas veces inconscientemente, otras para subir unos grados el interés de los oyentes). Por eso, si queremos retenerlos antes de que se nos esfumen, hay que intentar ser fiel a nuestros sueños y honesto con uno mismo, dejando la creatividad a un lado. Porque una vez hayan sido exteriorizados, serán recordados de la manera en que los revivimos, con nuestras verdades y nuestras mentiras.

Pregunto: ¿alguna vez habéis tenido sueños recurrentes? Pero voy más allá: ¿alguna vez habéis tenido sueños recurrentes en los que hayáis aparecido en medio de una película, como si fuerais vosotros los protagonistas? Esto es lo que me lleva ocurriendo desde hace tiempo, durante varias noches (no consecutivas). En ellos se mezclan tres películas como si fueran una sola, las cuales, a priori, no tienen absolutamente nada que ver entre ellas. Coincidencias, de tipo estético, narrativas, etc., de las que me di cuenta después de haber soñado con estas películas, que mi mente transformó en una sola pieza.

“En la película El desprecio, de Jean-Luc Godard, el director de cine Fritz Lang se interpreta a sí mismo”.

El elemento que encadena a estas tres películas, que a continuación expongo, es Michael Caine. A veces soy él, o al menos así me siento y ese trato me dan. No me he mirado en el espejo, y no hay donde poder ver reflejado mi aspecto (no caigo en la cuenta de que llevo mis/sus gafas de pasta gruesa y podría usar las lentes con tal función), pero mis/sus manos son perfectamente reconocibles. En el sueño, ser Sir Caine no me sorprende, es algo normal. A pesar de haberme convertido en mi actor favorito, no pierdo la cabeza, sé quién soy (yo). Transito por los diferentes decorados y localizaciones, esperando a que coloquen las luces, etc. Observo, charlo con los actores y el equipo técnico, miro el reloj y el paisaje. Buscando un poco de tranquilidad y silencio, de camino a mi camerino, una caravana, se mezclan escenas familiares de mi infancia con otras actuales.

También hay sueños en los que soy yo mismo, en mi cuerpo y con mi edad, esperando mi turno en el set de rodaje, tras la cámara, memorizando el guión, mientras una maquilladora me quita los brillos e imperfecciones. Solamente tengo un par de frases, que para mí son importantísimas, evidentemente, pero nunca las recuerdo en estado de vigilia (y las tengo permanentemente en la punta de la lengua). A lo lejos, sentados en sus sillas de director, esas plegables con el nombre inscrito en el respaldo (quizá esto es demasiado hollywoodiense), están reunidos Godard, Polanski y Lang, este último mirándome de arriba abajo a través de su monóculo. En otros sueños, a ratos placenteros, divertidos, emocionantes o terroríficos, aparezco lejos del cine, en mis recuerdos, en otras épocas de mi vida, pero últimamente todo tiene que ver, indirectamente con estas tres películas. Al margen de mi experiencia, si se presta atención, se podrá encontrar un buen puñado de paralelismos y conexiones en esta amalgama de sueños. Las películas a las que me refiero son las siguientes:

El desprecio, de Jean-Luc Godard (Le mépris, 1963). Basada en la novela Il disprezzo (1954), de Alberto Moravia e inspirada en la película Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), de Roberto Rossellini.

Cuenta la historia de Paul Javal (Michael Piccoli), un dramaturgo recién casado con Camille (Brigitte Bardot), una joven y bella exmecanógrafa, ahora mantenida por él, es citado por Jeremy Prokosch (Jack Palance), un productor americano, en los estudios Cinecittà de Roma, donde se ha organizado un visionado privado de algunas escenas que ya han sido filmadas y que no gustan en absoluto al productor, con un enfoque más comercial frente al cine de autor de Fritz Lang, el director de la película, que se interpreta a sí mismo. Cuando Javal es contratado para que reescriba el guión, una adaptación de La Odisea, de Homero, la relación con su esposa empieza a tambalearse, a raíz de un malentendido entre ellos dos en el que Prokosch está involucrado.

Película, como siempre cuando se habla de Godard, de vanguardia, con una realidad estrechamente unida a la ficción, pues si se conoce un poco la vida personal del director se detectan varios elementos autobiográficos. Moderna y clásica al mismo tiempo, además de poética, íntima, experimental y de una belleza estética y verbal extraordinarias. Detrás de los temas principales: las interferencias en la comunicación dentro de la relación de pareja y su deterioro, concretamente, entre un hombre y una mujer, y los obstáculos con los que se encuentra un artista ante su obra y el modo de expresarse, se esconden otros de carácter trascendental.

Le Mépris (también conocida en inglés como Contempt), rodada en la Isla de Capri (Nápoles), es un ensayo digno de estudiar sobre el arte cinematográfico, sólo hay que ver cómo empieza para darse cuenta de la obra maestra que se va a presenciar, con la maravillosa música de George Delerue casi en bucle.

