Sally Draper y yo

Por Elvira Lindo

Entre el abanico de traumas infantiles que atesoro hay varios familiares, alguno escolar, fracasos deportivos y una disgusto cultural. Centrémonos en el cultural, dado que esta magistral revista está entregada en cuerpo y alma al séptimo arte, y que sospecho que mis traumas familiares, escolares o deportivos a los lectores les importa una mierda, por decirlo con palabras que todos podamos entender.

Ahí va: no puedo superar el hecho de no haber sido una niña prodigio. Es un vacío en mi vida que no llenaré nunca por mucho que escriba en revistas como esta o escriba guiones de cine. No, amigos, no puedo. Quise ser Marisol, Shirley Temple, Judy Garland, cualquiera de los niños de “La gran familia” (incluido Chencho), Liz Taylor, quise ser Pablito Calvo en “Marcelino, Pan y Vino”, Joselito cantando la “Campanera”, quise ser Laura Ingalls en “La Casa de la Pradera” y Michael Jackson en los “Jackson Five”. Hasta me hubiera conformado con ser uno de los gemelos de “Mis adorables sobrinos”. Todo, con tal de salir en cualquier pantalla. En la grande o en la pequeña. Bailando, cantando, interpretando, lo que hubiera hecho falta para tener un público rendido ante mí, y escuchar a mis espaldas, “es un ángel”, “qué talento natural”, “nunca se ha visto criatura tan encantadora”.

Yo lo intentaba, con patéticos resultados. Cuando venían las visitas, mi padre me decía que cantara. El físico no me acompañaba, a qué negarlo: era gordita y tenía un pelo muy tieso que mi madre nunca dejaba que creciera porque decía que me quedaba mal. El flequillo, a veces, me tapaba los ojos, que era lo más bonito de mi cara. Cuando ya  empezaba a guiñarlos me llevaban a la peluquería y el peluquero metía la tijera sin piedad, para que el corte de pelo me durara un tiempo. Por alguna inexplicable razón siempre iba o con el flequillo largo tapándome media cara o con el flequillo corto y a trasquilones, como si me acabaran de sacar de un orfanato. Nunca recuerdo haber tenido un flequillo adecuado.

Yo quería ser Marisol y mis hermanos me decían que a quien me parecía, en realidad, era a un chico feo que salía en todas las películas de la niña malagueña cuya única gracia consistía en soplar hacia arriba para apartarse el flequillo de la cara. No tenían piedad conmigo ni me daban tregua. Si salía al centro del salón con pretensiones de bailar “La muerte del cisne”, le decían a la visita: “veréis, veréis qué bien hace la muerte del pato”. Cierto es que a falta de tutú me colgaba unas servilletas viejas de los leotardos y que, en vez de Tchaikovsky, en el tocadiscos sonaba “Embustero y Bailarín” de los Pekenikes, pero… ¿tanto les hubiera costado aplaudirme una de mis inocentes performances? Creo que un simple gesto de aprobación me hubiera cambiado la vida. Y he de confesar una cosa: a día de hoy, cuando todo está perdonado y nuestras trifulcas forman parte del anecdotario familiar, aún me escuece que se rían de mis actuaciones. Si alguien saca a relucir “La muerte del pato”, me levanto de la mesa, respiro hondo, me bebo una copa de vino sin respirar y me reincorporo a la cena con una gran sonrisa, como si la cicatriz de las burlas infantiles que soportan los hermanos pequeños estuviera ya cerrada. Y no. Contra lo que se pudiera esperar, esta frustración artística no me ha generado ningún tipo de resentimiento hacia los niños y niñas prodigio que a lo largo de los años he visto brillar en la pantalla. Celebré la llegada de Drew Barrymore o la de Natalie Portman y creo que las dos han superado con éxito el trance de convertirse en adultas. No así Macauly Culkin, que nunca me gustó demasiado como niño actor, pero por el que siento compasión verdadera como ex niño prodigio, aunque en su caso no podamos distinguir si la prematura decadencia se debe a su infancia de niño-estrella o a esos padres que se pelearon en público por los pingües beneficios que generaba el niño.

