Soy Harvey Milk, y vengo a reclutaros

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Crítica

Mi nombre es Harvey Milk (2008), de Gus Van Sant

Por Claudia Lorenzo

Estamos en 2014 y seguimos discutiendo si los homosexuales han de tener derechos equiparables a los heterosexuales, como si el amor o las actividades de cama tuviesen que ver con nuestros deberes civiles, como si se nos penalizase por no estar casados y reproducirnos. En estos tiempos ilógicos, tiempos a los que miraremos dentro de muchas décadas diciendo “en qué estábamos pensando”, merece la pena recordar a aquellos que lo tuvieron aún más crudo y que, rebeldemente, se levantaron a gritar “hasta aquí hemos llegado”.

Harvey Milk no era activista. Ni siquiera fue abiertamente gay las primeras cuatro décadas de su vida. Milk salió del armario públicamente cuando ya no podía soportar que gran parte de la sociedad americana siguiese tratándole como a un ciudadano de segunda, cuando entendió que querer a alguien nunca merecía una paliza, cuando asimiló que, para adquirir derechos inexistentes, había que pelear por ellos. Y quiso arreglar el mundo empezando por su territorio, por el barrio declarado refugio homosexual de Castro, en San Francisco, y siguiendo cauces tradicionales pero necesarios. Milk se presentó a elección tras elección hasta ser votado, en 1977, supervisor de su distrito en la ciudad californiana. En 1978 fue asesinado. Como en muchos otros casos, sin embargo, el mito pudo más que el hombre y, en un movimiento que sigue luchando hoy en día por la igualdad, Harvey Milk se convirtió en el símbolo de que sí se puede, y de que se debe.

Mi nombre es Harvey Milk bebe del documental galardonado con un Óscar en 1985 The Times of Harvey Milk, e incluso le agradece su existencia en los créditos. La ficción, dirigida por Gus Van Sant, escrita por Dustin Lance Black (que ganaría su primer premio de la Academia por este guión) y protagonizada por Sean Penn (que ganaría su segundo premio por este protagonista), James Franco, Josh Brolin, Emile Hirsh, Diego Luna o Allison Pill, entre otros, retrata los últimos ocho años de la vida del político, desde que comienza su relación amorosa con Scotty (Franco) y se mudan a la costa oeste, hasta que Dan White (Brolin), supervisor de distrito también, la emprende a tiros con él y con el alcalde de San Francisco, matándolos a los dos.

Es muy fácil centrar los elogios del filme en la labor de Penn, a todas luces espectacular a la hora de transmitir el carisma y la voluntad de cambio que este hombre tenía. Pero todo el reparto, mayormente masculino, brilla con luz propia. James Franco, un actor-escritor-director (o, como él querría ser llamado, hombre del Renacimiento) agota muchas veces al respetable por su capacidad para querer ser mil cosas al mismo tiempo y no ser ninguna bien. Pero en Milk borda el papel de amante agotado, que actúa como catalizador de la revolución del protagonista pero que acaba separándose de la misma, consciente de que su capacidad para organizar manifestaciones, mítines, revoluciones o campañas electorales carece de la energía que tiene su novio. Scott es un personaje al que hay que entender, querer como le quiere Harvey, y odiar como también en cierto modo le odia Harvey cuando le abandona. Franco posee el encanto y el talento necesarios para hacerlo funcionar, y su trabajo mereció un premio Spirit Award a mejor actor secundario.

Emile Hirsh, que había sido protagonista de Hacia rutas salvajes, trabajo previo en la dirección de Sean Penn, encarna al activista Cleve Jones, aún en activo, un joven gay que huye de su pueblo para evitar las burlas y los insultos y que comienza prostituyéndose en San Francisco antes de entrar a trabajar para Milk. Divertido y eficaz, Hirsh otorga, como siempre, personalidad propia a sus personajes. Es un buen actor con buen material a mano, y lo utiliza. Incluso Josh Brolin, que interpreta al conflictivo y atormentado Dan White, un tipo que oculta su identidad y sus pensamientos en lo más profundo de su ser, está impresionante. Tal vez sea el pobre Diego Luna el que tiene que bailar con la más fea, encargándose de Jack, un personaje poco agradecido, que sustituye en cierto momento a Scott como interés amoroso. Alison Pill, ahora conocida gracias a The Newsroom, es la única mujer en este equipo de hombres, una lesbiana que da voz a lo que muchas se preguntaban, y se preguntan, desde el patio de butacas: “¿Acaso tampoco hay lugar para las chicas en la revolución gay?” Anne, su personaje, es resolutiva, práctica y alegre. La carencia de roles femeninos (probablemente debida a la carencia de referentes femeninos en aquellas circunstancias) se ve algo recompensada por la calidad de Anne.

Gus Van Sant, cuando se pone, hace grandes películas. Mi nombre es Harvey Milk, a pesar de ser un biopic político y de ensalzar a su protagonista, no deja de ser una historia de amor. Y es precisamente ese sentimiento el que hace que nos sintamos identificados con Harvey y su lucha por poder querer. Ojalá dentro de poco la pelea que tuvo que librar nos suene a cuento chino.