Recuperando la ilusión

hobbit

Martin Freeman en El Hobbit: la desolación de Smaug

Crítica

El Hobbit: la desolación de Smaug (2013), de Peter Jackson

Por Claudia Lorenzo

No se puede negar que El Señor de los Anillos es La guerra de las galaxias de nuestra generación. Lo que Peter Jackson hizo con la Tierra Media provocó un sentimiento cinematográfico que llevaba décadas sin ser explorado -las precuelas de Lucas no cuentan- y, a pesar de la calidad, las sagas de Harry Potter o Los juegos del hambre no han alcanzado ese halo legendario que ya poseen La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del rey. Tal vez sea el mundo completamente alejado de nuestra realidad actual lo que causa el fervor, aunque quiero creer que fue la maestría del director, cabalgando sobre aquel interminable proyecto de más de diez horas de duración, decorados, actores, extras y diálogos, lo que llevó el barco a buen puerto.

Que El Hobbit fuese inicialmente un proyecto destinado a ponerse en manos de Guillermo del Toro indica que Jackson no tiene esos aires de grandeza de los que su predecesor, el otrora visionario, hoy codicioso George Lucas, hace alarde. Debido a su amor a las criaturas de Tolkien y a los retrasos de rodaje que hicieron que el mexicano se desligase del proyecto, El Hobbit ha resultado ser su bebé por accidente y, tal vez por eso, parece un sucedáneo de la trilogía original. Me explico: el aura mitológica que tenían, no sólo las tres primeras películas, sino el rodaje de las mismas, no lo tiene esta nueva saga. Además, la diferencia entre el texto original de la primera trilogía – tres libros no sólo largos sino además densos- y el cuento que es, en comparación, El Hobbit, provoca algo de miedito. ¿Qué haces, Peter Jackson, para darnos las mismas horas de metraje con un quinto del material original –apéndices mediante-?

En El Hobbit, un viaje inesperado, muchos de mis miedos se hicieron realidad. Resultaba una película extremada para un argumento tan insulso. Honest Trailers la llamó “precuela de tres horas de la película que parece mucho más interesante”. A pesar de Frodo, Gandalf y algún que otro conocido más – véase Andy Serkis bordando, como siempre, a Gollum-, sólo Freeman lograba motivarnos e interesarnos por lo que pasase, con Richard Armitage intentando aún definir la personalidad de su rey, Thorin.

Afortunadamente, La desolación de Smaug es un paso en la dirección correcta. Aunque sigue resultando algo larga, que no pesada, los claroscuros de Thorin dotan de identidad al personaje, mientras el “hobbitonismo” de Freeman enternece. La caracterización de Bilbo consigue que le identifiquemos con Frodo pero, muchísimo más, con Pippin – nos dicen en el primer filme que Bilbo tiene mucho de Tuk, además de ser un Bolsón-. Freeman hace suya parte de la personalidad que Billy Boyd le dio a Peregrin, y Bilbo se enriquece con ello. En el diálogo final con Smaug-el-estupendo (a quien da voz Benedith Cumberbatch), la tensión se ve aliviada por las carcajadas nerviosas que provoca el intercambio, un duelo actoral en toda regla de mano de los conocidos en la BBC como Sherlock Holmes y Watson.

La historia tiene algo de deja vu, ya que seguimos las aventuras y desventuras de aquellos que van en busca de un tesoro oculto en una montaña, custodiado por un dragón y que le dará el trono robado al Rey de los Enanos. De vez en cuando, además, Légolas (Orlando Bloom) hace una entrada espectacular. Si no hubiese visto antes a un puñado de seres de la Tierra Media corriendo hacia montañas y entronizando a reyes caídos no me sentiría tan en casa, pero como nos conocemos hasta los rincones de los decorados, el viaje del hobbit puede resultar tan repetitivo para algunos como nostálgico para otros. En eso influye la partitura de Howard Shore; reconocemos ciertos leitmotivs y por ello intuimos hacia dónde nos quiere llevar la historia.

Sin ninguna duda, y gracias a Dios por ello, el filme es entretenido. Jackson conoce como la palma de su mano el mundo en el que se mueve, y además no pretende satisfacernos sólo con lugares comunes. Así, la recreación de Esgaroth, la Ciudad del Lago, la primera visita de Bilbo al interior de Erebor, la aparición de Smaug o la inclusión en la historia de Tauriel (Evangeline Lilly a cargo del único personaje femenino activo en la película) son novedades que se agradecen y que demuestran que esta segunda entrega es capaz de vivir de primicias además de recuerdos.

Eso sí, el encuentro de Gandalf con el Nigromante hace que todos aquellos seguidores de la primera trilogía acabemos con los pelos como escarpias. La que te espera, mago Gris. La que te espera.