Rêverie: Sueño, memoria y fantasía

Crítica

Bertolucci on Bertolucci (2013), de Luca Guadagnino y Walter Fasano

Por Laura del Moral

 

“Crecí en la casa del poeta Attilio Bertolucci y en la familia se usaba la palabra poético para designar las cosas que amábamos. Hay poesía en un rostro, un gesto, una luz, un objeto, un momento… Empecé a escribir poesía para ser igual que mi padre y dejé de escribirla para no ser igual que mi padre”

Bernardo Bertolucci.

 

Trescientas horas de material de archivo sobre Bernardo Bertolucci plasmadas en un documental realizado con un montaje casi de orfebre en el que está toda la belleza, la vitalidad intelectual, la alegría de vivir, la aceptación de lo inesperado, la sensualidad, la profundidad y todas las contradicciones del cineasta italiano y de toda su obra. Posee un poder casi hipnótico en su voz, en sus palabras, en su mirada y en su forma de expresarse. Escuchar hablar a Bertolucci es una lección de cine pero también de vida, de un hombre que ha dedicado la suya a él y que hace suya la frase de Jean Cocteau:”el cine es la muerte trabajando”.

Bertolucci on Bertolucci es una arrebatadora, densa y fascinante charla entre el artista y nosotros, a través del tiempo y el espacio, que nos hará evocar la memoria, su cine, que tantas veces nos ha impresionado. Una extensa confidencia de sensaciones y sentimientos desbordados. De la fuerte influencia de Pier Paolo Pasolini hasta su  admiración por Jean-Luc Godard, las reflexiones sobre su cine y sobre la poética del cineasta  de la Nouvelle Vague. Bertolucci estaba fascinado por el cine francés: “La publicación Cahiers du cinéma me adoptó inmediatamente. Yo adoraba la Nouvelle Vague, estaba muy orgulloso de figurar junto a ellos. Para mí, el francés era la lengua del cine, la música que mejor iba con el cine que yo amaba”.

Bernardo Bertolucci, Jean-Luc Godard y Pier Paolo Pasolini en una reunión para la película Amor y rabia (1969)

A través de sus películas, Bertolucci habla de sí mismo, sin olvidar el contexto histórico y político de su generación y los más jóvenes. Transita por lo lugares de la imaginación y la memoria creativa, pero también evidencia una sensibilidad civil y ética, Bertolucci habla de la utopía y la revolución, pero al mismo tiempo evoca la nostalgia de un pasado que nunca volverá, y la dulzura de la vida antes de la revolución, como el título de su película. Autor de un cine poético, “complejo”, ricamente elaborado desde el punto de vista estilístico y desde el reflejo del mundo interior. Un cine espectacular e íntimo al mismo tiempo, con una visión culta, reflexiva y en ocasiones profundamente dolorosa.

Desde sus inicios muestra su interés por una gran diversidad de temas, en La commare seca (1962) se observa la influencia del guión de Pasolini pero también Bertolucci deja su propia huella, un banda sonora utilizada de una manera admirable, la película está equilibrada a medio camino entre el Neorrealismo y las composiciones cuidadosamente arregladas y esos travellings fluidos que definirían su carrera posterior, “las imágenes intentan comunicar la idea básica del paso del tiempo, el correr de la horas, el trabajo silencioso de la muerte”. En La estrategia de la araña (La strategia del ragno, 1970), las tomas surrealistas ayudan a crear un ambiente agitado y nervioso, lo que hace que sea fácil compartir la confusión de Athos Magnani y profundizar en su  paranoia, la música de Verdi y la fotografía inspirada en las pinturas de René Magritte componen una obra en la que nos iremos cuestionando continuamente. Adaptará a Alberto Moravia en El conformista (Il conformista, 1970) con un estilo hiperbólico aturdido  en una trama que incluye el amor no correspondido, el fascismo y la política anti-fascista, la ambigüedad sexual,  y sobre todo ese conformismo que destruye el alma, Bertolucci se desliza por ángulos desconcertantes a través de personajes de psique torturada y complejos. El último tango en París (Ultimo tango a Parigi, 1972), controvertida película que en Italia fue censurada, latente en ella la eterna búsqueda del “yo”, más allá del erotismo con el que se quedó la mayoría, un viaje hacia el abismo más autodestructivo. En Soñadores (The Dreamers, 2003) recupera del olvido el espíritu que reinó en aquella época, el París de mayo del 68, “algunos sueños son todavía solo eso, sueños. Por eso seguimos siendo soñadores” y  su último trabajo, Tú y yo (Io e te, 2012) una maravillosa introspección del aislamiento hacia la vida, del miedo pero también de la necesidad de mostrarse a los demás.

Jacopo Olmo Antinori como “Lorenzo” y Tea Falco como “Olivia” en Tú y yo (2012)

Lo personal y lo político están ligados en la historia de este cineasta, “soy un pequeño cineasta underground que se ha infiltrado en el sistema industrial para crear desorden”, muestra cómo se siente atrapado entre dos mundos, el de sus abuelos propietarios de la tierra y el de los campesinos que trabajaban en ella, como muy bien reflejará en Novecento (1976), están también sus películas más taquilleras y las más maduras, la incomprensión y el éxito, el análisis histórico y social, las relaciones entre hombres y mujeres. A veces sus películas parecen una infinita sesión psicoanalítica en las que Bertolucci revela los secretos de sus instintos, como el mismo dice, rodando, descubrió un tercer objetivo, el psicoanálisis. Bertolucci deja la puerta abierta de la ósmosis entre la película y la realidad externa  en sus films, también a la duda, a la capacidad de cambiar de opinión, a la de abandonar ideologías quizá obsoletas pero no a la utopía que persigue ya desde una película de notable madurez que rodó con solo 22 años, Antes de la Revolución (Prima della rivoluzione, 1964)  aunque ya había sido ayudante de Pier Paolo Pasolini en Accattone (1961): “Tenía la sensación de que él, que hacía su primera película, estaba inventando el cine. Vivía en el mismo inmueble que yo, con su madre y una prima. Todas las mañanas, pasaba a buscarle y le llevaba al rodaje, en la periferia de Roma, en mi Giulietta. Decía que su cine procedía directamente de la primitiva pintura toscana”.

Luca Guadagnino y  Walter Fasano, realizadores y montadores de este documental admiran profundamente a Bernardo Bertolucci, dicen de él que “es el cine, misteriosamente, apasionadamente hecho cuerpo”. “¿Cómo se hace para homenajear a alguien a quien se ama, sin caer en la retórica?, Bernardo adora la palabra francesa rêverie que aúna sueño, recuerdo y fantasía; ese era el camino a seguir”

Bertolucci es maravillosamente excéntrico y travieso. El maestro italiano nos habla a través de la pantalla de la política, la filosofía, la poesía, el psicoanálisis, la censura, la familia y sus propias películas con un humor irónico; gran orador, poéticamente detallado en tres idiomas, en su mayoría en francés, “el lenguaje del cine”. Después de haber aceptado“, como él mismo explica en la película, la enfermedad, los errores médicos y, finalmente, salir en una silla de ruedas, Bertolucci sigue haciendo películas para señalar a la nueva generación como soñadores, soñadores de utopías o como jóvenes que no siguen la corriente y les cuesta enfrentarse al mundo. “No miro mis películas con demasiada nostalgia. Me gusta pensar que estoy más bien en el presente. ¿Mañana? Me gustaría hacer una película con mi mujer, escribirla juntos. Tengo ganas de ver lo que dan de sí tantos años de complicidad”.

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