Retratar la moral con maestría

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Crítica

Difret (2014), de Zeresenay Mehari

Por Christian de González

Una hoja informativa y cierta publicidad hacían desconfiar en principio de esta película, y hacían saltar las alarmas por encontrar una versión demasiado maniquea y partidista de casos flagrantes contra las mujeres. Quizá era de esperar esa inclinación de la balanza, el caso no era para menos: la arcaica costumbre de raptar mujeres para después contraer matrimonio con ellas.

El inicio de la película no disipa el temor. Recreación, inmediata y épica, de un rapto a caballo. Una carrera de imágenes y actitudes detestables que demuestran a hombres muy malvados al acoso y derribo en todos los sentidos de una inocente niña de 14 años. Pero este preludio se transforma rápidamente en una de las mejores radiografías sociales que se ha visto en el cine en mucho tiempo. Hirut es sólo una niña que ha decidido ir a la escuela en el corazón de Etiopía, un corazón que conserva tradiciones lacerantes cómo es tolerar el rapto de mujeres por mero capricho, eso sí, con objeto de convertirlas en devotas esposas, violación mediante. La pequeña Hirut, que siempre ha demostrado su osadía, matará a su captor en un descuido. Es aquí donde aparece el pilar de una película que a cualquiera con un mínimo de sensibilidad le mantendrá preso a la silla. Meaza Ashenafi, personaje que existe en la vida real y que interpreta Meron Getnet (una joya por descubrir) se encargará, igual que sucedió en la vida real hace poco más de 15 años, de la defensa de la niña.

Estamos ante una película que pretende concienciar y que lo hace como sólo saben hacerlo los documentales. Pasados unos minutos y hasta el final uno se olvidará de que está contemplando una película. Las interpretaciones de todo el reparto son tan genuinas que resulta difícil imaginar a todo un equipo de grabación tras una cámara, con el mérito total de que Zeresenay Mehari, su director y guionista, no opta por trucos que nos hagan más vivas e intensas las imágenes. La cámara está clavada al suelo y todo se desarrolla al ritmo adecuado. No estamos ante una película pretenciosa, ni ante otro granito más del cine independiente. Su factura es sobria, natural, abierta, y no envidia en nada a otro tipo de cine más popular, como el europeo o norteamericano.

Gente desangelada por todas partes sin caer en tópicos de miseria o subdesarrollo. Aquí está el valor. Una sonrisa lacónica por ver cómo la sociedad se perpetúa en sus virtudes y sus defectos, y cómo avanza hacia una mayor igualdad en cualquier campo. Como decía al principio, la película no cumple con su amenaza. No hay una visión tendenciosa. No hay machismos ni hay feminismos, no hay opresión ni privilegios; hay fortuna o desventura, hay dinero o pobreza. Hay presión social y necesidad de calma a pesar de lo incorrecto que uno pueda sentir en el alma por parte de hombres y de mujeres. El guión es a todas luces excelente y nos mostrará la situación sin juicio, como un libro abierto que invita a ser leído, como un ojo conmovido que ha sido obligado a observar. Nadie podrá decir al terminar de verla que no ha comprendido a la perfección la realidad que nos muestra: todos los recovecos expuestos con tranquilidad y entereza. Padres, madres, hermanos, aldeanos, jueces de paz, burócratas, niños y ante todo, esa maravillosa y sensacional organización de mujeres que luchan incansables por cambiar unas normas injustas y unas tradiciones demasiado arraigadas entre las poblaciones más rurales. La valentía y la duda puestas frente a frente en cada minuto. La verdad, tan compleja, desmenuzada al milímetro, vista desde todos los ángulos, sin tapujos, sin propaganda. Una sociedad atravesada por la voluntad férrea y la simpatía empática de un grupo de personas que darán un ejemplo excelso. Esta película, igual que el caso que representa, solo simboliza una cosa para Etiopía: un triunfo.