Un San Valentín gélido

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Jessica Brown Findlay y Colin Farrell

Crítica

Cuento de invierno (2014), de Akiva Goldsman

Por Claudia Lorenzo

No me gusta San Valentín, lo confieso. Me parece la mayor cursilada comercial que ha parido la humanidad de nuestro tiempo, una chorrada que encima suelen endilgarle a las chicas de las parejas, como si hubiésemos venido al mundo exhalando corazoncitos. Sin embargo, como romántica empedernida que soy, me encantan las historias de amor. Soy bastante dada a pasarme las obras de Nora Ephron en bucle, y no me avergüenza decir que a día de hoy he perdido la cuenta de las veces que he visto Titanic, pero para el espectador medio probablemente hayan sido demasiadas. De hecho, creo que he visto Titanic por mí y por todos aquellos conocidos que nunca lo han hecho.

Por eso hay algo que me disgusta aún más que San Valentín, y es LA película de San Valentín. No hablo de todas las que se estrenan el mismo día, sino de aquella hecha expresamente para estrenarse un catorce de febrero. Aquella que cuenta la historia de amor más trágica jamás contada, normalmente afluente de la obra de Nicholas Sparks, con más tontería de la que ninguno seríamos capaces. Esa película que intentan vender como imprescindible para la supervivencia de la festividad, pero que estaba mejor como guión descartado en un gran estudio. La que le da, para el resto del año, una fama horrorosa al género de romances.

Esa película es Cuento de invierno.

Akiva Goldsman es un señor al que yo no le tengo demasiado aprecio pero que, en ocasiones, hace guiones más o menos decentes. También en ocasiones hasta le dan algún Óscar – Una mente maravillosa en 2002-. Por lo visto, la novela de Mark Herplin en la que se basa su debut en la dirección es un proyecto que llevaba largo tiempo persiguiendo. Según lo poco que he leído del libro en la Wikipedia, se antoja una historia bastante complicada y extensa. No tengo la menor idea de si está bien escrita, aunque ha recibido el respaldo del New York Times. Qué hizo Goldsman a la hora de adaptarlo a guión tampoco me queda muy claro, aparte del hecho de que debió cercenar las líneas de diálogo más sensatas y rellenar el filme con diálogos sacados de un libro del zodiaco o de “Cómo pronunciar francés siendo yanqui de la A a la Z”. Que un guionista tan de libro como él – no hay más que ver sus obras- no se diese cuenta del desaguisado que estaba montando es inconcebible. Que alguien – sus productores, por ejemplo- no le diese en la cabeza con las más de setecientas páginas del libro que estaba adaptando para hacerle entrar en razón tampoco se entiende.

Más o menos lo que ocurre es que conocemos a Peter Lake (Colin Farrell, con lo bien que había quedado en Al encuentro de Mr. Banks) mientras huye de alguien que le quiere matar. Ese alguien es Russell Crowe haciendo lo mismo que hacía en Los Miserables pero sin cantar, con una cicatriz en la cara y con charlas de tú a tú con Lucifer de cuando en cuando. Sí, Lucifer el mismo. Y no os voy a contar quién le interpreta porque además de ser un spoiler, es una carcajada gordísima. Colin es un ladrón que escapa del que era su jefe, y de repente un caballo blanco con las peores alas de CGI que el mundo de los efectos especiales habían visto en mucho tiempo le salva. Como no tiene otra cosa que hacer Colin más que dar paseos por Manhattan, decide quedarse una noche a robar alguna casa que otra y acaba en la mansión de Beverly Penn (Jessica Brown Findlay, cuya Lady Sybil era más divertida). Allí se enamoran así a primera vista, pero él se entera de que ella tiene tisis y se va a morir en breve, y parten ambos con el corazón roto. Entonces Colin se sube a su caballo blanco y va a ver a un señor que se supone que es como su amigo sabio, su Obi Wan Kenobi, pero que no vuelve a salir en la película y que en el fondo hace de Tom Cruise en el ascensor al final de Vanilla Sky, esto es, explicarnos qué está pasando porque no entendemos nada.

