The Jinx

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Me llamo Ms. Lindo, soy adicta a las series.

Por Elvira Lindo

He vivido once inviernos en una ciudad salvaje. Once inviernos, se dice pronto. En el primero, el frío me dejó desconcertada, porque yo no sabía lo que era el frío. Pensaba que el frío era eso que una sentía cuando el termómetro marcaba cuatro o cinco grados y entonces una se ponía un abrigo de paño y una bufanda y salía a la calle y a la primera persona con la que intercambiaba un buenos días le soltaba un “qué frío hace”. Si esa persona era mayor de setenta años te respondía  con un “ya no hay inviernos como los de antes”. Y ahí quedaba la cosa. Todo muy español, muy de la tierra.

Con ese background me vine a vivir aquí. Ignorante, atrevida y desabrigada. Ahora, que ya sé abrigarme, soy consciente de que en inviernos como este ir bien abrigada sólo sirve para no morirte de frío pero en realidad nunca te salvas de estar helada cada vez que pisas la calle. Los inviernos neoyorquinos me enseñaron a quedarme en mi casa, una de las enseñanzas más duras que he recibido en mi vida, porque yo salí a mi padre que, como Antonio Gamero, seguía ese mandamiento no escrito de que como fuera de casa en ningún sitio.

A mí Nueva York me ha dado mucha vida interior. De tanto estar en casa me hice adicta. Adicta internauta y adicta a las series. ¡No vamos a dedicar todo el santo día a la lectura, señores del jurado! Me hice yonqui de las series. Con lo que yo me reía de mis tías cuando a la hora de la siesta se encorvaban en una silla muy cerca de la radio. Pues en esa onda.

Hoy hablaré de una serie documental, The Jinx, que sólo han visto en España aquellos ciudadanos abonados al Canal Plus… Me vi los seis capítulos de The Jinx en dos noches, porque pertenezco a esa raza de consumidores compulsivos que se compran una serie y no pueden vivir ni salir ni socializar ni casi ir al lavabo hasta que no la agotan.

Yo he visto muchas series. Y hoy confieso que hasta las que no me han gustado al final me han gustado. Las he comentado en la red, pero sólo en la red, entre amigos, porque si hablo mucho de lo que veo y hago en Nueva York hay lectores que se irritan y exclaman: ¡ya está otra vez esta presumiendo de vivir en Nueva York!

Un comentario muy made in Spain.

Pero, qué le voy a hacer si, por ejemplo, tengo la posibilidad de ver Mad Men justo el día en que lo estrenan y no al día siguiente, como en España: ¿he de propinarme cincuenta latigazos? En lo absoluto, yo a lo  mío.

Hoy hablaré de una serie documental, The Jinx, que sólo han visto en España aquellos ciudadanos abonados al Canal Plus. Igual también tengo que pedir perdón por esto. Pero, se siente, así es la vida. Me vi los seis capítulos de The Jinx en dos noches, porque pertenezco a esa raza de consumidores compulsivos que se compran una serie y no pueden vivir ni salir ni socializar ni casi ir al lavabo hasta que no la agotan.

The Jinx es la historia de un millonario, Robert Durst, sobre el que desde hace tres décadas pesa la sospecha de haber cometido varios asesinatos. El primero de ellos, el de su mujer, Kathie, a la que la policía dio por desaparecida en 1982; el segundo, en 1999, el de su íntima amiga Susan Berman, a la que supuestamente mató para que no confesara a la policía todo lo que sabía sobre la muerte de Kathie, y la tercera víctima fue un vecino de Galveston, Texas, donde Durst se ocultaba, vestido de mujer, de una justicia que le seguía los pasos. De este último asesinato, en 2001, Durst fue exculpado por haber demostrado sus abogados que lo mató en defensa propia. Aunque parezca increíble el hecho de que la víctima fuera descuartizada y arrojada en trozos al río a manos de nuestro  héroe, no supuso ningún agravante para un jurado que lo declaró inocente.

