Ser o no ser coherente…

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Crítica

Coherence (2013), de James Ward Byrkit

Por Claudia Lorenzo

… ésa es la cuestión.

Hay mucho que reconocerle a James Ward Byrkit, director y co-guionista, junto con Alex Manugian, de esta Coherence, una película independiente que quiere mezclar la ciencia ficción con el terror y que logra realizar un producto de calidad e interpretaciones fiables. Comparada con algunas de las óperas primas más “sesudas” de los últimos tiempos (Cube y, sobre todo, Primer), Coherence se inicia como una suerte de Pequeñas mentiras sin importancia, en donde un grupo de amigos se reúne para cenar en casa de un matrimonio. El encuentro coincide con el paso de un cometa y, mientras comen, Em (Emily Foxler) decide compartir la sabiduría que ha adquirido en los últimos días de documentación sobre el efecto que esos fenómenos astronómicos tienen en los habitantes de nuestro planeta. Como por ejemplo, cuenta lo que sucedió en Finlandia en 1923 cuando los habitantes de un pueblo se desorientaron y olvidaron detalles importantes de su vida hasta tal punto que una mujer llamó a la policía pidiendo auxilio y avisando que en su casa estaba un hombre que no era su marido. Cuando las fuerzas de seguridad llegaron le advirtieron de que ese hombre era, efectivamente, su esposo.

Las anécdotas de Em ponen nerviosos a sus amigos, sobre todo cuando cosas extrañas comienzan a suceder en su salón –coberturas que se pierden, móviles que se rompen sin más- y cuando uno de ellos, Hugh (Hugo Armstrong) confiesa que su hermano, un cerebrito interesado en la ciencia y en la existencia de dimensiones paralelas simultáneas, le sugirió que contactase con él en caso de que algo “raro” ocurriese a lo largo de la noche. El pánico se convierte entonces en un alimento más poderoso que la realidad y poco después, coincidiendo con la desaparición de la luz, el tiempo y el espacio comienzan a confundirse.

Introducir argumentos científicos, o pseudocientíficos y morbosos, en una historia es siempre motivo de aplauso entre el público, sobre todo en previsión de una conclusión que obliga a los guionistas y directores a salir de la camisa de once varas en la que se han metido manteniendo la verosimilitud intacta. Así, una construcción como la de Origen se beneficia mucho de la “teoría científica” en la que se basa, y cuando la historia acaba, con un final relativamente abierto, uno decide elegir qué parte de la narración resulta más fiable para su propio concepto y le otorga así un cierre.

Coherence se ha llevado, entre otros, un premio al mejor guión en el Festival de Sitges 2013. Y, sin embargo, tras finalizar la película una se queda con la vaga sensación de que la historia, en vez de desarrollarse en un plano puramente intelectual, misterioso, con tantas piezas que faltan por encajar, tiene un inicio prometedor, un desarrollo interesante y una conclusión que intenta hacer que el espectador salga de la sala devanándose los sesos intentando descifrar un tercer acto que, en realidad, se teme que sea un verdadero bluf, que el guionista no ha cerrado la historia no por propia voluntad, sino por vagancia, porque era más fácil mantenerla como está y decir que es un final abierto.

Precisamente por esa sensación, la última, Coherence puede ser un filme interesante, con un planteamiento curioso que habla de la valentía que sus creadores tienen a la hora de desarrollar una historia, pero que deja patente, una vez más, la dificultad que entraña escribir un buen guión, de principio a fin.

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