Un sueño con trampa

Crítica

La jaula de oro (2013), de Diego Quemada-Díez

Por Rau García

Cuando vi esta película todavía estaba reciente la tragedia de Lampedusa en la que murieron cientos de africanos, en su mayoría somalíes y eritreos, que viajaban desde Libia en una embarcación que naufragó tras provocarse un incendio, mientras unos pescadores desde sus barcos contemplaban a pocos metros de distancia el dantesco episodio con los brazos cruzados, pues en la ley italiana auxiliarles es un delito. “Vergüenza”, decía el papa Francisco. De actualidad también estaba la noticia de la colocación de cuchillas en la valla que separa Melilla de Marruecos, una vez más, después de los intentos masivos de los que intentan cruzarla para llegar a España. Son sólo dos ejemplos de cómo los gobiernos de estos países europeos actúan egoísta e inmoralmente ante el problema que les supone la inmigración de cara a sus economías, a la opinión pública e incluso a las relaciones diplomáticas con los países a cuyas nacionalidades pertenecen los emigrantes en cuestión. Unas medidas que ya deberían saber que no van a funcionar, porque lo que dejan atrás, su necesidad y la esperanza son más fuertes que cualquier miedo. Pero la forma de resolverlo parece ser mirar hacia otro lado, barrer hacia terreno ajeno o escondiendo debajo de la alfombra lo que no les interesa que veamos. Y los medios de comunicación se hacen eco de un porcentaje muy pequeño de lo que verdaderamente sucede a diario en diferentes partes del mundo. Cómo sucede con todo, sólo trascienden casos de vez en cuando, escándalos en los que, entonces sí, la clase política de turno se vuelca con una hipocresía repugnante, asistiendo a los funerales de los fallecidos y poniendo tardías soluciones de urgencia, que pocas veces llegan a ejecutarse, y que no son otra cosa que parches para resolver temporalmente lo que seguirá siendo irresoluble hasta que la sociedad, acomodada en su propio bienestar, no cambie de mentalidad, hasta que se deroguen los conceptos de persona “ilegal”, de “primer” y “tercer mundo”, entre otros, hasta que dejemos de ser pasivos espectadores.

Me gustaría pensar que los expertos y responsables en estos asuntos (en realidad cualquier ser humano debería sentirse responsable, por lejos que nos pille, de esta situación difícil de solucionar en su totalidad, pero que sí puede mejorarse en gran medida) supieran, pudieran y quisieran hacer algo más que ordenar que se les atienda y se les deporte de nuevo al infierno de dónde huyeron desesperadamente, ya sea por la guerra o situación política, por el hambre o por buscar un futuro mejor, para ellos y sus familias, después de haber pasado innumerables calamidades e injusticias. Los países que tengan esa posibilidad, en vez de blindarse, deben dar prioridad a problemas de este tipo antes que a otros secundarios y actuar, no sólo de puertas para dentro, sino en los orígenes del problema. ¿Qué futuro les espera entonces a los que consiguen entrar clandestinamente y sin recursos en una sociedad en la que muchos ni les reconocen sus derechos ya que creen que vienen a quitarnos nuestros empleos, a aprovecharse de nuestra sanidad y a delinquir, y no están dispuestos a intentar mejorar la calidad de vida de estas personas, si eso atenta contra su propia estabilidad? La respuesta es más pobreza, más tráfico de seres humanos… Son pocos los que consiguen su objetivo, a un precio muy alto, y logran prosperar, a pesar de todo. También son muchos los que se quedan por el camino, a un precio peor. Pero los que sí lo consiguen comprueban una triste e intolerable realidad vigente a día de hoy: que, a menudo, nuestra suerte depende de en qué lado de la frontera nos tocó nacer.

La jaula de oro, de Diego Quemada-Díez, no es la primera ni la última película que abordará este tema, por cierto, muy recurrente en el cine mexicano, pero no por eso deja de ser original y, por supuesto, necesaria. Está enfocada desde la perspectiva de tres adolescentes, Juan, Sara y Samuel, que lo abandonan todo, y “todo” es muy poco, para emprender un viaje desde un barrio pobre de Guatemala a Estados Unidos. Para ello se montarán en los techos de los trenes de mercancías que atraviesan México en dirección norte, para más tarde atravesar el desierto, una manera habitual y arriesgada de intentar llegar a la frontera que les separa de sus sueños, por los que merece la pena sufrir la pesadilla de este viaje (en Francía han cambiado la palabra “jaula” por “sueño”: Rêves d´or). Va a ser la primera vez, pero se deduce que conocen bien los peligros que conllevará su decisión, porque no les es nada fácil tomarla. A ellos se les unirá Chauk, un indígena tzotzil que no habla español y no tiene papeles, con el que después de superar el choque entre culturas, compartirán esta odisea en la que hay espacio para la amistad, el amor, incluso para el sentido del humor. Cuando los personajes se olvidan, a ratos, de su conflicto y se permiten comportarse con la edad que tienen (rondan los 15 años), hacen que el espectador sonría con ellos, sí, pero con una amarga ternura. Somos testigos de cómo pierden su derecho a ser niños y de cómo la vida les obliga a madurar prematuramente para sobrevivir en este mundo lleno de cosas hermosas, pero también terribles. El racismo es un tema que también toca La jaula de oro, porque quienes inician este viaje de destino incierto no sólo lo sufrirán fuera de sus países, sino dentro de ellos, ya sea por las mafias o incluso por algunos miembros de la seguridad nacional. Un viaje en el que ser mujer implica ser aún más vulnerable.