¿Qué?, de Roman Polanski (Che?, 1972). Con Sydne Rome, Marcello Mastroianni y Roman Polanski como actor.

Nancy (Sydne Rome), una turista americana se cuela en los jardines de una mansión huyendo de tres hombres que intentaron violarla. El guarda de la casa (el dueño es un  anciano enfermo, coleccionista de arte) le confunde con una invitada y le hospeda en una de las decenas de habitaciones que hay. Al día siguiente, al salir de la ducha, no encuentra por ningún lado su camiseta (era la única que tenía, ya que perdió su equipaje) y sale a buscarla. En la terraza conoce a uno de los singulares huéspedes de la casa, Alex (Mastroianni), personaje que, poco a poco, le irá introduciendo en un mundo que no comprende y sin embargo acepta.

Puede recordar a “Alicia en el país de las Maravillas”, de Lewis Carroll, o a “Caperucita Roja”, en una versión mucho más sesentera, perversa, grotesca y erótica. Un cuento con un estilo inconfundiblemente propio, aún así, si me hubieran dicho que Dalí y Buñuel trabajaron en la película, me lo hubiese creído. Sólo apto para los que quieran perderse en el universo retorcido, absurdo, gamberro y picante de Polanski, con un oscuro y naíf sentido del humor que derrocha surrealismo. Una película alucinante, nunca mejor dicho.

“Woody Allen dijo que si tuviera que vivir su vida otra vez, haría todo igual, excepto ver otra vez The Magus”.

The Magus, de Guy Green (1968). Basada en la novela The Magus, de John Fowles. Con Michael Caine, Anthony Queen, Candice Bergen y Anna Karina.

Nicholas Urfe (Michael Caine), un profesor británico de lengua inglesa, llega a una isla griega llamada Phraxos, para sustituir al anterior profesor, que murió en misteriosas circunstancias. En el primer paseo que Nicholas da por la isla, descubre una playa irresistible, para él solo, y se da un baño. Al salir, bajo su ropa encuentra un libro que alguien le ha dejado para que lea los versos de un poema, marcados con un curioso marcapáginas. Nicholas se acerca a la única casa que hay cerca, pensando que ha podido ser alguien de allí. En la casa conocerá a Maurice Conchis (Anthony Quinn), un individuo que dice ser vidente, con el que entablará un enigmático vínculo y que le llevará por caminos insospechados.

Woody Allen dijo que si tuviera que vivir su vida otra vez, haría todo igual, excepto ver otra vez The Magus. El propio Michael Caine afirmó que ésta fue una de las peores películas en las que había trabajado a lo largo de toda su carrera hasta entonces. Y John Fowles, autor de la novela y del guión adaptado para esta película, reconoció que fue un desastre. Con sus virtudes y defectos, todo esto puede provocar el efecto contrario, reforzando el interés de ver esta película, aunque sólo sea por curiosidad. Algunos cinéfilos la consideran indigerible y otros, como una película de culto.

Probablemente Freud y Jung se habrían peleado, cordialmente, por psicoanalizarme. Pero el objetivo de este artículo no es otro que dar ganas a quien lea estás palabras de hacerse con estas tres películas y encontrar “las 7 diferencias” (o semejanzas). Y de invitaros a soñar con el cine, por descontado. Los que vean estas películas se maravillaran, enamoraran, espantaran, trastornaran… Pero, sin duda, soñarán (o en su defecto, tendrán pesadillas) y podrán entender la naturaleza de este fenómeno onírico-cinematográfico. Las películas van directas al cerebro, como una potente droga de diseño. Al fin y al cabo, el cine es un circo de las ilusiones, una realidad mezclada con ficción, fabricada con la misma materia de la que están hechos los sueños: imaginación. Fantasías, recuerdos, asuntos pendientes, inconsciencia, irracionalidad, anulación de la moral, egocentrismo. Todo está permitido y se cumple en nuestros sueños. Ver, concentrados, una película y soñar, profundamente, es lo mismo. Porque, el cine es sueño y los sueños, sueños son.

Para comprender mejor el origen y el porqué de estos sueños, conviene puntualizar que soy actor, estudiante y amante del cine. El mayor admirador sobre la tierra de Michael Caine y, en menor medida, pero todavía en grandísimas dosis, de la filmografía de los directores Fritz Lang, Jean-Luc Godard y Roman Polanski. La particularidad en la estructura, trama y estilo de estas tres películas me han llevado a visionarlas en numerosas ocasiones para intentar entenderlas, más allá de mi interpretación personal. Estos son motivos suficientes para que no sea un caso tan inexplicable que semejantes genios de la historia del cine, fuentes de mi inspiración, por su modo de trabajar y por su cine, se hayan colado en mis sueños. Por si fuera poco, a continuación demuestro con pruebas empíricas, que pueden ser confirmadas por el que lo desee, que lo que estoy diciendo no es ningún disparate…