Ser hijo en Irlanda del Norte

InTheNameOfTheFather

Crítica

En el nombre del padre (1993), de Jim Sheridan

Por Claudia Lorenzo

Histeria colectiva. Cuando En el nombre del padre acaba y el público se ha acordado bien de las familias de los poderosos que hicieron oídos sordos a la presunción de inocencia y a la inocencia ya no tan presumida sino cierta, no deberíamos olvidar la histeria colectiva que lleva a que una investigación se convierta en una chapuza que acaba con gente inocente en la cárcel, o muerta.

La misma histeria colectiva que buscaba culpables debajo de las baldosas durante la horrorosa década de los 70 en el Reino Unido, punto álgido de aquella época denominada The Troubles (Los problemas), es la que vemos ahora en Twitter, Facebook o la misma calle cuando un ciudadano aún no juzgado es acusado de un delito, sea violencia contra las mujeres, sea asesinato, sea robo a mano armada, y todos nos erigimos en jurado popular. La histeria colectiva, y la necesidad de aplacarla, estaban en el subconsciente de los desgraciados que se negaron a admitir que no tenían una persona a la que señalar por el atentado de Guildford, al suroeste de Londres, y cogieron a los primeros irlandeses que encontraron.

En el nombre del padre es una obra maestra del tándem Jim Sheridan-Daniel Day-Lewis que tantas alegrías cinematográficas y nudos en la tripa nos han dado. La historia, basada en hechos reales, cuenta el encarcelamiento de los cuatro de Guildford y los siete Maguire, y si no fuese cierta, sería ficción de chichinabo. Gerry Conlon (Day-Lewis), un cabeza de chorlito norirlandés, se muda a la capital inglesa por expreso deseo de su padre Giuseppe (un inmenso Pete Postlethwaite), que ya no puede aguantar los disgustos que su hijo, un ladrón de poca monta, le da cada vez que sus ilegalidades perjudican al IRA. En el barco a Londres, Gerry encuentra a su amigo de la infancia Paul (John Lynch), y ambos deciden irse a vivir a la comuna de otro colega en vez de a casa de la tía Annie (Britta Smith), familiar con quien los Conlon contaban para meter al joven en vereda. En la comuna coinciden con Paddy (Mark Sheppard) y Carole (Beatie Edney), entre otros. Tras un altercado, Paul y Gerry se ven obligados a pasar una noche a la intemperie, la misma noche de los atentados en Guildford. Un inconsciente soplón les acusa de extremistas y con la opinión pública de uñas y la reciente aprobación de nuevas legislaciones para la prevención del terrorismo que daban a la policía potestad para retener a los presos siete días seguidos – en vez de dos- sin acusarles de nada, Gerry, Paul, Paddy y Carole son detenidos y acusados del crimen, los cuatro de Guildford. No contentos con eso, cuando Giuseppe viaja a Londres a intentar contratar un abogado para la defensa de su hijo, los investigadores también le detienen a él, a la tía Annie y a toda la familia – incluyendo niños-, acusándoles de fabricar las bombas usadas en los atentados. Estos serían los siete Maguire. No es hasta años después cuando la abogada Gareth Peirce (sensacional Emma Thompson) decide investigar el caso e intentar defender su inocencia.

En el nombre del padre cabrea tanto, retrata con tal maestría e indignación un episodio tan embarazoso de la historia británica, que es posible obviar su calidad como mero producto cinematográfico, como película dramática, emocional, entretenida, que nunca busca la lágrima fácil sino la pasión y el dolor de tripa. Es sencillo asumir como Gerry a un Daniel Day-Lewis extraordinario, en una interpretación realizada el mismo año que La edad de la inocencia, cuando el actor se prodigaba más y no sólo trabajaba dos magníficos papeles como esos sino que añadía calidad a dos películas redondas. A su lado, dándole la réplica, Pete Postlethwaite encarna el alma del filme – ver título para más señas-. En historias tan poderosas como la de estos presos que buscaban justicia familiar es posible olvidar el corazón de lo que se nos cuenta. Sin embargo, cárceles, terrorismo y juicios a un lado, En el nombre del padre es la historia de un hijo que descubre que ser como su progenitor es algo heroico, y la historia de un hombre que ama a su primogénito pero que también querría darle un par de collejas para que dejase de hacer el gandul y se pusiese a encarrilar su vida. Las escenas entre ambos estremecen por reales, porque se refieren a cualquier criatura y a cualquiera que le haya dado la vida. Tragedias aparte, esta es la historia de alguien que llega a ser su mejor versión de sí mismo gracias a un padre que siempre vio que la bondad estaba ahí.

Y después está la intervención de mi idolatrada Emma Thompson, que por breve no es menos importante. Qué carácter, qué voz, qué planta tiene esta mujer a la que siempre nos creemos, qué señora.

Hablar de En el nombre del padre, ejemplo de un cine que es ya un género en sí mismo, el del conflicto en Irlanda del norte, es fácil. Porque han pasado más de veinte años y sigue ahí, siendo una película inmensa que no envejece. Porque reivindica la necesidad de templar gaitas, de contar uno, dos y tres antes de hacer algo loco, de respirar profundamente y, sobre todo, de pensar las cosas antes de hacerlas. Los investigadores y también la opinión pública. En el nombre del padre es un arma maravillosa para abolir la histeria colectiva.