San Sebastián, a la quinta

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Crítica del 61 Festival de San Sebastián

La resurrección de McConaughey

Por Claudia Lorenzo

En un momento de “Devil’s Knot”, el personaje de Colin Firth se aproxima a un documentalista que le facilita una pista concreta que pone en duda la acusación de los llamados “Tres de West Memphis”. Es justo y necesario que Atom Egoyan, director de la cinta, le haga un guiño a Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, artífices de la trilogía de documentales “Paradise Lost”, dedicada a los asesinatos del bosque de Robin Hood y también al patético juicio que les siguió. Es justo y necesario porque el hecho de que la primera película, que ejercía una investigación paralela a la de la policía, se hiciese publica en 1996 propició movimientos en el caso que llevaron a que, casi veinte años después, los “Tres de West Memphis” pudiesen apelar y acogerse a la llamada doctrina Afford que les permitía mantener su inocencia a la vez que admitían que el estado de Arkansas tenía evidencia suficiente como para encarcelarles. Impuesta con efecto retroactivo, tras su admisión salieron de prisión inmediatamente.

¿Qué es esto de los “Tres de West Memphis” y por qué ejerce tanta fascinación? En 1993 se encontraron los cuerpos de tres niños, apaleados y asesinados, en el bosque de Robin Hood, al oeste de Memphis (Arkansas). Con el horror del acontecimiento, los investigadores y la policía local se vieron presionados para encontrar culpables rápidamente, y hallarlos consiguieron en las figuras de los adolescentes Damien Echols, Jason Baldwin y Jessie Misskelley. El juicio posterior a las detenciones, asunto tratado en el primer “Paradise Lost” y en la película que nos ocupa, “Devil’s Knot”, fue una caza de brujas que hacía aguas por cualquier parte. Mientras la acusación mantenía la culpabilidad de los jóvenes alegando que pertenecían a una secta satánica y que habían cometido los asesinatos como parte de un ritual, la defensa se encargó de llamar la atención sobre los puntos oscuros del caso, la falta de pruebas concretas y los datos que apuntaban en otras direcciones. Sin embargo el veredicto les declaró culpables, tanto Baldwin como Misskelley fueron condenados a cadena perpetua y Echols sentenciado a morir por inyección letal.

Con lo que os he contado antes, sabéis que la historia no acaba con este juicio, sino que le siguieron años de luchas por parte de los tres acusados hasta salir libres en 2011. Años que, como he dicho, se relatan en la trilogía de “Paradise Lost”. No contentos con semejante obra, Peter Jackson y Damien Echols produjeron el documental dirigido por Amy J. Berg “West of Memphis”, estrenado en 2012 en el Festival de Sundance. Un resumen de los casi veinte años del caso en dos horas y media.

La pregunta clave entonces es: ¿Qué necesidad había de hacer un recuento ficcionalizado, pero claramente basado en el material real, del primer juicio? Aquellos que no conocen la historia se decepcionan al leer sus conclusiones en letreros al final de “Devil’s Knot”. Aquellos que la conocen piensan en ponerse alguna de las opciones documentales antes que explorar más profundamente el drama. Lo que sin duda queda claro es que, a pesar del buen hacer de sus actores (Colin Firth haciendo de caballero y Reese Witherspoon bordando el papel de madre white trash), y del entretenimiento que supone seguir un juicio tan polémico, la carencia de innovación del filme y su tufillo a película de televisión la hacen completamente innecesaria. Sobre todo en una Sección Oficial.

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“Club Sándwich” prometía ser el soplo de aire fresco en competición. Dirigida por Fernando Eimbcke, cuenta la historia de una madre soltera y su hijo, alojados de vacaciones en un hotel, que ven cómo su relación se distancia cuando el niño conoce a una chica que propicia su despertar sexual. Aunque partiendo de un planteamiento interesante, la unión de dos miembros de una familia que sólo se tienen el uno al otro y que han de separarse por cuestiones naturales, y aunque lo cuenta de forma totalmente delicada y tierna, la narración se alarga innecesariamente en su principio y sólo se salva gracias a los últimos quince minutos y a sus actores. Un largo mediocre que podría haber sido un gran corto.

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Desde que la primera foto de rodaje salió a la luz, Matthew McConaughey se ha convertido en un candidato a los Óscar por su papel de enfermo de SIDA en “Dallas Buyers Club”, película dirigida por Jean-Marc Vallée. En cierto modo, es imposible escapar al esfuerzo físico (adelgazó 17 kilos) que el actor ha hecho para interpretar a Ron Woodroof, heterosexual que se contagió del virus en los 80 y que comenzó un negocio en Texas de contrabando de antirretrovirales no comercializados en Estados Unidos. El hecho de que la historia no nos presente a su protagonista como un santo desde el principio (es un homófobo interesado en su propio beneficio) ni como una víctima (le dieron 30 días de vida y duró siete años) le da frescura al planteamiento, y una dosis de ligereza que exige el drama. La evolución de Woodroof, a través de sus relaciones con la doctora Eve Saks (Jennifer Garner) y, sobre todo, con Rayon, transexual interpretado por Jared Leto, es lenta pero constante, y la frustración que suponía en aquel momento de pruebas e intentos farmacéuticos el no poder tomar medicamentos con demostrado beneficio consigue que la historia avance con interés y pulso narrativo. Encima, tanto McConaughey (en alza, y que siga por muchos años) como Leto (de vuelta a la pantalla grande tras cuatro años de ausencia) bordan emocional y físicamente unos personajes al límite, con tanta precisión que ejemplifican la lucha de miles de enfermos de la época sin caer en el melodramatismo. La llamada plaga, que se cobró tantas vidas en sus primeros años, se presenta como un medio para unir a una comunidad de gente condenada al ostracismo. Y la tragedia se convierte en una celebración de la vida. Personalmente, aconsejo verla en sesión doble con “How to Survive a Plague“.

Ojalá estuviese en Sección Oficial…

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