Risas de adultos con ojos de niños

Momento de la representación de "The Man Who Planted Trees"

Momento de la representación de “The Man Who Planted Trees”

Por Claudia Lorenzo

Elzéard Bouffier. No sé si vosotros estáis familiarizados con ese nombre, a mí siempre me costó trabajo recordarlo. Igual si os describo quién es os dais cuenta. Bouffier es ese individuo que, durante 40 años, plantó decenas de miles de árboles en los Alpes y regeneró un área abandonada hasta entonces y únicamente poblada de lavanda.

Me lo contaron cuando yo era pequeña y pasaba unos días en Somiedo (Asturias), en casa de unos amigos de mis padres. Tal vez por el hecho de estar rodeada de un paisaje maravilloso, esa historia nunca me abandonó del todo. Al fin y al cabo, que un hombre solo se dedique por amor al arte y a la sociedad a pasar años y años de su vida plantando árboles es algo que merece la pena recordarse. Con los años aprendí que fue Jean Giono quien creó este mundo en su cuento “El hombre que plantaba árboles” y cada poco busco y rebusco en el libro, o Google, o cualquier cosa que tenga a mano, para recordar si la historia está basada, o no, en un personaje real.

La compañía de teatro y marionetas Puppet State pone en pie hasta mañana un espectáculo basado en ese cuento en el Storytelling Center de Edimburgo. Aunque Bouffier sigue siendo el rey de la función (es, al fin y al cabo, quien cambia el curso de la historia) la representación nos da una estrella inesperada: su perro. Éste es un espectáculo con marionetas y para niños y, aunque está también dirigido a los adultos, no deja de apelar a esa parte de nosotros infantil que ve el mundo a través de los ojos de un canino de peluche y que se ilusiona con las pequeñas cosas.

El guión hace disfrutar de eso sin tomarnos por tontos, enlazando risa tras risa en una cadena incansable de bromas que, en muchos casos, parecen totalmente improvisadas. Con chistes definitivamente destinados a los niños, muchos otros están dedicados a los adultos de la audiencia, y las referencias resultan histéricamente divertidas, desde menciones a las interminables obras de los tranvías en Edimburgo hasta la aceptación por parte del perro de que hay alguien que siempre le sigue y controla cómo y cuándo habla. Destilando inocencia y maravilla, pero sin huir de las referencias a las dos guerras mundiales o a temas tan escabrosos como el suicidio, “El hombre que plantaba árboles” es uno de los mejores espectáculos del Fringe. La historia que cuenta es emocionante, la forma de contarla es constantemente entretenida, a veces incluso sensorial, y los actores se meten al público en el bolsillo desde el primer minuto. ¿Conclusión? Entradas agotadas a diario.

Prácticamente a cinco minutos del Storytelling Center se encuentra The Dram House, una iglesia reconvertida en un espacio de usos múltiples, que hoy en día acoge varias salas del Fringe gratis. Allí se encuentra todos los días a las cinco menos cuarto Yianni Agisilao, australiano de origen griego, poniendo en pie su monólogo “Think Big”. El objetivo de esta diaria dedicación es ambicioso. Yianni, un cómico con gran éxito en el Fringe gratis el año pasado pero relativamente desconocido para el público masivo, tiene preparado un espectáculo final el 25 de agosto en el Centro Internacional de Conferencias de Edimburgo, un teatro de 1.200 asientos. Tratando semejante hazaña como si fuese una carrera de fondo, todos los días Yianni promociona a través de sus monólogos ese futuro espectáculo, analiza por qué decidimos conformarnos en vez de aspirar a más y anima a eso mismo, a pensar a lo grande. Hay que decir que The Dram House se llena para verle.

Personalmente me encantan los monólogos aunque no los veo tan a menudo como me gustaría. Sin embargo siempre temo a los cómicos que se ocultan tras el chiste de caca-culo-pedo-pis y buscan hacer gracia con eso. Sin embargo, Yianni tenía grandes críticas y yo tenía dos horas que llenar entre espectáculo y espectáculo. Os diré algo: “Think Big” es descacharrante. Admito que, obviando el humor al que me refería anteriormente, soy un público bastante fácil. Me gusta reírme y hay miles de cosas que me hacen gracia. Pero este hombre en concreto es bueno. Se ve cuando el cómico, además de gracioso, es rápido e inteligente, y este tipo lo era, soltando su monólogo a la vez que interactuaba con nosotros y respondía a la audiencia que tenía enfrente. Apelando a la valentía que teníamos de críos, cuando no contemplamos dejar de caminar porque era difícil aprender, Yianni intenta recuperar ese sentimiento de adulto. Y consigue una suerte de mezcla de monólogo divertido e inspirador.

Yo no puedo comprarle una entrada para el 25 porque ya no estaré aquí, pero animo a que la gente lo haga y, además, a que vayan a su cita diaria. Merece la pena echarse unas risas en medio del Fringe.  Y si además el mensaje que se transmite es positivo, la sensación final es genial. Y eso sirve para Yianni y también para Elzéard Bouffier.