La crisis económica en el cine

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Por Luis Perdices de Blas

En los últimos cuatro años se han estrenado una cuantas películas y documentales que reflejan la crisis económica que estamos viviendo y recuerdan a otras muchas que se estrenaron con motivo de la crisis del 29 como It’s a Wonderful Life de Frank Capra (1946). Me estoy refiriendo a Wall Street 2: Money Never Sleeps (2010) de Oliver Stone (con Shia LaBeouf, Michael Douglas y Carey Mulligan), Margin Call (2011) de J.C. Chandor (con Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons , Zachary Quinto, Penn Badgley, Demi Moore, Mary McDonnell, Stanley Tucci y Simon Baker ), Up in the air (2009) de Jason Reitman (con George Clooney y Vera Farmiga) y The Company Men (2011) de John Wells (con Ben Affleck), pero también a los documentales Inside Job (2010) de Charles Ferguson y The Flaw (2011) de David Sington. Se está rodando Capital de Costantin Costa-Gavras, basada en la novela homónima de Stéphane Osmont. De los superficiales y maniqueos trabajos del bufón de Michael Moore mejor no hablar.

Margin Call e Inside Job son de lo mejorcito, pero no dan una explicación completa de la crisis, lo que tampoco se les puede reprochar pues los economistas no se ponen de acuerdo sobre el asunto y algunos continúan dando palos de ciego. Inside Job, en particular, es un excelente documental por las buenas preguntas que hace el periodista, su ritmo y por seleccionar a un interesante grupo de entrevistados. Saca los colores incluso a prestigiosos profesores de universidades estadounidenses de renombre como la de Harvard, que no quisieron ver lo que estaba pasando o estaban colaborando en la retórica de obtener fondos para las grandes corporaciones que no dudaron en acudir a la ayuda pública.

Estas películas y documentales explican una parte de lo ocurrido. Banqueros y empresarios sin perjuicios hacen de las suyas para ganar a costa del prójimo. Pero habría que introducir un matiz, son banqueros y empresarios amancebadas con políticos y que cuando las cosas les va mal piden ayuda al Estado. Es decir, son individuos y corporaciones que prosperan al amparo del Estado y que cuando tienen problemas dejan de creer en las virtudes del mercado. Estos no son los empresarios que generan crecimiento y bienestar, a diferencia de los que están detrás de Apple, Facebook o Google, por poner tres empresas de éxito y de las que nadie duda de sus “virtudes”. Los malos empresarios que actúan ayudados por el Estado distribuyen la riqueza a su favor y no la crean. Apuestan por llevarse una parte de la tajada del presupuesto estatal que salen de los impuestos que pagamos todos los contribuyentes. En este grupo hay un nutrido número de banqueros que convencen a la opinión pública de la necesidad de los planes de rescate de sus entidades para el bien del país y el bienestar de la población en general, como bien se refleja en Wall Street 2. Estos empresarios subvencionados son los que se olvidan del público cuando ganan a espuertas y nos torturan con su tren de vida hortera en las revistas que recogen crónicas de sociedad. Pasemos a contar la otra parte de la realidad que no aparece en estás largometrajes mencionados.

Hay un acuerdo general en que la crisis financiera empezó al explotar la burbuja inmobiliaria. Desde los años treinta se fomentó “el sueño americano” de que cada familia fuera dueña de una casa. Con este fin y a instancias de los presidentes

Roosevelt y Kennedy se crearon dos empresas, Fannie Mae y Freddie Mac, que cotizaban en bolsa, pero eran semi-públicas y cuando quebraron en 2008 fueron nacionalizadas acosta de los contribuyentes. Estas empresas avalaban hipotecas basuras con el loable fin de favorecer a las clases mas desfavorecidas de la sociedad. Al final, controlaron más de la mitad del mercado inmobiliario estadounidense. El valor de los inmuebles alcanzó unos elevados niveles y cuando los hipotecados no pudieron pagar sus deudas reventó la burbuja.

La baratura del dinero y la abundancia de liquidez propiciada por la Federal Reserve (la entidad que emite dinero en Estados Unidos) contribuyó a engrosar la burbuja inmobiliaria. Estimuló artificialmente, tanto a comprar casas por la baratura del dinero, como a que las entidades bancarias concediesen créditos hipotecarios más arriesgados. Es decir, las medidas diseñadas por políticos (no voy a entrar en la polémica de si con buena o mala intención), la actuación de empresas semi-públicas y la política de dinero barato de la Federal Reserve condujo a que los agentes económicos explorasen actividades arriesgadas con consecuencias nefastas a medio y largo plazo. La Federal Reserve aumentó la liquidez del sistema para paliar el reventón de la burbuja de las empresas “puntocom” y para animar el mercado después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. A partir de aquí otros sectores de la economía y otros países empezaron a contagiarse. Muchas empresas cerraron y millones de ciudadanos se han quedado en la calle, sin empleo. Esta historia es por desgracia bien conocida y no hace falta profundizar en ella.

