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Crítica

La jaula dorada (2013), de Rubén Alves

Por Manuela Partearroyo

Vivimos de estereotipos. Por la calle, en el metro, en la sala de espera del dentista… todos esos lugares son un estupendo zoológico del que sacar prejuicios. Esta semana se estrena La Jaula Dorada, una comedia a medio camino entre Francia y Portugal, dirigida por el también luso Ruben Alves, que precisamente juega con las identidades nacionales en busca de un mensaje políticamente correcto.

La película cuenta la historia de una familia de emigrantes portugueses (él albañil, ella portera de un edificio de altos vuelos) que vive con cordialidad y duro trabajo en el París más aburguesado y rancio, hasta que una herencia les da la oportunidad de retirarse cómodamente, con la obligada vuelta a la madre patria de la que salieron hace más de treinta años. La respuesta de sus convecinos, familia y demás egoístas de la película será hacerles la vida lo suficientemente difícil como para que decidan evitar el retorno.

Sin embargo, las buenas intenciones de la cinta no acaban de resolver más que eso, que los portugueses cocinan muy bien el bacalao y que los franceses tienen más clase y más dinero. Y lo que es aún más preocupante, que la cinta la dirija un portugués, que todos los protagonistas positivos lo sean, y que sin embargo uno salga con la sensación de que, a pesar del clasismo, de la dudosa integración que ofrecen a sus emigrantes, incluidos los más trabajadores y honrados, y de la falta general de solidaridad con los sueños ajenos, ¡cómo molan los franceses!

La película se deja ver, no consigue provocar la carcajada pero sí tal vez alguna leve sonrisa, aunque ninguno de los chistes supera la inquebrantable barrera del estereotipo manido. Se percibirá enseguida una factura muy cuidada, aunque convencional, con el siempre reconocible Joaquim de Almeida (ese malo de tantas pelis de acción, que por supuesto siempre era o mexicano o brasileño o español), y la fotografía revela muchas coincidencias con comedias burguesas francesas del gusto de las de François Ozon. A través de la película, ópera prima de un director que, como los hijos de los protagonistas, es de origen luso aunque ya nacido y criado en Francia, el país vecino hace una relativa autocrítica a su feroz clasismo (y aquí la clave es lo relativo de la cuestión). Se ríen de ellos mismos, sí, pero la tibieza del tono resulta algo complaciente con un problema demasiado duro y profundo como para tomar a la ligera. Este tipo de “alta comedia parisina” comienza a ser casi un clásico, se podrá recordar Las chicas de la sexta planta, por ejemplo, en la que se mostraban las desventuras de las emigrantes españolas que ejercían tanto de limpiadoras como de psicoterapeutas, incluso de madres de sus jefes… tan ricos y tan rubios y tan guapos. Lo bueno que tenía esa cinta era la mirada de Carmen Maura, que desbarraba toda la tontería gabacha de la historia. En La jaula dorada, Almeida y Rita Blanco hacen lo que pueden, sin acabar de salvar del todo la función.

Los clichés son malos, sí, todos lo sabemos, y Alves también sabe lo útiles que resultan para generar comedia blanca. Lo que ocurre es que una buena comedia parte de ellos para luego superarlos, resquebrajarlos, desmantelarlos, y demostrarnos, como a menudo pasa en la vida, lo muy equivocados que estábamos. Cantan un fado y eso siempre merece la pena, pero hasta ese momento resulta un poco plasticoso. Ya ven que la jaula no es tan dorada, por mucho que le den brillo con champán francés.