Touché

Melvil Poupaud

Melvil Poupaud

Crítica

Laurence Anyways (2012), de Xavier Dolan

Por Genoveva Santiago

Largometraje firmado por un joven director canadiense de 23 años. Inesperado, y desde luego diferente. Xavier Dolan grita ¡Laurence Anyways! Y efectivamente ese grito nos aturde como espectadores. A veces hasta ensordece. Otras indigna, o enternece hasta la conmoción, o desata la risa, o directamente paraliza. Una película nueva, fresca, y singular.

Fui a ver de qué manera abordaba el tema de la transexualidad y me encontré con una película maravillosa sobre la libertad, la exclusión social y, sobre todo, el amor. Me sorprendió un trabajo de una belleza extraordinaria, que toca, o más bien acaricia. Y una verdadera lección de amor. Se trata de una película de las que vives, de las que justamente te hacen olvidar que la estás viendo en una pantalla. Comienza con unas miradas, un desfile de ojos que se prenden a nuestro protagonista; lo siguen y persiguen, miran y ya juzgan.

La primera gran conquista: transmitir una sensación insostenible, un cambio en el personaje, una desazón ya larga e insoportable, mediante detalles: pequeños gestos o tics cotidianos cargados de estallido, como el momento en que Laurence está dando clase y le suda la nuca, así que se rasca con esos dedos pinzados con clips que se ha ido colocando porque no hay otra forma de hacer explotar esa contención más que así, silenciosamente. Hasta que el incendio es inevitable. Laurence y su chica, Fred (y aquí he de detenerme para destacar el fascinante trabajo interpretativo de Suzanne Clément, que nos regala una actuación animal en todos los mejores sentidos de la palabra, con escenas de una potencia dramática incomparable), han construido una relación más poderosa que la mejor de las fortalezas del mundo, a base de pasión, complicidad y muchísimo humor. Se entienden al menor gesto o movimiento, se divierten con la sola cercanía del otro. Y les estalla en la cara: “Tengo que contártelo o me muero”. Fred teme que él se muera, pero no se muere. Se va a convertir en mujer.

Es la historia de una lucha, la de dos personas que se aman intensamente pero que nadan contracorriente. Pero eso sí: nadan, con todas sus fuerzas, y jamás cesan en su empeño, aunque ya haga tiempo que la corriente no les deje avanzar. La narrativa está tan lograda que sales del cine touché, replanteándote muchos juicios casi inconscientes que todos emitimos sin ir más allá, sin hacernos preguntas, sin empatizar con personas a las que desplazamos a la soledad y la exclusión por puro abandono o, peor, por meras presunciones superficiales. Porque a menudo nos dejamos llevar por la corriente, sin preguntarnos a dónde vamos.

Xavier Dolan se permite una poética lírica y arriesgada cuando no duda en hacer caer hojas secas del cielo, o copos de nieve, porque efectivamente todo está llegando a su fin. O cuando Fred abre aquella carta y vemos literalmente qué significa la expresión “torrente de lágrimas”. No duda tampoco en llegar hasta el fondo de nosotros acompañando la intensidad de sus imágenes con músicas de Vivaldi, The Cure, Satie, Brahms, Duran Duran, Tchaikovksy… Una forma de narrar que acompaña, mece, paraliza, abisma. No hay consuelo para una historia de amor imposible. Vivimos las rupturas, el desgarro, la separación, el echar en falta, los reencuentros. ¿Sabes lo que es comprarle una peluca a tu novio?, pregunta Fred en un momento. No, la mayoría de nosotros no sabemos lo que es, pero asistimos a su lucha, la de una mujer contemporánea que toma sus propias decisiones, osada, valiente, aunque le cueste la propia salud. Una lección de fortaleza y honestidad que comparte con Laurence, que a pesar de pagar un altísimo precio, no duda ni un instante de que su decisión fue la correcta.

Este trabajo está hecho con una sensibilidad y una calidad excepcionales,con un ritmo ágil para sus 2h39m de metraje, una composición de planos magistral. Una honda reflexión, un placer dejar que una película así se te meta en las venas, y una celebración: la de la consolidación de un joven cineasta con un gran porvenir.