Del análisis anterior se desprende que la crisis no fue iniciada por la conducta de unos codiciosos capitalistas que captan fondos públicos (estos logreros actúan de la misma forma antes, durante y después de la crisis), sino por las torpes actuaciones de políticos y burócratas de las que se beneficiaron los que querían hacer negocios fácilmente. Los famosos mercados de los que habla continuamente la prensa no son, por lo tanto, el origen de la crisis. Los políticos y burócratas no van a reconocer nunca su metedura de pata. Es más fácil decir que otros tuvieron la culpa y que ellos nos van a salvar y solucionar nuestros problemas. ¡Cuidado! Nunca hay que olvidar que somos los contribuyentes los que pagamos el coste de las soluciones propuestas por políticos y burócratas.

Hay un gran debate sobre las soluciones para salir de la nefasta situación económica actual. Los economistas y los políticos no se ponen de acuerdo en las medidas adecuadas y el ciudadano de a pie está despistado y en algunas ocasiones acaba defendiendo unas medidas que a la larga le perjudicarán. A continuación voy a realizar tres comentarios orientativos sobre las soluciones.

En primer lugar, hay que dejar claro que las economías de los países no se desarrollan de una forma lineal, sino que oscilan cíclicamente. Esto quiere decir que se suceden etapas de expansión y etapas de recesión. La crisis aparece cuando se produce una profunda desaceleración en el crecimiento de una economía en concreto. Por lo tanto, es imposible un escenario en el que no son se den crisis cada cierto tiempo. Soy consciente de que este primer comentario puede ser descorazonador para los no economistas.

En segundo lugar, no están funcionado las políticas que intentan estimular la demanda artificialmente. A corto plazo pueden dar la impresión de recuperación, pero a largo plazo no. Es intentar salir de una depresión amorosa a base de gin-tonics. Los primeros nos pueden dar una sensación de mejoría y bienestar, pero si abusamos de esta exquisita bebida acabaremos alcohólicos o con toda seguridad espantando aun más a nuestra expareja. A largo plazo un estimulo artificial de la demanda trae, entre otras, consecuencias perjudiciales:

  1. a)  Un aumento del déficit público. En algún momento hay que equilibrar los gastos y los ingresos para no acabar como Grecia. Las vías para llegar a este equilibrio acaban siendo todavía más duras: subida de impuestos, emisión de deuda pública (es decir, que las generaciones futuras paguen los excesos actuales) o inflación. No se recorta lo suficiente el gasto público debido a que políticamente es difícil hacerlo. Nunca hay que olvidar que un déficit crónico puede llevar a la quiebra del Estado y afectar, sobre todo, a aquellas partidas relacionadas con el estado del bienestar (salud, seguridad social y educación, principalmente). Hay que tener cuidado con las políticas que significan pan para hoy y hambre para mañana.
  2. b)  Losescasosfondospúblicossedirigenasubvencionarempresasineficientesque representan el pasado. Estas empresas son la que tienen mayor capacidad organizativa para obtener estos limitados fondos públicos a los que no acceden los emprendedores jóvenes y novatos, que son el futuro. Como queda apuntado muchos fondos públicos han ido a rescatar a entidades financieras que han asumido altos riesgos y ahora quieren que todos paguemos la factura. Cuando ganaban, no me cansaré de insistir, no nos dieron parte de sus beneficios.

En suma, subida de impuestos, desvío del gasto a sectores ineficientes o rescate a entidades financieras es lo que ha llevado a la indignación de muchos ciudadanos en todo el mundo y con razón. Están pagando con el fruto de sus esfuerzos los gastos de una fiesta en la que no han participado. Las medidas que parecen obvias y en algunas ocasiones bien intencionadas acaban por perjudicar más la situación económica y el bienestar de la población.

