Teatro en blanco y negro

Cartel de Fast Film Noir

Cartel de Fast Film Noir

Por Claudia Lorenzo

Antes de decir que me aburrí en “Shhhh – An Improvised Silent Movie” debería defender a los acusados por dos razones.

La primera, la improvisación es difícil. La audiencia propone un tema y un porrón de actores tienen que ponerse a interpretar en el acto, intentando leerse la mente unos a otros, construyendo la estructura de una historia más o menos lógica, y haciendo el proceso entretenido. Los diálogos, cuando son graciosos, valen mucho. A veces una conversación divertida salva un espectáculo de improvisación por debajo de la media. Así que imaginaos intentar hacer una hora diaria de improvisación EN SILENCIO. La idea, el reto, es para quitarse el sombrero. La ejecución puede ser regular, pero es que el listón está alto ya de entrada. El cine mudo divertido lo es mucho. Sin embargo, esa gente trabajaba con estructuras  y película. Si a alguien se le va mucho la mano en algún momento, tijera. Que le pregunten a Berger o Hazanavicius si hace o no falta un guión sólido (asumo que todos hemos pasado la fase en la que creemos que el guión son los diálogos). Pues eso no se tiene en los espectáculos de improvisación, como su propio nombre indica.

Así que la empresa es difícil por espontánea y por carecer de charlas. Ah, y no mencioné que la música es en directo, también inventada sobre la marcha. i Bugiardini, compañía italiana, ha encontrado la mejor forma de venir al Fringe sin dominar el idioma, y la mejor forma de que la audiencia disfrute de un espectáculo sin que esté en inglés. Pero tienen que escalar dos montañas altísimas.

La segunda (de las defensas, ver primera línea del texto) es que yo les vi en el estreno. Estos trabajos requieren, más que ninguna otra representación, rodaje, acostumbrarse a la audiencia, soltarse, ver qué hace gracia, qué no, qué tipo de sentido del humor se aprecia. Probablemente la función del veinticinco de agosto no se parezca en nada a ésta. Por lo que veo en las críticas de la segunda función, tampoco se pareció en nada a la primera. Así que sí, vi un espectáculo un poco plano. Pero es lo que tiene la improvisación, a veces es bárbara, a veces es soporífera. Confío en que el grupo vaya estando más y más cómodo a medida que pase el tiempo, porque es una idea que merece salirles bien. Me intriga repetir y es una puesta en escena tan original (y bonita, porque el diseño está extremadamente cuidad) que les animo a ignorar mi opinión, basada en un espectáculo que nunca jamás volverán a ver, y les insto a ir a verla.

Tras los primeros años del cine, en “Fast Film Noir” no avanzamos mucho. Lo justo para colarnos en la cima del género negro, con Bogart y Bacall a la cabeza. Y no sé si a ustedes les pasa, pero yo a veces en el cine negro me hago unos líos con el argumento que nunca llego a solucionar del todo. Con esta obra me pasó lo mismo, dejé de controlar a los malos a partir del tercer nombre, y a las femmes fatales a partir del segundo sarcasmo. Para mí todo eran una serie de posturas, estilismos, sombreros de ala corta, vestidos de falda larga, y frases rápidas y agudas, llevadas a cabo con pericia. Una puesta en escena decente, no se puede negar. Porque, donde el homenaje de “Say it again, Sam” se quedaba muy corto, éste se acerca más al objetivo. Tendrá que ver con que ”Fast Film Noir” está basada en “El sueño eterno”, aunque en versión de una hora. Por eso todavía no tengo muy claro quién muere y quién vive en esta obra. Y por eso los diálogos son tan geniales, obra y gracia de Leigh Brackett, Jules Furthman y un tal William Faulkner, guionistas, y de Raymond Chandler, novelista.

“Fast Film Noir” viene de la mano de Braindead Theater, compañía formada por estudiantes de la Universidad de Esher. Así de juveniles y dispuestos son. El público se lo pasó de lo lindo con el homenaje y las interpretaciones. Destaca sobre los demás Skye Hallam-Hankin, actriz que hereda el papel de la Bacall (ahí es nada) y que acaba de ser admitida en la RADA (Real Academia de Arte Dramático Británica).

El arte imita al arte, y los géneros se entremezclan sin vergüenza ninguna. Apretando las tuercas, el teatro saca, en ocasiones, lo mejor del cine, sobre todo estilísticamente. Porque argumentalmente, que el Dios del cine me perdone, “El sueño eterno” es bella pero un lío. Y en una hora, un poco más.