El caso es que la nunca explicada desaparición de la mujer de Robert Durst inspiró una película, All Good Things, dirigida por Andrew Jarecki en 2010 y protagonizada por Ryan Gosling. El millonario, como un espectador más, fue al cine a ver cómo habían resuelto su vida en la ficción,  y no contento con que sus fechorías hubieran llegado a la pantalla grande tuvo el cuajo de llamar al director para proponerle algo, a su juicio, más interesante: un documental sobre su persona; un documental serio, tipo HBO, apuntó Durst, y se ofreció a dejarse grabar para que sus palabras articularan toda la historia. Los abogados del eterno “supuesto” asesino le aconsejaron que abandonara la idea. Temían que su vanidad le llevara a enredarse en las preguntas del director y contara una verdad de la que, hasta el momento, nadie tenía confirmación. Bastante les había costado a ellos librar a su cliente de la cárcel. En cuanto a lo que le costó a Durst el trabajo de sus dos abogados se cuenta en el documental: dos millones de dólares. Con dos millones de dólares maniobraron con la ley y la conciencia del jurado para que el descuartizador no pagara por su crimen.

Kathie y Robert Durst

Kathie y Robert Durst

Pero le enredaron, vaya que si le enredaron, Jarecki y sus guionistas compartieron dos jornadas con el siniestro personaje y siguieron su pista durante cinco años, saltando de la ficción al documental, y obteniendo pistas por el camino que la policía ni había olido, o tal vez peor aún, que había pasado por alto. No hay que olvidar que en el complicado sistema de justicia americano el dinero juega un papel esencial y en este caso el sospechoso pertenece a una familia con un enorme capital en el mercado inmobiliario neoyorquino.

El título, The Jinx (El Gafe), viene dado por unas palabras del propio Durst pronuncia acerca de su negativa a tener hijos. Con una escalofriante serenidad, el millonario confiesa que es consciente de que les hubiera dejado en herencia la mala suerte que a él le perseguía. No es mala suerte, desde luego, lo que caracteriza la vida del protagonista del documental, al contrario, es un ser privilegiado hasta el punto de no haber tenido que pagar todavía por su crueldad, por la frialdad de su carácter. Los abogados que le defendieron en el único juicio al que se sometió le aconsejaron que pusiera algo de emoción cuando narraba la pelea que acabó en asesinato. Temían que la impasibilidad en su narración actuara en su contra. Pero no fue así, para fortuna de Durst.

En el documental él recuerda su infancia. Asegura que fue feliz hasta que su madre se suicidó ante sus propios ojos arrojándose desde el tejado de su casa. Los familiares han desmentido que Durst fuera testigo de aquella escena. La madre suicida deja tres hijos huérfanos que, a partir de ese momento, se crían en manos de la servidumbre, y con cierta indiferencia paterna. Robert el niño, y más tarde Robert el joven, maltrata a su hermano menor, que aparece poco en el documental, lo suficiente para decir que no tiene la menor duda de la culpabilidad de su hermano, porque él mismo fue víctima de su maltrato desde la infancia.

Lo más impresiona de este documental seriado es el tono de su protagonista. Robert Durst quiere aparentar inocencia y se le transparenta la culpabilidad; quiere ser sensato y parece manipulador; quiere que creamos que es inofensivo y tras escucharlo tenemos muy claro que jamás nos quedaríamos con él en una habitación a solas.

Esta serie de no ficción juega con los mismos componentes de las películas de género. No en vano la banda sonora tiene un aire a True Detective y toda la información se va muy cinematográficamente dosificando para que el espectador experimente la misma inquietud que en las películas de suspense. Ahí es donde encuentro la trampa. El director se reserva el plato fuerte para el último minuto. Durst se levanta de la silla porque está cansado, evasivo, irritado, dice que da la entrevista por concluida y se marcha al servicio. La silla vacía funde a negro, pero el entrevistado se ha ido al baño con el micrófono aún enganchado a la solapa. Allí, entre suspiros y ruidos escatológicos, el tipo murmura, “sí, por supuesto sí, los maté a todos”.

Asegura Jarecki que no fueron conscientes de esa frase hasta que alguno de los editores de la serie la encontró. Por casualidad. Existen esas casualidades, sí, pero también existe la presión de los cadenas de televisión para que los directores de documentales los hagan tan comestibles e intrigantes como la ficción misma.

Este manejo del tiempo y de la información ha despertado muchas críticas en quienes se preguntan qué debe hacer un documentalista si se encuentra con pruebas de la culpabilidad de su entrevistado. ¿Es ético no ponerlo en conocimiento de la policía y continuar hasta que el documental se estrene? Como amante de los documentales que soy no necesito de tantos fuegos artificiales. Con que me cuenten una historia real de una manera atractiva me basta y me sobra. No necesito el encandilamiento de la ficción. En mi opinión, la película hubiera sido igual de excelente sin esos trucos efectistas, pero es, en efecto, un gran documental.

Artículo perteneciente al número de mayo & junio que puedes descargar de forma gratuita aquí

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