El tercer comentario sobre las posibles soluciones a la crisis se puede resumir diciendo que hay que cuidar el lado de la oferta, es decir, el de la producción. Hay que regular el sector financiero para que no estimule comportamientos erróneos de los agentes económicos, como aquellos reflejados en las películas citadas al comienzo de este artículo. Medidas que no fomenten el que las entidades asuman más riesgos porque tienen la tranquilidad de que papá Estado va a acudir en su ayuda cuando tengan problemas. Que la Federal Reserve y los bancos centrales (entre ellos el Banco Central Europeo) se encarguen de controlar la inflación y no de intervenir la economía, como en el caso de las compañías “puntocom”, provocando más problemas de los que quisieron solucionar. Digo regular y no intervenir. Intervenir, como he señalado, es dar cuantiosos fondos para rescatar a entidades financieras que han actuado inadecuadamente o subvencionar a empresas ineficientes. Regular es dejar bien claras las reglas de juego en las que se mueven los agentes económicos y que no den pie a malversaciones, desvíos de fondos y actos corruptos. Este marco legal es que pone las bases del crecimiento económico.

También se podrían quitar los obstáculos para que los emprendedores desarrollasen sus proyectos. No hablo de subvenciones, sino por ejemplo de reducir el papeleo para crear una empresa o patentar un invento o facilitarles el pago de sus impuestos. Acoplar, sobre todo en Europa, los planes de estudios de las universidades a lo que demande la sociedad; dejando también la posibilidad a los académicos de que desarrollen proyectos aparentemente sin rentabilidad inmediata, pero que pueden ser la base de futuras innovaciones. Incitar a los alumnos a que sean activos y no objetos pasivos en la transmisión del conocimiento.

Un apunte importante: los analistas no suelen saber qué sectores son los que contribuirán a crear una economía próspera en el futuro y los políticos son los más desorientados en estos temas. Ahora es fácil decir que hay que producir tablets, pero ¿quién lo sabía hace cinco años? ¿Clinton, Bush, Obama, Sarkozy, Cameron, Rajoy o Merkel? No, Steve Jobs y otros emprendedores. Hay que ponérselo fácil a aquellos innovadores que ahora son desconocidos pero que están trabajando para descubrir, por ejemplo, una fuente de energía limpia, acumulable, barata y que no nos haga depender de déspotas como Chávez o Ahmadinejad. A propósito, bienvenidas “las primaveras árabes” que están expulsando a los gobernantes contrarios al crecimiento económico y a los derechos humanos, sátrapas que distribuyen la riqueza a favor de sus bolsillos y no contribuyen al bienestar de sus compatriotas.

Para ir finalizando me gustaría apuntar que los indignados tienen razón para estarlo cuando señalan que están pagando la crisis los menos favorecidos e inocentes, pero tampoco tienen que dejarse seducir por slogans persuasivos que han fallado en numerosas ocasiones. No se soluciona la crisis dando más poder a los políticos, aunque sean enrollados, ni dando más competencias y protagonismo al Estado en la economía , ni subvencionando. Habría, en la línea de lo expuesto en este artículo, que exigir a los políticos que trabajen para definir las reglas del juego que permitan crecer a la economía y, sobre todo, que dejen de gastar lo recaudado por vía impositiva en tonterías. En España, por poner un ejemplo, se inauguran aeropuertos que no tienen pasajeros y, lo que es peor, tampoco aviones, pero se cierran los hogares que acogen a las mujeres maltratadas ¿Quién no se va a indignar cuando al político de turno se le ve inaugurando un aeropuerto fantasma y por otra parte casi todos los días leemos en la prensa el asesinato de una mujer a manos de su pareja?

Para que nadie saque conclusiones equivocadas de lo expuesto, una última aclaración. La crítica a los políticos y burócratas y a las supuestas medidas bienintencionadas no nos tiene que llevar apoyar a salvapatrias iluminados o proyectos utópicos que han fracasado en otras ocasiones, sino a políticos y burócratas que actúen respetando las reglas del juego democrático y no ocultando la verdad a los ciudadanos-contribuyentes, que no se merecen ser tratados como menores de edad. El que paga manda en el sector privado, ¿ por qué no también en el sector público? Tampoco tenemos que dejarnos dar lecciones morales de los empresarios que han sido rescatados a costa del contribuyente, no tuvieron culpa del origen de la crisis, pero se aprovecharon de las circunstancias.

Nota: Nunca hay que olvidar que los contribuyentes son principalmente todos aquellos que viven de sus nóminas y que no han tenido la culpa de la actual crisis económica.

Luis Perdices de Blas is a professor of economics and  & writer. 

All rights reserved. La Critica New York 2012.