Un verdadero escándalo

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Crítica

Mi gran noche (2015), de Álex de la Iglesia

Por Claudia Lorenzo

Cuando se siente curiosidad constante por el cine de Álex de la Iglesia hay que aceptar que el director desbarre en el último tercio de las películas. Le pasó en Balada triste de trompeta (aunque el tono era completamente diferente) y, de forma clarísima, en el aquelarre de Las brujas de Zugarramurdi, donde una primera parte extraordinaria daba paso a una segunda hora bizarra, exagerada y fallida.

Mi gran noche explosiona en ese momento, pero es precisamente el contexto en el que se mueve la historia lo que le proporciona la oportunidad de delirar. Todos hemos pasado Nocheviejas en vela viendo algunos de los programas a los que De la Iglesia parodia, hipnotizados frente a playbacks de Paulina Rubio, David Bisbal, Chayanne o el propio Raphael. Lo que el director presenta es un cuento sobre la rareza que debe suponer rodar semejante producto televisivo, ya de por sí con un tonito kitsch importante, tres meses antes del evento, con figuración dispuesta a reír, bailar y dar palmas ante la falsedad del entorno que les rodea. Es una propuesta excesiva y, gracias a ello, descacharrante, una idea que todos y cada uno de los intérpretes abraza en su encarnación de personajes llevados a la máxima locura envueltos en un halo de esquizofrenia mediática.

Raphael, figura icónica de la película, interpreta a Alphonso, es decir, una versión cruel y tirana de sí mismo, que envía a su agente, Yuri (Carlos Areces, con urticaria y complejos), a negociar la actuación más importante de la noche, es decir, ésa que ocurre inmediatamente después de las campanadas. Sin embargo, frente a él tiene una versión de ídolo de adolescentes latino, Adanne (interpretado por Mario Casas), tan inocente como ligón, cuyo éxito implica hacerse con el share más codiciado. Paralelamente asistimos a la historia de un parado (Pepón Nieto), contratado como figurante para el espectáculo, que se ve seducido por su compañera de mesa, la gafe encarnada por Blanca Suárez. Carmen Machi, Santiago Segura, Hugo Silva, Carolina Bang, Terele Pávez y otros muchos intérpretes, frecuentes en el cine del director, pululan por el show televisivo mientras desarrollan historias paralelas.

Mi gran noche es una película que sólo se puede aceptar viniendo de alguien como Álex de la Iglesia, por varios motivos. En primer lugar, porque su sello, su forma exagerada de rodar, es aceptada y esperada por el público. En segundo lugar, porque cuando le sale bien, aunque el experimento sea una oda al frikismo, como en este caso, deja claro que detrás de la voluntad de montar un escándalo (broma intencionada) hay talento y trabajo. Será una historia loca, pero Álex se toma su locura muy en serio. Y en tercer lugar, porque algo hace este hombre en el set que le permite sacar a la luz el gran talento, y la inconmensurable vis cómica, de sus actores.

Así, a pesar de que el líder de la extravagante manada sea Raphael, en un papel en el que él ya no sólo se ríe de sí mismo, sino que se deja hacer por parte de los guionistas todo lo que éstos quieren y más, brilla con luz propia, como ya ocurría en Las brujas de Zugarramurdi, un Mario Casas hilarante, que se pierde en su personaje sin miedos y que demuestra tener un tempo que, de momento, está muy poco aprovechado. Blanca Suárez, una buena actriz que, había hecho creer en Perdiendo el Norte que no tenía ninguna vis cómica, destierra esos miedos imprimiendo a su personaje de una candidez (loca y gafe, pero candidez) divertida y muy acertada. Nieto, Segura, Machi, Areces, Pávez y los demás son incapaces de aburrir o dejar con ganas a los espectadores, teniendo un material tan tremendo en las manos, así que ni merece la pena destacar su grandeza.

Mi gran noche es una nueva película de Álex de la Iglesia, personal, excesiva, explosiva, mordaz, bruta, descacharrante y bien hecha. Es un despropósito lleno de inteligencia que espero haga reventar las taquillas del cine español con su plantel de buenos actores jóvenes y grandes actores maduros, que se apoya sobre la leyenda de alguien como Raphael pero que, afortunadamente, no sólo depende de él para sobrevivir. Es, como digo, un despropósito. Pero es un despropósito tan divertido.