Nunca creí que fuera capaz de admirar a ninguna niña más que admiré a Shirley Temple, o a Marisol en el terreno patrio, pero hay una criatura que desde hace unos años me ha robado el corazón. Se trata de Kiernan Shipka. O sea, Sally Draper en Mad Men, aunque informarles a los agudos lectores de esta revista de quién es la pequeña Shipka me parece casi insultante. Todos lo sabemos. Y hasta me atrevería a afirmar que todos la admiramos. Tal y como afirmaba John Huston y como suele decir Woody Allen el setenta por ciento del mérito de una película corresponde a su directora de casting. Hablo en femenino porque suelen ser mujeres las que se encargan de buscar un reparto adecuado. Kiernan tiene hoy doce años pero, si no hago mal las cuentas, empezó la serie con cinco. Cómo  pueden saber los directores de casting y el creador de una serie que dentro de una niña de cinco años hay una gran actriz en potencia es para mí algo misterioso.

El caso es que cuando conocimos a Kiernan ésta encarnaba a una niña ceporreta, graciosa por su físico y por esas miradas intensas propias de los ojos grandes y ligeramente caídos. Lo que no sabíamos, (¿lo sabía Mathew Weinner?) es que la ceporrilla iría aumentando en belleza y estilizándose según la serie avanzaba y ella cumplía años. Hoy Kiernan Shipka es una adolescente, responde a las preguntas de las entrevistas con un aplomo y una simpatía que ya quisieran muchas actrices adultas, y está, poco a poco, convirtiéndose en una experta en moda. No en vano declaró hace poco: “Sally Draper ha tenido un poquito de impacto en mi estilo”. ¿Hablan así las niñas de doce años? Desde luego que no, pero hay criaturas excepcionales y esta sin duda lo es. Sorprendió por su belleza en el inicio de esta quinta temporada y, a partir de ese momento, los estilistas se la rifan para sacarla en las revistas de moda. Dicen que la visten de niña porque no le ponen tacones. ¿Perdonaaaaa? Un respeto, que los espectadores no somos tontos. En Kiernan se adivina ya la mirada de una joven muy atractiva y los sabuesos de la moda no quieren perderse a una creadora de tendencia. Vestida por Oscar de la Renta, Ralph Lauren, Stella McCartney, Michael Kors, Miu Miu o Dolce&Gabana la pequeña tiene el encanto propio de un imán y su amor por las telas florales es capaz de inundar de flores los escaparates de Madison Avenue y de Rodeo Drive.

Las asociaciones de protección de menores han puesto el grito en el cielo tras la aparición de reportajes como el de The New York Times, en el que una Kiernan algo redicha habla de los modelitos que luce en cada momento de la promoción de la serie. Yo encuentro en ella una infantil pedantería similar a la Shirley Temple, lo cual sería un buen augurio porque la señora Temple se convirtió en una mujer sensata y productiva, más inclinada hacia las causas sociales y la política que al de la interpretación.

¿Qué es lo que yo querría, dado que Kiernan encarna a la niña que yo hubiera soñado ser? Que la serie Mad Men durara tantos años (diez más) como para que esta prodigiosa niña se transformara en actriz adulta. Estaría bajo el amparo de Weinner y tendría como padre adoptivo a Jon Hamm. Yo os pregunto: ¿Hay algo mejor que eso? Contemplar un episodio en el que Don Draper asiste orgulloso a la ceremonia de graduación de Sally es algo que no me quiero perder por nada del mundo. Incluso aunque tengo que pasar por el hecho de ser yo diez años más vieja y esté diez años todavía más lejos de aquella niña estrella que no me dejaron ser.

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