Un desastre vacío

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Crítica

Aire libre (2014), de Anahí Berneri

Por Claudia Lorenzo

Siempre hay una en Sección Oficial, una película que pretende ser algo que no es a costa de saltarse sin ningún tipo de lógica ni voluntad revolucionaria de verdad todas las leyes de la historia y el guión. Se dice que se hace en aras de la sensibilidad y de la experimentación, pero resulta un intento tremendamente fallido que nunca va a donde tiene que ir.

Manuel (Leonardo Sbaraglia) y Lucía (Celeste Cid) forman un matrimonio aparentemente feliz con un hijo, Santi, bastante mal educado e insoportable, por cierto. Cuando deciden hacer reformas en una casa que han adquirido tienen que mudarse una temporada junto a la madre de Lucía para dejar que los obreros campen a sus anchas. En esa casa no duran mucho juntos, sin embargo, ya que Manuel decide que a él le viene mucho mejor quedarse en el piso de sus padres en la ciudad para ir y volver del trabajo, mientras Lucía se mantiene en ese lugar. A partir de la separación física de la pareja, una unión que, a tenor de todo lo que viene después iba a caer por su propio peso, ambos se dan cuenta de que lo que les diferencia es demasiado abismal.

Aire libre es una película que no tiene ni idea de las personas de las que habla ni se molesta por averiguarlo. El máximo problema no es lo deslabazado de su desarrollo ni la frecuencia de lugares comunes a tutiplén en la ruptura de un matrimonio, sino su absoluto desinterés por hacer que las decisiones equivocadas de sus personajes tengan sentido dentro de sus personalidades, de sus vidas y de sus costumbres. El personaje de Manuel, un niño grande que rápidamente torna en maltratador y psicótico, es increíblemente antipático y no hay nada que Sbaraglia pueda hacer para salvarle de la quema. Es alguien que da bandazos sin ningún sentido, ni el puro egoísmo, y un padre bastante nefasto. Ella, Lucía, que comienza siendo una presencia llena de luz y diversión, también se transforma pronto en una mujer insoportable que siempre hace lo que se espera de una historia así, sin salirse de las expectativas.

Desconozco si la intención de la directora era precisamente ésa, hacer un filme sobre dos antipáticos y sus idas y venidas. El problema con la falta de empatía que provocan es que rápidamente resultan insustanciales y el guión parece dar bandazos vagos y sin sentido, con ganas de ser innovador y destructivo pero sin dotar a sus protagonistas del magnetismo necesario para que nos importe qué les ocurre, para que identifiquemos la oscuridad que todos tenemos dentro en sus bajos instintos. Hay muchísimos filmes que tratan de gente desagradable, pero lo hacen desde un punto de vista hipnótico, interesante, lógico. Aire libre no es uno de esos casos. Tiene un buen reparto y tiene una buena metáfora de fondo, la creación de una vivienda frente a la destrucción que provocan sus mismas obras. El problema es que nadie se cree, en primer lugar, cómo narices ha conseguido esa pareja estar más de dos días junta en la misma habitación.

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