Prisioneros del vacío

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Crítica

Cautivos (2014), de Atom Egoyan

Por Claudia Lorenzo

Hay dos Atom Egoyan en esta vida, como hay dos formas de ver Cautivos. Está el Egoyan complejo y críptico de Exótica, el Egoyan que analiza el trauma, que lo desfigura, que se interesa por sus profundidades, y está el Egoyan de Devil’s Knot y Cautivos, alguien que recoge un hecho que, por sus características, tiene toda la pinta de alimentarse de lo mismo que su cine, pero que se queda en tierra de nadie.

En Devil’s Knot, el problema del filme era que todo lo que tenía que decir su director lo habían dicho mucho mejor Joe Berlinger y Bruce Sinofsky en su trilogía Paradise Lost o Amy J. Berg en West of Memphis. Egoyan, en vez de analizar el dolor y la desmoralización de un pueblo, elaboró un filme judicial con ausencia del mismo pulso narrativo que esas historias necesitan, convirtiendo la película en un pasatiempo televisivo de sábado por la tarde que, además, no llegaba a satisfacer al público y se dejaba media historia en los rótulos.

Cautivos le da una vuelta de tuerca al caso de los padres que pierden a una hija a manos de un pedófilo, pero esa vuelta de tuerca nunca logra tener un sentido completo y queda a años luz de la tensión que se respiraba en la fantástica Prisioneros, de Dennis Villeneuve, un misterio de libro pero también un análisis de la desesperación humana en situaciones límite –es interesante la referencia a los adultos que hacen ambos títulos, desgranando en una palabra el sentimiento de parálisis e impotencia al que se enfrentan aquellos que debían proteger a los más inocentes-.

El filme que nos ocupa se vale de la narración tremendamente fragmentada para contarnos la historia de Matthew (Ryan Reynolds) y Tina (Mireille Enos), un matrimonio que deja de serlo en el momento en el que su hija Cassandra desaparece. Matthew, responsable de la niña en ese momento, se convierte en el principal sospechoso y, pese a que Tina le cree inocente del secuestro, está claro que le considera suficientemente culpable como para seguir guardándole el rencor siete años después. Nicole (Rosario Dawson) y Jeffrey (Scott Speedsman) son los investigadores a cargo del caso, dos personas poco dadas a fiarse de las apariencias, y establecen año tras año visitas anuales con la pareja para intentar avanzar en el caso. Y mientras todo eso ocurre, Mika (Kevin Durant) negocia con una Cassandra adolescente (Alexia Fast) los términos de su secuestro.

El problema de Cautivos es que no funciona en ninguna de las dos direcciones en las que quiere ir. Como misterio es lento, está lleno de agujeros de guión o de trucos fáciles –la obsesión de Jeffrey por Matthew se entiende en el inicio, pero no años después, a menos que tenga tan poca confianza en su capacidad como investigador que no se vea capaz de seguirle la pista- y los saltos en el tiempo, sin sentido y sin señal de avanzar la historia, son descuidados.

A su vez, el análisis que Egoyan hace del secuestro, el secuestrador, la relación entre víctima y captor y la conversión de los indefensos en verdugos tampoco llega nunca a ser un tema tratado en profundidad. Hay mucha gente, con muchos demonios internos y con poco tiempo para desarrollarlos, tiempo desaprovechado en giros inverosímiles que no llevan a ninguna parte. La narración se queda constantemente descolgada o avanza a trompicones, a menudo gracias a recursos de guión cuanto menos vagos. La belleza de las imágenes, la blancura de la nieve y la promesa de un gran reparto se diluyen bajo un argumento poco trabajado y poco analizado.

Los actores, excelentes en otros proyectos (Ryan Reynolds es capaz de sujetar él solo un buen guión, como demostró en Buried, y Mireille Enos era el alma de The Killing), no pueden hacer milagros con unas caracterizaciones planas (Speedsman es el que peor parado sale) y un desarrollo tan fracturado como innecesario.

Las historias de pedofilia son, de por sí, incómodas. Pero lo más incómodo en este caso es intentar retorcerlas como hace Egoyan, dándoles un toque diferente, sin verdaderamente profundizar en lo contado, sin hacer un barrido de todo lo que ocurre y ser capaces de llegar al fondo de la cuestión. Cautivos se queda así, como Devil’s Knot, en tierra de nadie, como un intento que tendríamos en cuenta por parte de otro director pero que, viniendo de alguien capaz de ser tan incisivo e interesante como Egoyan, se convierte en una decepción.

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Puedes ver en Filmin Ararat y Chloe, ambas dirigidas por Atom Egoyan.