Un cuento moderno

Deanna Dunagan en The Visit (2015)

Deanna Dunagan en The Visit (2015)

Crítica

La visita (2015), de M. Night Shyamalan

Por Pablo Álvarez

El caso de M.Night Shyamalan es uno de ascenso y caída. Si en un principio su nombre suscitaba una admiración merecida, en la actualidad se ha tornado en escepticismo ante cualquier proyecto en el que esté involucrado. Y es que las cosas cambiaron bastante para este director de origen indio desde que estrenara El sexto sentido en el año noventa y nueve, consiguiendo un gran éxito de crítica y público. Con el transcurso del tiempo, su carrera comenzó a sufrir altibajos, llegando a encadenar varios títulos que no funcionaron en taquilla de la forma esperada. Ahora presenta su último trabajo, en un nuevo intento por recuperar el prestigio perdido.

La película cuenta la historia de dos hermanos cuya madre los envía a conocer a sus abuelos, después de que esta haya roto la relación con ellos años atrás. Lo que en principio se planteaba como una idílica semana, pronto comenzará a adquirir tintes siniestros cuando los niños adviertan el extraño proceder de los ancianos.

Teniendo en cuenta que sus dos films anteriores fueron blockbusters que no generaron los beneficios suficientes, es comprensible que el director haya optado en esta ocasión por el formato found footage. La mayoría de los films adscritos a esta tendencia se han caracterizado por moverse dentro de unos parámetros presupuestarios modestos, haciendo más fácil la rentabilidad de la inversión, además de garantizar un mayor control creativo. Shyamalan ha realizado la que supone sin duda su película más naturalista, potenciando la inmersión del espectador mediante el uso de la vista subjetiva, haciéndolo partícipe directo de la acción que acontece en pantalla y prescindiendo de banda sonora. Por otro lado el film no adolece de los típicos inconvenientes inherentes a este estilo, en los que el movimiento de cámara a veces condiciona la técnica, logrando un gran aprovechamiento a nivel visual con bellísimas composiciones del paisaje rural nevado en el que tiene lugar la trama. La narración se sitúa desde la perspectiva de los dos niños protagonistas, por lo que la sensación de peligro y vulnerabilidad resulta verosímil en todo momento, consiguiendo que empaticemos con ellos. A esto contribuye el excelente cuarteto protagonista, compuesto por los jóvenes Olivia Dejonge y Ed Oxenbould en el papel de los hermanos Becca y Tyler respectivamente y de Deanna Dunagan y Peter McRobbie interpretando a los abuelos. La espontaneidad de unas actuaciones que en muchos instantes parecen improvisadas, añade un mayor realismo a las escenas. De este modo el realizador construye una pieza de suspense sustentada en el desarrollo de los personajes y en la creación de una constante atmósfera enrarecida, atenuada por unos momentos de humor bien medidos en los que resalta el personaje de McRobbie, indiscutible estrella de la función. Pero si hay algo distintivo en la filmografía del director y que se repite en esta ocasión, es la trascendencia de las emociones en el desarrollo de la trama y de una enseñanza final como colofón al relato, a modo de la moraleja de un cuento.  Y esa es precisamente la atmósfera que destila su último film, que supone una suerte de relectura de Hansel y Gretel orientada al público actual.

En un momento en el que parecía que su carrera había llegado a un punto de no retorno, Shyamalan ofrece un film con el que vuelve a demostrar su talento como creador de historias capaces de divertirnos, emocionarnos y aterrorizarnos. El hecho de tratarse de una cinta independiente ha posibilitado que en esta ocasión el director pudiera centrarse únicamente en sacar el máximo provecho de un relato tan sencillo como efectivo, logrando una pequeña gran película.