Steve McQueen

El videoartista que mutó en cineasta

Por Angeles García

Las bienales son, casi por definición, un escaparate en el que se puede ver lo mejor, o por lo menos, lo más rompedor del arte contemporáneo, sin que existan garantías de evitar timos o esperpentos. Si preguntáramos entre el mundillo más o menos aficionado los nombres de una decena de artistas que hubieran sorprendido (gratamente, se entiende) seguro que pocos darían más de tres y uno de ellos sería el de Steve McQueen (Londres, 1969), el rotundo triunfador de la 53ª edición de la Bienal de Venecia de 2009.

Su pieza titulada Giardini proyectada en el pabellón de Gran Bretaña dejó boquiabiertos a los miles de visitantes que tuvimos la suerte de contemplarla precisamente en el escenario en el que se inspira el vídeo: los Giardini, el espacio que ocupan los pabellones nacionales e internacionales frente a la Laguna veneciana.

En las vísperas de la apertura de cada bienal hay un amplio grupo de privilegiados que tienen la suerte de ser los primeros en ver las obras y, la mayor parte de las veces, conversar con los artistas y comisarios de las exposiciones. Nada más traspasar los controles de acceso, entre los habituales de estos acontecimientos empiezan las recomendaciones sobre lo que no hay que perderse de ninguna de las maneras. Hay que tener en cuenta que en ese año participaban artistas de 77 países, y que fuera del circuito oficial había más de 40 exposiciones dispersas por los palacios venecianos, que tampoco conviene perderse, ya que a veces lo más interesante no se encuentra forzosamente bajo el paraguas oficial.

En la edición de 2009 había dos recomendaciones que había que seguir sin rechistar: ponerse botas de goma para defenderse del Acqua alta que esos días desbordaba la Piazza de San Marcos y no perderse los pabellones de Gran Bretaña, Estados Unidos, Holanda y Polonia. Por ese orden.

Los consejos se siguen tan en serio que ese día, recuerdo, media hora antes de la apertura oficial la cola de personal acreditado por cualquier causa empezaba en la parada del vaporetto. Conseguí entrar al segundo pase de la proyección, a las 12 de la mañana. Desde la primera imagen proyectada, todo el mundo contuvo la respiración. La pieza estrella de la bienal duraba 50 minutos.

He de hacer aquí un inciso para reconocer que en muy pocas ocasiones (yo la primera) se suele dar poco más de un vistazo de un minuto antes de seguir ruta. No fue así en esta ocasión. Steve McQueen se había negado a hablar del contenido de su pieza, lo único que se sabía era que se trataba de arte del bueno. En medio de la oscuridad y el silencio, empezamos a reconocer el escenario de la película. Era el mismo lugar en que nos encontrábamos amontonados, solo que en vez de obras, artistas y locos correteando, los Giardini se mostraban como nunca los habíamos visto ninguno de nosotros: vacíos y abandonados; un refugio para mendigos y perros vagabundos. McQueen había filmado el paso agónico del tiempo en un paisaje desolado durante el invierno, cuando la biennale no es más que un recuerdo y los perros campan a sus anchas como únicos habitantes de estos jardines.

Steve McQueen & Chiwetel Ejiofor/AP Photo/Fox Searchlight, Jaap Buitendijk

Steve McQueen & Chiwetel Ejiofor/AP Photo/Fox Searchlight, Jaap Buitendijk

Recuerdo que sobre una doble pantalla se iban proyectando escenas aisladas de distintos lugares de los jardines. De vez en cuando el silencio se rompía con las campanas de las iglesias, el discreto paso de los vaporettos o las pisadas de los perros sobre las hojas. Mientras que se intuían movimientos de alguien buscando cobijo, se veía las espinosas ramas de ananás trepando por la corteza de los árboles, las lombrices asomadas entre las juntas de las baldosas y las lagartijas deslizándose bajo las zarzas. Como en otros trabajos anteriores y posteriores, Steve McQueen abordaba una vez más el cambio de identidad que sufren personas y cosas en diferentes momentos y por diferentes circunstancias. El resultado producía una profunda mezcla de melancolía y tristeza. Silencio de asombro y aplausos cerrados coronaron aquella  proyección. Y hago aquí otro inciso para recordar que no hay un público más frío que el que forman los llamados expertos del mundo del arte.

A la salida, allí estaba el artista: un hombretón negro con gabardina beige y gafas oscuras que se quitaba y ponía constantemente. Gesticulador y aparatoso, estaba blindado por una corte que le suministraba bebidas y celebraba con él la reacción del público de enterados. Era ya una estrella. Entre brindis con cervezas y jaleo adulador, le oí decir que no tenía por qué escoger entre cine y vídeo, que su historia (Giardini) significaba exactamente lo que contaba, que la belleza se encuentra también en escenarios desahuciados y en el sufrimiento, y que él no se imponía ningún reto. Tampoco quiso contar en qué proyecto trabajaba por aquellos entonces, pero lo que ya estaba claro es que la gran pantalla acabaría succionando su enorme talento. Sólo ha hecho tres películas y las tres son, para muchos, obras maestras indiscutibles: Hunger, Shame y 12 años de esclavitud; tres desgarradoras y muy diferentes 12 años de esclavitud; tres desgarradoras y muy diferentes miradas sobre el sufrimiento.

Escena de Giardini de Steve McQueen.

Escena de Giardini de Steve McQueen.

Cuando en los últimos meses se le ha preguntado sobre su pasado artístico o sobre la forma en la que éste ha influido en su cine, McQueen ha perdido los nervios y ha calificado de basura toda teoría que vincule lo uno con lo otro. Pero se enfade o no, la huella de esa obra que ahora forma parte  de las colecciones permanentes del MoMa, la Tate Modern o el Pompidou, está presente en su cine. La escena en la que Solomon Northup (protagonista de 12 años....) permanece colgado de un árbol todo un día y cómo el espectador percibe el paso del tiempo que multiplica su agonía solo la puede filmar alguien con un concepto del arte muy especial. Igual ocurre con la escena en la que las pavesas de una carta quemada vuelan sobre el pasto.

“A la salida, allí estaba el artista: un hombretón negro con gabardina beige y gafas oscuras que se quitaba y ponía constantemente. Gesticulador y aparatoso, estaba blindado por una corte que le suministraba bebidas y celebraba con él la reacción del público de enterados.”

La obra artística de McQueen es de tal potencia que consiguió emerger en el Londres de finales de los 90, cuando la moda era quedarse boquiabierto con las frivolidades de Tracey Emin o los Mickey Mouse de Damien Hirst. Su profundidad era incompatible con los buscadores profesionales de fama y dinero. Puede que por eso decidiera trasladarse a vivir a Amsterdam, una bella ciudad hecha para dimensiones humanas. Con todo, el reconocimiento internacional de los expertos le ha acompañado en todas sus aventuras artísticas. Okwui Enwezor, uno de los más prestigiosos comisarios y críticos de arte contemporáneo, escogió obra de McQueen para la Documenta de 2007. Para él, McQueen ha sido siempre un cineasta, más que un video artista,  interesado en narrar  la devastación del hombre de la manera más poética posible. El soporte que elija es secundario.

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