Sunrise: A Song of Two Humans

sunriseAmanecer (1927), de F.W. Murnau

Por Molly Izaga

Summertime

Holiday time

Así reza el rótulo que aparece en la pantalla al comienzo de “Sunrise: A Song of Two Humans” (“Amanecer”) .  Es el reclamo de un pintoresco pueblo granjero a orillas de un lago al que llegan alegres veraneantes y turistas de fin de semana. Entre ellos una señorita de la ciudad ha ido prolongando su estancia. La vemos fumando en deshabillé a la luz de la vela en la casa donde se aloja, se viste, sale, recorre desafiante las callejas estrechas, se acerca a una ventana iluminada y silba. Dentro el hombre, campesino, sentado a la mesa reconoce el silbido, la tentación lo atormenta. Cuando su mujer llega trayéndole la cena él ya no está, ha salido a abrazarse con aquella en un descampado a la luz de la luna mientras la mujer llora dolida abrazada a su hijito.

Para ahora ya es deslumbrante el relato, que en ningún momento es torpe ni cae en lo sentimentaloide, gracias a una cámara prodigiosa que se mueve como si volara sobre los terrenos embarrados consiguiendo efectos visuales inusitados, y a unas interpretaciones que tocan el más sutil de los detalles sin apenas mediar palabra. Puro cine.

El hombre ha ido vendiendo sus posesiones para agasajar a la veraneante, pero ella le exige más, se pone persuasiva para que venda su granja y se vaya con ella a la gran ciudad con la que le hace soñar en imágenes fascinantes. En cuanto al obstáculo, la esposa, un expresivo juego con la palabra drown (ahogarse) disolviéndose sugerentemente en la pantalla da a entender un plan que le provoca  al hombre mucha lucha interna; pero la dama lo seduce y gana: la mujer se ahogará en el lago, él se salvará gracias a unos juncos que le mantendrán a flote, todo parecerá un accidente. A la mañana siguiente la mujer se viste de domingo para dar un paseo en barca por el lago con el hombre. Y allí, sentadita en la proa, su ilusión se irá convirtiendo en terror al ver el asesino en los ojos del marido, que enorme de pie en la precaria embarcación está a punto de ponerle encima las manos. Pero no lo hace, no es capaz. Rema hasta la orilla, ella salta a tierra y echa a correr con él por detrás. Un oportuno tranvía la recoge, y él logra también montar, ya en marcha, como en una pesadilla. No tengas miedo de mi, dice un rótulo –de los pocos que aparecen en toda la película–, van los dos de pie al lado del conductor del tranvía, inesperadamente viajando juntos camino de la ciudad, donde la película toma otros derroteros.

La gran ciudad, sin nombre –como tampoco tienen nombre El hombre, La mujer, La veraneante– es aquella misma con la que soñó la pareja en el encuentro amoroso del inicio, de calles vibrantes inundadas de luz y gente bailando al ritmo de orquestas de jazz, en imágenes superpuestas de manera prodigiosa que ahora, en pleno día,  dan paso a un loco tráfico de trenes, tranvías, coches, carros y peatones en un caos impecable, en medio del cual terminarán de diluirse los temores de ella y los sollozos arrepentidos de él, después de un bello proceso de reconciliación en el que han ido deambulado sin rumbo, juntos pero separados, desde un café hasta la decisiva boda que presencian en una iglesia. Por fin, ciegos al embotellamiento que les va rodeando, el hombre y la mujer se funden en un abrazo y un largo beso ante la ira de los conductores – Get out of the way (¡fuera!) se distingue velado el grito de uno de los airados, un guiño en la interesante banda sonora musical, incorporada a esta película por lo demás sin palabras. Por primera vez se sincronizaba una banda sonora a una cinta de película, el cine sonoro ya venía pegando, llegaba en el momento en que el hasta entonces mudo alcanzaba su cenit. 1927/28 fue un año que marcó época en la historia de ese arte, aún tan joven…–

Y lo que iba a ser un crimen se convierte en una luna de miel en la que los dos se divierten como críos, van a la peluquería, al fotógrafo y a un precioso parque de atracciones; hay secuencias de mucho humor –desmintiendo Murnau y el guionista Carl Mayer las críticas de pesimismo pertinaz que se le atribuye al expresionismo alemán– bailan, beben vino y son felices. Pero han de volver a casa. Montan en el mismo tranvía, y luego navega la embarcación a vela en medio del lago con ellos recostados en la proa a la luz de la luna, nuevamente enamorados. De pronto se levanta una tempestad, la vela no aguanta el viento, el oleaje amenaza con volcar la barca. El hombre recuerda los juncos que había preparado para salvarse él y se los ata a la mujer para ponerla a salvo. Se masca la tragedia. Ya ha pasado la tormenta y se ha hecho la calma cuando el hombre vuelve en sí encima de una roca de la orilla. Se ha salvado él, pero falta ella. Todo el pueblo busca su cuerpo sin esperanza de encontrarla con vida. La veraneante escucha las voces y creyendo que su plan ha salido bien se acerca a la casa del que cree aún su amante. Enloquecido por el dolor, el hombre está a punto de estrangularla, cuando desde la casa lo llaman a voces: ha aparecido su mujer… viva.

La noche de ese intenso día se va difuminando, y la mujer y el hombre juntos miran un nuevo amanecer.

Esta obra de arte se merece una copia de calidad y ser vista en silencio, en penumbra (por poco digo que de rodillas …).

– Mucho reconocimiento merecen las interpretaciones de George O’Brien y Jane Gaynor (fue premiada como mejor actriz en la primera edición de los Oscar, en 1928), y de Margaret Livingston en el papel de La veraneante además de otros muchos valores. Pero la verdadera estrella es el magistral trabajo de fotografía, directamente responsable de la narrativa y poética de la película,  a cargo de los grandes Charles Rosher y Karl Struss, este venido de Alemania con Murnau cuando William Fox le puso en bandeja los medios que quisiera para hacer Sunrise : A Song of Two Humans en Hollywood. Recibió el Oscar a la mejor calidad artística, atribuible en gran parte a Struss y Rosher –.

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