Todos decimos que le queremos (y a coro)

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Crítica

Blue Jasmine (2013), de Woody Allen

Por Claudia Lorenzo

No sé vosotros pero yo, cada vez que escucho que una película de Woody Allen ha tenido críticas maravillosas al otro lado del charco, me echo a temblar. Sobre todo desde la hecatombe de Vicky Cristina Barcelona, sólo útil para explicarle a los americanos dónde está Oviedo. Hay algo en mí que no comprende que la misma gente que no hizo caso a Todos dicen I love you ensalce el guión de Medianoche en París –que sí que es mona, sí-, o que le den un Oscar a aquel engendro rodado en nuestro país pero no le hagan ni caso a Granujas de medio pelo, descacharrante crítica social donde las haya. Voy a dejar de lado el hecho de que Match Point no deja de ser el Delitos y faltas del siglo XXI, a pesar de que muchos descubriesen a Woody con ésa, porque igual salgo de aquí a gorrazos.

Por eso, cuando Blue Jasmine comenzó a cosechar éxitos de público y crítica allá, me entró el pánico. Ay, Woody, a ver si vas a caer con todo el paquete y te llevas de la mano a la grandiosa Blanchett, bella y sabia como ninguna. Pero resulta que no, que Allen ha conseguido encandilar a sus compatriotas y ahora se dispone a conquistar Europa, que siempre le ha querido y que, paradójicamente, le ha financiado algunos de los peores filmes de su carrera.

En Blue Jasmine conocemos al personaje del título, una mujer (Blanchett) que se recupera de una crisis nerviosa provocada por la caída a los infiernos de su millonario y estafador marido (Alec Baldwin). A la hora de poner los pies en el suelo e intentar resucitar, Jasmine se muda desde Nueva York a San Francisco con la idea de gorronearle habitación a su hermana Ginger (Sally Hawkins), a quien no prestó demasiada atención cuando vivía entre lujos. El choque de la antigua riqueza con la nueva vida en la clase obrera amenaza con provocarle otro estallido nervioso. Pero Jasmine, además de rica venida a menos, es una superviviente.

Cate Blanchett es de esas mujeres que vendería una moto de la Segunda Guerra Mundial como si fuese hecha anteayer y convencería al respetable. Ponerla a ella en la piel de Jasmine, un personaje que resulta detestable en ciertos momentos, consigue que el público empatice con ella y entienda que tiene un código moral diferente al del resto de los mortales, un código en el que cree y confía. En ningún momento ella se desvía de lo que opina correcto o adecuado para evitar su extinción. Semejantes características y semejante profundidad de personaje no las da sólo la maravillosa actriz, sino que las establece Allen en su férreo guión, una de esas obras de ingeniería simple que escribe anualmente y que parecen ocultar lo complicado que es en verdad encajar todas las piezas.

En el mundo de Jasmine se ve que, cual Lego, la torre de problemas a los que se enfrenta se hace más y más alta y tal vez en un punto el director del cotarro quiera dejar que caigan una tras otra. Pero no por ello la historia interesa menos o resulta predecible. A pesar de todos los giros a los que Allen somete a su protagonista, y a pesar de lo mucho que nos hace odiarla, en ningún momento hipoteca la personalidad de Jasmine para resultar ejemplarizante, y eso es muy de agradecer. La conclusión a la historia es compleja pero adecuada.

¿Es un filme amargo? Tal vez no nos deje con la misma sonrisa en la boca que otras muchas comedias que hemos visto, pero desde luego no deja peor sabor que Conocerás al hombre de tus sueños, otra de sus sibilinas patadas en el estómago. Blue Jasmine es una de esas combinaciones prodigiosas que Allen hace de vez en cuando: buena escritura, magnifica protagonista acompañada de excelentes secundarios -Blanchett está espectacular, pero Sally Hawkins o Alec Baldwin no se quedan atrás- y un director que hace de la no intervención su firma. Dice Woody que lo mejor que se puede hacer con un buen reparto es quitarse de en medio, y tiene razón.

Se comenta que la actriz tiene millones de papeletas para llevarse un segundo Oscar, y estaría justificado. El asunto del guión es menos ruidoso, pero os digo que si Owen Wilson yendo a charlar con Dalí se lo merecía, lo de Jasmine no se queda atrás. Sin embargo, el público de Allen, un poco como el propio autor, ha dejado de prestarle atención a los premios para agradecerle al maestro que cada año nos obsequie con una de sus películas. Si él es fiel a su máquina de escribir, a sus cómodos horarios de rodaje y a sus destellos de genialidad -lo admito, tiene tantos que hasta hay algunos en A Roma con Amor-, nosotros estamos dispuestos a ir anualmente a la sala para disfrutar de esa hora y media de puro cine.

Porque, como en el caso de Blue Jasmine, hay ocasiones en las que no sólo podemos decir que una película “regulera” de Allen es mejor que cualquier buena película de otro, sino que podemos afirmar que una película buena de Allen se convertirá, poco a poco, en obra maestra. Denle años y, a pesar de que el caso Madoff se olvide, Blue Jasmine seguirá siendo actual. ¿Por qué? Por la coherencia y humanidad de su personaje. Por Allen. Porque antes que ser un gran director, Woody es un magnífico guionista.

Al final los yanquis y nosotros vamos a estar de acuerdo en algo.

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