Qué duro es (no) ser diferente

Ilustración: Clara Santos

Crítica

Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! (2013), de Guillaume Gallienne

Por Claudia Lorenzo

Hace unas semanas, Ellen Page, protagonista de Juno, declaró alto y claro que era homosexual. Y, entre las muchas otras cosas que dijo y quedaron ensombrecidas por ese “Soy gay”, estaba la reflexión “estoy harta de mentir por omisión”. Page se cansó de que el mundo asumiese que, por ser lo mayoritario, ella era heterosexual, y con su afirmación dio un portazo a años de confusión y personalidad impuesta.

En Guillaume y los chicos ¡a la mesa!, película basada en la obra de teatro autobiográfica de Guillaume Gallienne, miembro de la Comédie Française y debutante en el mundo de la realización cinematográfica, la historia nos presenta a un hombre atrapado en el cuerpo de quien quiere ser una mujer… o algo parecido. Jugando con la ironía, el actor, guionista y director reflexiona sobre la identidad personal y cómo ésta se define tanto por quienes nos rodean como por nosotros mismos.

Criado con dos hermanos mayores, Guillaume asumió desde pequeño que su madre (también interpretada por él) quería haber tenido una hija. Así que, como buen retoño, se dedicó a contentarla y asumir su papel de niña en el hogar, para horror de su padre, mofa de sus hermanos y asombro de su abuela. A lo largo de su infancia y su adolescencia, Guillaume relata diferentes episodios de su vida que han marcado su identidad adulta: el colegio sólo para chicos en el que su padre le metió intentando “enderezarle”, el internado inglés mixto al que su madre acabó mandándole, sus primeros “escarceos” con los hombres, su relación con sus tías y, sobre todo, y asimilado por mimetismo, su profundo amor por las mujeres, en especial por aquella que le trajo al mundo.

Lo que os cuento, que es una comedia emocionante, descacharrante, teatral y diferente, es la película que ha triunfado en los premios César de este año, por delante de la lujosa y brillante Palma de Oro de Cannes, La vida de Adèle. Los premios no siempre son indicativo de la realidad, y el filme de Kechiche se merecía muchos, pero las alabanzas hacia esta película pequeña, original y tierna son justas y necesarias, especialmente para que se vea fuera de sus fronteras – en Francia ha sido un éxito absoluto-.

A partir de la definición de su sexualidad, Gallienne reflexiona sobre todos los detalles que nos hacen quienes somos, y coloca en una balanza la propia visión de nosotros mismos y la que vemos en los ojos de nuestro entorno. Es así que, a pesar de querer ser Sissi emperatriz y jugar a ser chica, el adolescente Guillaume, enamorado de un inglés casi salido de Carros de fuego, necesita una explicación exhaustiva sobre la homosexualidad. La confusión en su mirada es desmoralizadora: si él en su interior se siente una mujer como su madre, la hija que ella siempre quiso, ¿cómo puede ser gay que le guste un chico? Clasificar esos sentimientos le lleva a acercarse a lo que cree que debe hacer una vez descubierta su “identidad”, al menos descubierta por otros, pero la incomodidad que le invade al estar frente a frente con un hombre provoca una espiral de dudas y errores, un enorme material cómico del que Gallienne no huye, haciendo con su película una reflexión más profunda pero a la vez más ligera de lo que ningún crítico, incluyéndome a mí, podrá hacer.

Puede parecer raro que, cuando tantísima gente sufre por defender que pertenecer a la mayoría no es necesariamente la única opción sexual, alguien tenga que enfrentarse a la paradoja del camino inverso. Pero eso sería quedarse en la anécdota, en el chiste. Lo que Guillaume Gallienne nos cuenta va mucho más allá. Con una sencillez plena, el actor se sube al escenario en una suerte de monólogo teatral con técnica cinematográfica y ya, al unir a su persona el personaje de la madre, confiesa lo mucho que esa señora influyó en su vida, en su crecimiento y en sus errores – si Freud levantase la cabeza no sabría por dónde empezar a analizar esto-. Sin embargo, Gallienne no reprocha, sino que empatiza con ella, con su amor por el hijo pequeño, con su laissez-faire. Y admira. A ella, a sus tías que también le animan a ser él mismo, a Paqui, la andaluza que le acoge de intercambio y le enseña a bailar flamenco, a sus amigas. Gallienne elabora un documento de puro amor hacia el sexo femenino y también hacia el teatro.

Pero sobre todo lo que Guillaume consigue es una emotiva pero hilarante comedia de primera calidad. Y estas nunca sobran.