Un viaje al mundo de las bestias

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Crítica

El niño y la bestia (2015), de Mamoru Hosoda

Por Joan Colás

La sombra de Miyazaki es alargada, pero en el mundo del anime hay muchos otros directores con talento que pese a no gozar de tanto prestigio y difusión internacional elaboran películas igual de atractivas y virtuosas.

Mamoru Hosoda empezó su camino como director ocasional de la serie animada Digimon en la década de los 2000 y se ganó el aprecio de la crítica con La chica que saltaba a través del tiempo (2006). Productos más bien dirigidos a un público entre infantil y adolescente pero que ya apuntaban  la gran capacidad creativa del director. Ahora, con El niño y la bestia crea un mundo habitado por criaturas que evitan el contacto con los hombres por temor a que traigan su “oscuridad”. Hasta que un día sucede. Kumatetsu es una joven bestia con forma de oso que quiere competir por ser el nuevo maestro de su ciudad y le propone al humano Hosoda que sea su aprendiz. Y aquí se inicia la historia de convivencia entre dos mundos.

Porque El niño y la bestia no pretende tanto crear mundos fantásticos espectaculares y se centra en un mensaje de entendimiento y respeto entre pueblos, incita a abandonar el odio y finalmente conocerse a sí mismo para ser feliz.

Con las lecciones de maestro y aprendiz y sus cómicas discusiones y desavenencias la historia iniciática avanza pausadamente mientras la relación entre los personajes cala en el espectador. La esmerada técnica del dibujo y sus fondos son un instrumento para la causa principal: advertir a jóvenes y adultos de la necesidad de respetarse a uno mismo para mejorar la convivencia con los demás.

Hosoda se aleja de los fascinantes mundos espirituales de Miyazaki para contar una historia digna del estudio Ghibli. Depurando tanto la estética como el lenguaje, el cineasta logra transmitir un mensaje claro y directo para cualquier adolescente pero que resuena en los adultos. No en vano, el director incorpora su personal interpretación de Moby-Dick en pantalla, con una ballena tan aterradora como bella, que recuerda a los espectadores que el monstruo reside en el interior del hombre.

Pero si el mensaje es trascendente, la belleza es fascinante. Desde el mundo de las bestias a la recreación de Tokio, pasando por los cielos, personajes y paisajes el color inunda la sala y la retina de los espectadores que ven como el cineasta cuida el más mínimo detalle del film. Por eso, pese a la apariencia de un anime para adolescentes, Mamoru Hosoda logra hacerse un hueco entre los grandes nombres del cine de animación.