Por favor, una película ya!

Teniendo en cuenta que en el sector del periodismo comienza a haber tantos parados como en el de la construcción necesitamos, a estas alturas, cambiar el argumento de la historia. Las pericias periodísticas le dieron mucha vidilla al cine. Todos los que soñábamos con ejercer el oficio nos habíamos alimentado con “Luna nueva”, “Primera Plana”, “Al filo de la noticia”, “Todos los hombres del presidente”, “Los gritos del silencio” o la serie “Lou Grant”. Incluso “Superman”.

Por Ms.Lindo

Hay listas por ahí de esas cien películas que debería ver todo periodista en su período de formación. Yo no sé cuántas vi, pero sí puedo afirmar que, dado mi carácter peliculero, me las creí todas. Y, qué caramba, estaba bien creérselas, porque las pelis de periodistas siempre tuvieron un componente ético importante. Allí donde la verdad se esconde, venían a decir, tiene que haber un periodista que en contra del sistema, de su periódico, de los intereses políticos y de su propia comodidad hará resplandecer la justicia.

Los periodistas de las películas casi siempre han sido valientes, temerarios y algo canallas. ¿Qué más puede pedir un joven que sueña con una experiencia más excitante que poner su grabadora delante de la boca de un político? Por fortuna, cuando yo comencé en ese oficio, a los diecinueve años, el país entero estaba hambriento de libertad de expresión, de idealismo. Podríamos decir que había un ambiente colectivo que favorecía la valentía, la temeridad y la vida canalla. Sí, sí. Como en las películas. Y como le conté que tenía vocación de periodista me propuso que fuera el lunes siguiente a la radio porque estaban montando una especie de taller con gente de la facultad. Ahora se llamaría master, antes se llamaba taller: era más cutre y por eso precisamente más divertido.

Casi se me jode el argumento de esta película que os cuento cuando el teniente coronel Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados. Reconozco que era mucho importante que aquel individuo hubiera jodido al país entero, pero hay que comprender que los jóvenes piensan sobre todo en sí mismos, y yo pensaba, antes que en la democracia o en España, en mi taller de radio. Cuando entré en aquella emisorita que pertenecía a las que el régimen de Franco había dado en llamar, muy apropiadamente, “las emisoras del movimiento”, todavía había mucho facha por los pasillos. Los pasillos, por cierto, estaban empapelados con fotos en blanco y negro de las danzas regionales que se bailaban delante del dictador en el día del trabajo. Las máquinas de escribir también eran bastante franquistas, eran grises, enormes, parecían tanques de los que iban a salir listas de represaliados del régimen. Como yo escribía muy rápido, gracias a un curso de mecanografía que me hice a los quince años, había un viejo periodista que siempre me decía que yo le sacaba a aquel aparato un ruido de metralleta.

La mezcla generacional era muy curiosa. En aquella redacción teníamos que convivir, a menudo con tensiones indisimuladas, viejas glorias de la radio del movimiento y jóvenes progres. Creo que en aquellos días yo era la más joven de aquella emisora. Era algo que llevaba muy en secreto porque me daba vergüenza tener tan pocos años. Empecé a mentir tan frecuentemente sobre mi edad que llegó un  momento en que tenía que mirar el carnet de identidad para saber cuántos años iba a cumplir el próximo 23 de Enero. Como era un desastre, perdí el carnet y durante casi dos años anduve completamente perdida. A veces me añadía tantos años que me deba cuenta de que me había convertido en mayor que mi hermana mayor.

Yo no sabía nada de periodismo cuando entré en la radio. La primera vez que me metieron casi de un empujón en un estudio empecé a sufrir sudores y tartamudez. Me temblaba la barbilla y mientras el invitado contestaba yo me pasaba el tiempo ensayando mentalmente mi siguiente pregunta. Lo primero que aprendí en aquella emisora de franquistas y progres fue a disimular que no sabía nada. Creo que es algo que debería enseñársele a un periodista antes de lanzarle al terreno de juego. Tendría que haber una asignatura en la carrera que adiestrara en disimular la ignorancia. Por dios bendito, un periodista no puede ir con cara de tonto por la vida, porque pone nervioso al entrevistado. Un periodista tiene que aparentar que sabe de lo que pregunta y que tiene mucho interés en la respuesta. Todo para que el personaje al que entrevista no se aburra  ni se indigne. ¡Es algo fundamental! Esto en lo referido al aspecto profesional; a nivel personal, aquella emisorilla fue una escuela de vida para mí. Aprendí que conviene no  prejuzgar a un compañero por las pintas o por lo que dice que piensa. En los desayunos conocí a individuos rancios que merecían mucho la pena, y a modernos que eran un auténtico coñazo. Como siempre me ha gustado mucho desayunar desayunaba varias veces en la mañana, cada día con un compañero distinto e hice grandes amigos, de todas las edades y de todas las condiciones. Hay mañanas en las que me pasaba el tiempo subiendo y bajando al bar. Con los años comprendí que no todos los antiguos eran fachas y que, en cierto modo, era normal que nos tuvieran algo de tirria: estaban a la defensiva porque pensaban que les íbamos a quitar el trabajo. Y tenían razón: se lo quitamos. Es ley de vida.

Lo bueno de aquella radio es que era muy casera. Mucho. Sabías, por ejemplo, cuando la control de sonido, una señora con pinta de señora de su casa, tenía la regla. Cuando ibas a pasar al estudio te miraba con cara de mala hostia y te lo advertía: “hoy no me hagas trabajar mucho que tengo la regla y estoy de muy mala hostia”. Así que te las apañabas para que la mujer no tuviera mucho trajín a los mandos. También había un control de sonido que hacía los programas con gafas de sol para que no supieras nunca si te estaba atendiendo. Y locutoras que hacían rebequitas de punto para sus sobrinos mientras daban la hora en el exterior de nuestros estudios. Yo procuraba portarme bien con ellos porque siempre me ha gustado que me quiera todo el mundo, aunque luego me desahogaba con los de mi generación poniéndoles verdes, que es una actividad que evita muchos psicólogos en el mundo laboral.

Todo era cutre, sí, y rancio, pero se aprendía bastante. Probablemente, porque los mayores ya no tenían mucha ganas de trabajar y los más jóvenes estábamos deseando hacer locuras. Con el tiempo me di cuenta de que lo mío era el entretenimiento, más que el periodismo informativo. Y me dejaron hacer. Hice entrevistas, presenté música, escribí relatos, los interpreté, los puse en boca de otros. Y desayuné muchísimas veces. Hay veces que me daban las cuatro de la tarde desayunando. Conocía a todo el mundo y hacía muchos pasillos. No para medrar, sino para ligar, que no se me daba mal, aunque esté feo que yo lo diga. Creo que fui muy afortunada. Y, por favor, que nadie piense que estoy contando batallitas porque estoy haciendo exactamente lo contrario. Lo que digo es que aquellos tiempos, por extraño que parezca, eran más fáciles que estos. Era más fácil ser valiente, temerario y algo canalla. Sí, sí, como en las películas.

Pero ahora, con tanto periodista en el paro, con tantas redacciones prescindiendo de los maduros o de los viejos, con tanta necesidad de periodismo real pero tan pocos empresarios dispuestos a meterle el diente a lo que pasa y tantos periodistas con sueldos de mierda, ¿cómo debemos mirar el porvenir?

Lo dicho, hace falta una película para esta nueva realidad. Pero ya. ¿A qué estamos esperando?