Ser esposa en Tel Aviv

LlenarVacío

Crítica

Llenar el vacío (2012), de Rama Burshtein

Por Claudia Lorenzo

Una de las ventajas del cine sobre todas las demás artes es su capacidad para introducirnos en mundos completamente ajenos a los nuestros sin necesidad de alambicadas descripciones o imaginaciones del espectador. No quiero decir con esto que desprecie la capacidad que tienen las novelas de hacernos crear otras realidades a partir de un párrafo, lo mucho que podemos sumergirnos en un hecho gracias a un cuadro o una fotografía bien hechas o la habilidad de la pieza de música que nos transporta a otra dimensión. No, simplemente el cine, con sus imágenes en movimiento, es capaz de acercarnos con verosimilitud a las vidas de otros muchos habitantes del planeta que no conoceríamos con tanto detalle si no fuese por esas historias que, tangencialmente, nos enseñan un contexto nuevo. Así, Nader y Simin, una separación, hizo más por el pueblo iraní de lo que cualquier informativo logró: nos mostró a los ciudadanos y su sentido del humor. Lo mismo ocurrió el año pasado con La bicicleta verde, esa película bella y tremendamente honesta sobre la situación de las mujeres en Arabia Saudí que resultó, sin embargo, mucho más que un retrato del machismo allí presente.

Llenar el vacío, debut en la dirección de Rama Burshtein, era una película preciosa e interesante hace un mes, cuando logré verla, y es ahora mucho más necesaria, porque nos sitúa dentro de una comunidad de judíos ultraortodoxos de Tel Aviv con un realismo sólo posible gracias al hecho de que la propia Burshtein practica esa religión. Digo necesaria porque con la tragedia inmensa que está teniendo lugar en Gaza siempre vienen bien los filmes que, aunque no tengan nada que ver con el tema, nos ayuden a conocer un poco las culturas implicadas en el conflicto.

Shira (Hadas Yaron), perteneciente a una comunidad ultraortodoxa, ha cumplido los 18 años y, en la primera escena del filme, observa desde una esquina del supermercado a su futuro marido, incapaz de contener su expectación y ansias por casarse. El hombre en cuestión es casi un desconocido para ella, aunque las familias de ambos hayan acordado la unión. Esa misma tarde, Shira se lanza sobre los brazos de su hermana Esther, embarazada, contándole las ganas que tiene de ser una esposa. Ésta se ríe y le aconseja controlarse. Poco después Esther da a luz y muere en el parto.

Si el inicio es trágico, la sucesión de acontecimientos posterior es natural y, en cierto modo, tan confusa como todo lo que Shira lleva dentro, la duda entre seguir el destino que estaba escrito para ella aquella mañana en el supermercado o crear uno nuevo a partir de la desgracia familiar y el concepto de que la voluntad femenina en esa cultura depende, en cierto sentido, de las decisiones masculinas, aunque no siempre. Es decir, para que el rabino dé el visto bueno a la unión que se le ha metido en la cabeza a la madre de Shira, ésta debe convencerse y convencer a la máxima autoridad de su comunidad de que también es su voluntad. Pero ella, como joven que es, desconoce qué quiere.

Bursthein ha dicho que esta no es una película para judíos ultraortodoxos, sino para gente ajena a la cultura. También ha afirmado que, a pesar de todo mi primer párrafo, no es un filme antropológico. Y es cierto que no lo es, la religión y las costumbres son el fondo de la historia y no ocupan un primer plano. El espectador entiende las costumbres jasídicas porque lo particular siempre tiene un elemento universal y, en Tel Aviv, en Asturias o en un pueblo perdido de Iowa, cuando se está en “edad de merecer” y alguien de la familia se casa, las tías mayores siempre interrogan sobre las posibilidades que tiene la siguiente soltera de la familia de encontrar un hombre. Igualmente, divorcios mediante, o no, la decisión de casarse suele (digo suele y no te miro, Britney Spears) estar meditada. Y así. Las características propias de la cultura están tan entrelazadas con la propia historia que se asimilan sin dificultad, con la naturalidad que imprime el entorno descrito a la historia que se está contando, a veces de amor, a veces de desamor, pero siempre de descubrimiento personal.

Hadas Yaron se llevó, justamente, la Copa Volpi a mejor actriz en el Festival de Venecia de 2012 por su interpretación debut. Llenar el vacío estuvo también nominada a mejor ópera prima y mejor primer guión en los Independent Spirit Awards de 2013 y arrasó en los Premios de la Academia de Cine de Israel, llevándose entre otros el de mejor película. Pausada, que no lenta, intuitiva y con rasgos divertidos y tiernos (el rabino enseñándole a la señora sin familia las ventajas de los diferentes hornos que puede comprar es un momento tan entrañable como consolador, en el que se agradece el poder de la comunidad para aplacar la soledad), Llenar el vacío parece un estreno algo raro en este julio achicharrante, pero es una gratificante elección.