Después de haber visto documentales como Coyotes, de Chema Rodriguez, o La bestia, de Pedro Ultreras (el título hace referencia al nombre con el que se le conoce popularmente al tren en Centroamérica), que recomiendo para conocer en profundidad el tema que trata la película, en un primer momento pensé que La jaula de oro podría haber sido aún mucho más dura, y más tratándose de unos críos, pero tampoco es necesario hacer un retrato que muestre de forma explícita la crudeza de la realidad, aunque a veces lo haga, para imaginarse toda la dimensión del problema. Las pinceladas que da son más que suficientes. Además, el hecho de que los actores no sean profesionales y no supieran hasta un momento antes cómo iba a ser la escena, de que esté rodada cronológicamente como un viaje (de seis semanas) en el que cada uno fue adquiriendo su propia experiencia personal, de que fueran acompañados por emigrantes de verdad que participan en la película, y la documentación que realizó previamente Diego Quemada-Díez (recogió más de 600 testimonios), el cual afirma que llegó a ser amenazado con un arma apuntando a su cabeza durante su investigación, aportan un fiel realismo.

Lo que no sé menciona en la película, y no dejé de preguntármelo, es el paradero de los padres de estos adolescentes. Quizá en la realidad, pensé, sea frecuente que algunos padres “abandonen” a sus hijos con la intención de mandarles dinero desde Estados Unidos y que, por tanto, sea habitual que jóvenes como los protagonistas de esta película decidan emigrar en solitario. Efectivamente, aunque también pueden existir otros motivos como que los padres paguen a traficantes para que introduzcan a sus hijos en Estados Unidos o escapar de la explotación infantil, sexual y laboral. Cito los alarmantes datos de 2008 que encuentro en la web de UNICEF México: “Los flujos migratorios se explican en buena medida por la existencia de brechas de desarrollo y condiciones de desigualdad entre dos regiones o países. México es un país de origen, tránsito y destino de migrantes. Con una frontera de 3,200 kilómetros con Estados Unidos, al norte, y otra al sur de más de mil kilómetros con Guatemala y Belice. (…) De acuerdo con el Instituto Nacional de Migración, más de 32.000 niños y adolescentes que migraron fueron repatriados desde Estados Unidos a México. De éstos, 18.192 viajaban solos. Al mismo tiempo, en ese mismo año, 5.204 niños centroamericanos fueron repatriados desde México a sus países de origen; de ellos 3.565 viajaban solos. Los principales países de procedencia eran Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua. (…) En los últimos siete años han muerto 2.839 personas en el intento de cruzar la frontera norte. De ellas, 101 fueron niños”. Cifras que me parecen muy inferiores a las que me temo corresponden en verdad, además en ellas no se cuenta a los que desaparecen, a los que son secuestrados, a los que son entregados a otras familias, etc.

El director conoce bien este género, ya que en 2006 realizó dos cortometrajes documentales, también comprometidos: Yo quiero ser piloto, sobre la pobreza en Kenia a través del sueño de un niño de 12 años al que le gustaría volar lejos, y La morena, a través de un adolescente que nos cuenta la situación en un suburbio de Mazatlán, barrio de las afueras de México en el que existe un problema grave de prostitución. Su carrera empezó en el mundo de la publicidad hasta que dio el salto al cine en 1995 como asistente de cámara en la película Tierra y libertad, de Ken Loach. Mas tarde trabajó como operador de cámara y director de fotografía en películas de directores como Isabel Coixet, Alejandro González Iñárritu, Oliver Stone, Spike Lee, Fernando Meirelles o Tony Scott. Lo único que lamentaría de esta producción hispano-mexicana, ópera prima de Diego Quemada-Díez, director de origen español (nacido en Burgos), sería que el sacrificio de la gallina se hubiera practicado de verdad.

Titulada igual que una famosa canción de los Tigres del Norte, y protagonizada por Brandon López, Karen Martínez y Carlos Chajón, elegidos entre más de tres mil jóvenes procedentes de barrios marginales guatemaltecos, y Rodolfo Domínguez, de la sierra de Chiapas. Se estrenó en el Festival de Cannes, en el que obtuvo el premio “Una cierta mirada” a mejor interpretación para el conjunto de los actores (excelentemente dirigidos), el primero de muchos que están recibiendo.

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