Tragedias luminosas

shortterm

Crítica

Las vidas de Grace (2013), de Destin Daniel Cretton

Por Manuela Partearroyo

A veces el cine es un placer, como lo es volver a visitar las locuras en falda de Billy Wilder o revivir las historias de Filadelfia. Otras veces el cine es dolor que araña los pilares más estables de nuestra sociedad, como ocurre cuando nos asomamos a los juegos no tan graciosos de Haneke o a los infiernos de Pasolini. Y hay ocasiones en que el cine genera las dos cosas a la vez, una sensación de alegría que, a base de retazos de luz y color, es capaz de hacernos despertar a los mayores horrores de nuestro mundo más cercano. En su pequeña (y también inmensa) dimensión, y sin pretensión de ningún tipo, Las vidas de Grace es un intento de generar esos sentimientos encontrados.

Grace coordina un hogar de adolescentes “con problemas” con una diligencia que no le impide ser sensible, y con una juventud que tampoco le impide comprender y sufrir demasiado los dolores de sus conflictivos inquilinos. Sí, nos sabemos un poco el argumento, chicos marginados y otros chicos (también en el margen) que quieren ayudarlos. Podría ser la típica historia de redención y moral americana, pero por el contrario, uno al salir de la función se queda con la misma sensación de fragilidad que desprenden los personajes, sin fiarse del día de mañana ni de la salvación del gran héroe americano. Aquí viven, o mejor, sobreviven, auténticos superhéroes sin capa, cuyos milagros (éstos sí, auténticos) se hacen en silencio, escondidos bajo el barro de las sociedades neoliberales, detrás de las cortinas de humo y las pantallas de plástico.

He aquí la paradoja de la vida moderna, ésa que convierte un refugio de inadaptados sociales en el hogar que nunca tuvieron, que hace hermoso el derrumbe de unos personajes débiles y violentos, como el rap contra fantasmas del pasado que se marca el más veterano de los chavales. Personajes llenos de cicatrices que, antes que nada, comprenden la fragilidad de los momentos y, por ende, lo efímero de su estancia, la alarma de ese short term que les avisa de que también tendrán que salir de allí algún día.

Sorprende un guión del que efectivamente conocemos el argumento, pero que nos deja boquiabiertos con unos afilados diálogos llenos de comedia, de autenticidad, de emoción. Una mirada hacia aquellos a quienes la sociedad da la espalda, sin teatralidad, sin adoctrinamiento, que recuerda a lo mejorcito del año pasado, La vida de Adèle, y a los proyectos del siempre interesante Laurent Cantet, y tal vez a la futura Boyhood, que algunos esperamos con delectación. Las vidas de Grace camina con una belleza que no excede los límites de la autenticidad, y con una autenticidad que tampoco excede los límites de la belleza. La fotografía, luz natural y colores fríos, neorrealismo del siglo XXI; los actores, despeinados y doloridos, con las heridas interpretadas a flor de piel; el montaje, nervioso y superpuesto al estilo documental, todo muy indie, y cada plano lleno de una delicadeza que hace todas estas tragedias demasiado luminosas para ser olvidadas en cuanto se encienden las luces de la sala. Perdónenme, pero para mí, éste es el gran cine.