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Crítica

Felix y Meira (2014), de Maxime Giroux

Por Claudia Lorenzo

Tengo que confesar que el otro día vi el discurso que Emma Watson dio en las Naciones Unidas a favor de los derechos de la mujer y de una lucha compartida con los hombres por alcanzar la igualdad. Digo que he de confesarlo porque entre eso y lo de la Ley del aborto ando bastante emocionada y pendiente de los asuntos que tienen que ver con cosas de chicas. Así, aunque muchos hayan tachado Felix y Meira de un telefilme con pocas más cosas que contar que una historia que ya hemos visto miles de veces, el asunto tiene momentos, reivindicaciones y secretos que bien valen un análisis.

Hadas Yaron, Copa Volpi en 2012 por la bellísima Llenar el vacío, encarna en este filme canadiense a una mujer jasídica con curiosidad constante por la vida. Meira, su personaje, casada y con una hija, desea dibujar, escuchar musica, alzar la voz, tener relevancia, abstenerse de parir doce o catorce veces y vivir una vida diferente a la que le ha tocado. Sus ansias de libertad chocan con la sociedad que la rodea, la incomprensión de su marido, que la quiere sin entenderla, y todo aquello que lleva aprendido desde niña. Un día conoce a Felix, un hombre que acaba de quedarse huérfano de padre, que está perdido y que reclama su conocimiento de la espiritualidad para ayudarle. Aunque Meira se aleja de él rápidamente, un día después vuelve a verle y acaban forjando una amistad que deriva en historia de amor que provoca cambios sustanciales en sus vidas.

El mayor problema de Felix y Meira es precisamente el susodicho Felix. Desde su entrada en escena, con un encuentro escrito, interpretado y rodado sin ninguna magia y pasión, que hace incomprensible que Meira vuelva a él por amor, hasta la creencia de que se siente perdido y solo, todo en el personaje principal masculino hace aguas, al contrario que en su “contrincante”, un marido que se niega a sacar los pies del tiesto para aceptar la personalidad de Meira hasta que no tiene más remedio que hacerlo para asegurarse de que ella sea feliz.

Al lado de la historia de amor y el triángulo está la parte de la película que más pesa, la trama de una mujer que quiere experimentar una vida diferente a la que le dijeron que le tocaba vivir y que tiene que rebelarse contra sí misma hasta descubrir quién quiere ser. ¿Que Felix pasaba por allí y sirve de catalizador? Pues muy bien, podía haber sido él u otro. La historia no cuenta qué ocurre cuando amas fuera de tus posibilidades, como hacía Único testigo, ni juzga a los jasídicos como una comunidad menor. Tampoco es la mencionada Llenar el vacío, que pretendía explicar desde dentro qué sucede cuando una mujer pulsa el botón de pausa y requiere tiempo para sí misma a la hora de tomar una decisión.

Aquí Meira no quiere tomarse ninguna pausa, sino que pretende avanzar hasta donde nadie la haya llevado nunca. Hay dos escenas que ejemplifican lo que el personaje desea. En una, ella viste vaqueros por primera vez y acude a Times Square de noche, sintiendo y palpando la vida que emana de Nueva York. En otra, en su Montreal natal, observa a través de una ventana a una pareja que se besa apasionada en su hogar y comienza a desnudarse. La magia de la historia de Meira es que no relata un amor capaz de romper fronteras, como el de Titanic, en donde Rose sí que necesita a un Jack que la empuje a vivir. Meira no necesita a nadie más que a sí misma, el conocer a Felix es simplemente una puerta que se abre.

La dirección de Maxime Giroux sin embargo pone su atención en donde no debería estar. Por ello la película, además de alargarse y cojear en un segundo final innecesario, no se encuentra del todo. Errático como su personaje está Martin Dubreuil, encarnando a Felix, siendo incapaz de trasladar con la mirada un deseo inicial y recurriendo a diálogos algo banales. Felix da bandazos en su amor por Meira, y si en un momento parece ansioso por perderse en el mundo con ella y convertirse en jasídico para verla, en otro es incapaz de hacer un gesto que la reconforte. A su lado, Luzer Twersky, quien en un principio parece que ha de bailar con el más feo del asunto, el marido que exige a su esposa que se quede en casa y no se salga de madre, logra empatizar con el espectador que entiende que a veces el cariño no es suficiente para retener a alguien o para sacarle de la vida que se supone debe tener.

Es obvio que Hadas Yaron brilla, por su personaje, por su historia y por su mirada, que ya en la primera escena transmite bastante poca sumisión y muchas ganas de salir del mundo que la rodea. Tal vez sea cierto que el gran interés de la historia pueda estar tras el final agrio que la cierra. Pero también es necesario ver cómo, por muy pacífica que sea una cultura, por muy espiritual que sea, las mujeres siguen estando apartadas, contenidas y ocupadas pariendo hijos. Meira es, en ese sentido, un poco todas. Por eso no es una historia que se agote. No todavía.

 

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