Por los viejos tiempos, y también por los nuevos

El Royal Edinburgh Military Tattoo

El Royal Edinburgh Military Tattoo

Por Claudia Lorenzo

Fue en 1949 cuando se celebró el primer Military Tattoo en Edimburgo, aunque no sería hasta el año siguiente cuando se hizo oficial y el espectáculo se movió a la explanada bajo el castillo de Edimburgo, lugar en el que hoy sigue haciéndose. En 2010, la Reina le otorgó la categoría de “real” y así sigue hoy en día, siendo el Royal Ediburgh Military Tattoo.

¿Y qué es eso de un “tattoo”?, dirán ustedes, porque no hablamos de ningún tipo de tatuaje en este asunto. El nombre deriva de la frase holandesa “tap toe”, literalmente “última ronda”, la anunciada por los dueños antes de cerrar el bar. Los británicos entraron en contacto con semejante frase en Flandes durante la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-1748) y la pusieron en práctica, anunciando a los taberneros que había llegado la hora de irse a dormir con un regimiento de tambores y gaitas. Así cerraban los bares y los soldados descansaban para el día siguiente.

Hoy en día el Royal Edinburgh Military Tattoo atrae cada año a unas 217.000 personas, y las gradas que se instalan a la entrada del castillo dan cabida a unos 8.800 espectadores en cada función (una al día y dos los sábados). Además de incluir, obviamente, grupos y bandas militares escoceses, el Tattoo invita todos los años a intérpretes extranjeros. Hay que destacar que, de media, los espectadores son sólo un 30% de la tierra. Todos los demás, o bien pertenecen a otras zonas de la Gran Bretaña o bien son de fuera. El Tattoo es, sin duda alguna, el festival con más público en el agosto de Edimburgo después del Fringe. Con la diferencia de que los militares ponen en pie el mismo espectáculo noche tras noche, al contrario que los demás, que ofrecen centenares de alternativas.

Este año abrió el espectáculo, creo que según manda la tradición, la agrupación de tambores y gaitas, normalmente compuesta por miembros del ejército británico con colaboraciones extranjeras. A ellos se unieron las bailarinas de las Tierras Altas. Posteriormente, la banda del Ministerio de Defensa de la República de Corea puso la nota asiática, mágica y nostálgica. Hizo falta este momento de calma porque tras ellos salieron los niños motorizados, un porrón de ellos conduciendo motos de pie, sentados, de espaldas, haciendo pirámides humanas… Una pensaba en los pobres padres al borde del infarto y se compadecía, pero la verdad es que el espectáculo que daban era impresionante.

Tras ellos vino México lindo, 110 músicos y bailarines dando la nota de color. Acabamos todos los hispanohablantes balanceándonos al son de “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores”, que es nuestra versión de lo que luego sería el estilo escocés de cerrar la ceremonia.

Nueva Zelanda fue, personalmente, mi banda favorita. Primero, porque eran impecables. Se movían como si fuesen uno, estaban perfectamente coordinados entre ellos y con las chicas que luego marcharon al son de su música, y no tocaron una nota fuera de tono. Segundo, y sobre todo, porque los neozelandeses aprovecharon al máximo el lugar en el que estaban y no dejaron de entretener al público en ningún momento. Si sois seguidores del rugby, sabréis que la selección de este país realiza antes de los partidos una danza maorí denominada “haka”. Por esto, entre otras cosas, es Nueva Zelanda conocida en el mundo entero (también por “El Señor de los Anillos”, sintonía que obviamente tocaron). Y eso mismo se pusieron a hacer los músicos, con trompetas, trombones, y mucho humor, el “haka”. El público entero saludó el guiño a carcajadas, aunque no tantas como cuando, minutos después, la banda empezó a tocar una música familiar y acabó con varios de sus intérpretes bailando el Gangnam Style, gafas de sol incluidas. Sin sentirse intimidados por el espacio, los neozelandeses le dieron la bienvenida y fueron ovacionados por ello. Hay que ser muy bueno, muy perfeccionista y muy exigente para hacer los números que hicieron, al milímetro, a la vez que se tomaban a cachondeo parte del asunto.

Mongolia también formó parte de las bandas internacionales invitadas, con una contorsionista que asombró a la audiencia y que, sospecho, nos distrajo del resto del espectáculo de danza creado en paralelo.

El Tattoo se organiza con fines caritativos y el dinero recaudado va a parar a diferentes organizaciones. El final, lleno de color y fuegos artificiales, pero también lamentos al son de la gaita, nos recuerda dos detalles. Uno, que éste es un evento militar y que estamos celebrando las vidas de aquellos que murieron por defender a su país. Dos, que éste no es un espectáculo, de momento, por Escocia, sino por la totalidad del Reino Unido. De ahí que se pida al público ponerse en pie a la hora de cantar el “God save the Queen”. Posteriormente, sin embargo, todos los espectadores se animan a cogerse de las manos y entonar la que probablemente sea la canción más famosa que esta nación le ha dado al mundo: “Auld Lang Syne”. Ya sabéis, “por los viejos tiempos, amigo mío, tomemos una copa por los viejos tiempos”.

Turistas y viajeros, escépticos y convencidos, merece la pena ir una vez en la vida al Tattoo. Pero no os creáis que me he olvidado del Fringe.

En “Head Over Heels in Saudi Arabia”, Maisah Sobaihi combina un monólogo teatral con un espectáculo cómico para contarnos cómo se sienten las mujeres árabes cuando su marido decide casarse por segunda, tercera o cuarta vez. Sobaihi, lista como el hambre, divertida y alegre, intenta desmontar todos los estereotipos saudíes y darle la vuelta a la imagen que el mundo tiene de su país. A la vez, no duda en meter el dedo en la llaga cuando habla de los diversos problemas a los que cada día se enfrentan las mujeres del lugar.

Es relativamente lógico, conociendo las restricciones del país, que Sobaihi sea la primera intérprete femenina de Arabia Saudí en el Fringe. Resulta curioso, sin embargo, que haga acto de presencia menos de un mes después de que pudiésemos ver, en esta misma ciudad, la primera película saudí realizada por una directora, “Wadjda” (altamente recomendable, por cierto). La conclusión a la que se llega tras ser testigo de ambas obras es la misma que Sobaihi quiere presentar: las mujeres son mujeres en cualquier parte del mundo y a ninguna le hacen gracia determinadas actitudes. Por otro lado, las mujeres de Arabia Saudí serán poco visibles, pero no están inactivas, ni cultural ni intelectualmente.

Mientras el Tattoo celebra, con todo su derecho, las tradiciones nacionales y foráneas, el Fringe se empeña en mostrarnos, día tras día, que hay mundos que no conocemos y que el teatro es un medio magnífico para mantener la mente siempre abierta.