Una afrenta al gran Fitzgerald

gatsby

Crítica

“El gran Gatsby” (2013), de Baz Luhrmann

Por Sara Méndez

Adaptar una obra literaria siempre tiene su riesgo; más aun cuando se trata de una de las obras maestras de la literatura. Por ello, o se hace bien o no se hace. En este caso, Baz Luhrmann nos podría haber ahorrado el mal trago, al menos a los enamorados de la novela del aclamado F. Scott Fitzgerald, “El gran Gatsby”, publicada en 1925.

El problema del film no radica en el guión (escrito por el propio Luhrmann y Craig Pearce), que sorprendentemente incluye mucho del diálogo original, sino en la interpretación que el director hace de la obra. “El gran Gatsby” es una crítica a la sociedad americana de la época. Sin embargo, Luhrmann consigue erradicar la profundidad de la historia para convertirla en una “gran fiesta”, donde la superficialidad del mundo en el que viven los personajes parece más un elogio a la frivolidad que consumió al mundo durante los felices años 20.

Para los que no han leído el clásico, “El gran Gatsby” narra la historia de Nick Carraway, un joven de familia bien que se muda a West Egg, Long Island, en la primavera de 1922 para trabajar en Wall Street. Tras visitar a su prima Daisy, quien vive al otro lado de la bahía con su marido Tom Buchanan, un acaudalado ex-jugador de polo cuya debilidad son las mujeres, Nick recibe una invitación de su vecino, el misterioso Jay Gatsby, un multimillonario con pasado incierto que celebra las fiestas más extravagantes de Nueva York. Debido a su carácter complaciente, Nick pronto se ve envuelto en ese mundo rocambolesco y sin sentido hasta descubrir que el único propósito de Gatsby es atraer la atención de Daisy, un antiguo amor al que no ha conseguido olvidar. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitan de manera trágica.

A pesar del éxito de “Romeo + Julieta” (1996) y “Moulin Rouge” (2001), el estilo cinematográfico de Luhrmann resulta, en esta ocasión, excesivo. Los frenéticos movimientos de cámara exaltan el caos y el exceso en el que se desarrolla la trama, sin embargo, la saturación de colores, que en ocasiones distorsiona el maquillaje de los actores, y esa música escandalosa que hace retumbar la sala, incrementan la ausencia de sustancia en esta fatídica historia de amor.

Quizás lo mejor de la película sea la ejemplar interpretación que Leonardo DiCaprio hace de Jay Gatsby. Aunque el personaje resulta un tanto diferente al creado por el escritor, DiCaprio consigue plasmar la complejidad que se esconde tras la fachada del hombre seductor. Carey Mulligan, en el papel de la caprichosa Daisy Buchanan, resulta demasiado lánguida. La falta de picardía y descuido, cualidades características del personaje, convierten a Daisy en una víctima y es exactamente eso lo que, una vez más, hace que la narración pierda profundidad y que el final, aunque trágico, carezca del impacto que Fitzgerald consigue en su obra. Tobey Maguire (“Spiderman”), Joel Edgerton (“La noche más oscura”) y la casi desconocida Elizabeth Debicki completan el reparto interpretando a Nick Carraway, Tom Buchanan y Jordan Baker (el interés amoroso de Nick) respectivamente.

El vestuario, inspirado en los años 20, es elegante aunque en ocasiones demasiado colorido. La vulgaridad con la que Luhrmann presenta a esa élite corrompida por el dinero no resulta del todo creíble, considerando el exquisito linaje del que provienen Carraway y Buchanan. Una vez más, el director obvia la elegancia con la que Fitzgerald envuelve la trama para dar lugar a lo superfluo.

A pesar de todo, no sería justo negar que la película resulta, en su conjunto, amena. Por tanto, si el único objetivo de Luhrmann era crear una superproducción con la que entretener al público, su misión ha sido cumplida. Para los que esperan ver la grandeza de la obra de Fitzgerald, el resultado es menos halagüeño.