Resulta que esto del ladrón y del jefe son excusitas. Que en verdad Peter es un ángel y el otro un demonio. Que lo que Russell Crowe quiere impedir es que Colin Farrell lleve a cabo el milagro que, como ángel, tiene destinado, milagro que se presupone hecho a medida para salvar la vida de su chica. Entonces mientras nosotros nos enteramos de esto, Russell, en una visión digna de cualquier médium que se precie, dibuja como poseído un borrón en rojo con la sangre de un camarero al que mata – porque pide búho con patatas para comer, y en el restaurante no tienen búho- y deduce que Colin, o Peter, tiene una novia pelirroja. Y sus esbirros concluyen que de todas las pelirrojas del mundo, es Beverly la que le gusta, así que van a aniquilarla antes de que la tisis lo haga. O peor, antes de que el Bien gane. Pero Peter aparece con su caballo alado por obra y gracia de CGI y la salva. De momento… Luego queda otra hora de viajes en el tiempo y cortes de pelo de Colin Farrell bastante desafortunados.

Todo el mundo sabe que en el cine se evalúa la realidad de forma diferente. Una película no ha de ser verídica para ser creída. Tiene que ser verosímil. Y para serlo, desde el minuto uno debe incluir al espectador en el código del lenguaje que se está usando. Con ganas de ser sutil y ambiguo, Goldsman ignora esta regla y nos vende una historia “real” que, de repente, se ve inundada de elementos fantásticos que no parecen tener sentido: personajes que nunca más vuelven, gente que, por lo visto, se convierte en estrella, ángeles que otorgan milagros a imagen y semejanza de la bella durmiente y niñas que en 1916 tienen cinco años y en 2014, ciento tres, pero siguen dirigiendo periódicos y tomando batidos de chocolate. Hay tisis, métodos para bajar la fiebre más que dudosos – aunque puede que coger una pulmonía sea una buena distracción -, cáncer, gente que llama a Lucifer “Lu”, y orgasmos que conducen al colapso de cualquier función vital. La sarta de despropósitos que se acumulan en las dos horas que dura Cuento de invierno es interminable, y acaba provocando más risas que pena – las fotos en los títulos de crédito tampoco ayudan a tomarse en serio el asunto-.

Pero lo más incomprensible de todo, lo que es imposible de entender, es lo que voy a listar: Colin Farrell, Russell Crowe, Jennifer Connelly, William Hurt, ¡Eva Marie Saint! ¿Qué leyeron todas estas personas para convencerse de que merecía la pena ponerle cara a este proyecto y defenderlo? A Jessica Brown Findlay la comprendo, aunque poco, por el interés de abrirse carrera en Estados Unidos tras triunfar en una serie puramente británica como Downton Abbey. Hasta, si me apuras, acepto que Colin Farrell necesite hacer una película relativamente famosa para seguir en la cabeza de la gente – y hay que decir que con el desastre que le dan es todo lo encantador que se puede ser. Pero, por mucho que le deban favores Crowe y Connelly a Goldsman, hay cosas que no se hacen ni por aquellos a los que se quiere. Ser un buen amigo es decirle al escritor y futuro director que eso que les acaba de dejar que se supone “guión de cine” es un primer borrador de algo que no se entiende y que tampoco establece una relación de empatía con el espectador. La apatía sí que es más común. Un buen amigo, cuando Goldsman le dice que haga de Lucifer, le contesta que se deje de tonterías y que se ponga a hacer unas cuantas reescrituras. Y una leyenda del cine como Eva Marie Saint le dice, simplemente, que se vaya a la porra.

Porque no sólo el guión es tremendamente incongruente, es que la dirección es la cursilada elevada a la máxima potencia. No tengo ni idea del proceso que siguen los actores a la hora de ponerse ante la cámara, pero he leído muchas entrevistas de intérpretes que hacen hincapié en la confianza que necesitan tener en el director, para que con lo que están dando no hagan un bizarro montaje existencialista. No sé cómo estará la relación de confianza entre este director y sus actores, pero yo diría que pende de un hilo. Y eso que son ellos los que mantienen la poca dignidad del producto.

Hoy es San Valentín. Si quieren ver a dos personas enamorándose (casi) a primera vista, vean Antes del amanecer. Si quieren ver a una mujer morirse ante el hombre que quiere, entréguense a Baz Luhrmann y su Moulin Rouge. Si quieren ver Nueva York, acudan a Cuando Harry encontró a Sally o Manhattan. Y si quieren ir al cine a reconciliarse con el género humano y su capacidad para querer, acudan a Nebraska. Pero no necesitan ver Cuento de invierno. Créanme, no hace falta. Eso sí, no dejen de consultar Youtube de cuando en cuando para ver si suben la revelación de Lucifer. Es lo mejor de la película.