Por amor al arte

The Hat, the Cane, the Moustache

The Hat, the Cane, the Moustache

Por Claudia Lorenzo

Comienza el Fringe

Fue en 1947 cuando, tras un par de años llenos de planes y preparaciones, el Festival Internacional de Edimburgo abrió sus puertas. Un festival diseñado para “alimentar el espíritu creativo del alma” y para potenciar las artes en Escocia, Gran Bretaña y Europa. A la vez que se presentaba la programación, un grupo de actores amateurs organizaba sus propias representaciones “al margen”. Aún no se llamaría así, pero acababa de nacer el Fringe Festival. En 1950 el ejército británico creó el Royal Edinburgh Military Tattoo para promover sus diferentes espectáculos militares, pero hasta 1983 no surgió el Festival Internacional de Libros de Edimburgo. El último y más joven, el Festival de Arte, no tiene ni diez años de edad. Vino al mundo en 2004.

He aquí el misterio resuelto de eso que fuera de la ciudad se llama “el festival de Edimburgo”. No son uno, ni dos, ni tres. Son cinco oficiales que tienen lugar en Agosto (el de ciencia es en abril, el infantil en mayo, el de cine en junio, el de jazz en julio, y así) y que, aunque se entrelazan, son diferentes e independientes.

El Festival Internacional tiene un programa concreto, fruto de una búsqueda anual para traer lo mejor de cada casa. Incluye ópera, conciertos, teatro o danza. El Fringe acepta a cualquiera que les presente una historia y que tenga un local para exponerla, sin selección. Este año, para que se hagan una idea, tienen casi 3.000 espectáculos de teatro, baile, música, comedia, cine y mucho más. El Tattoo, responsable de instalar unas gradas desmontables en la explanada del castillo, se encargará de amenizar las noches, a partir del día 2, con espectáculos militares británicos y mundiales. El Festival de Libros, como su nombre indica, atiende a la literatura, y presenta todos los días a diversos autores nacionales e internacionales. Este año vienen Salman Rushdie, Margaret Atwood, John Banville o Neil Gaiman, entre otros. Y el Festival de Arte, el bebé, se encarga de las exposiciones de pintura, fotografía, escultura y demás.

Todos ellos tienen la culpa de que Edimburgo duplique su población en agosto. Y el Fringe, el que más gente trae a la ciudad, acaba de comenzar. La Royal Mile, arteria de la ciudad vieja, está inundada de jóvenes y no tanto que reparten folletos sobre los diferentes espectáculos que se ofrecen en los cientos de locales adaptados que hoy en día pueblan la ciudad. Es difícil fiarse de sus recomendaciones, pero más difícil es enfrentarse al catálogo. Se lo digo yo, que lo he hecho.

Por eso intentaré catar un poco de cada festival, pero centrándome en el Fringe. Son casi 3.000, como les digo, y es imposible separar el trigo de la paja, lo cual da una extraña sensación de miedo y aventura.

Pongamos por ejemplo hoy. Como cinéfila que soy, he decidido intentar ir a la mayoría de los espectáculos que tengan la más mínima relación con el cine. Esta mañana asistí al estreno de una obra escocesa, “Say it again, Sam”, basada descaradamente en todos los tópicos del cine negro hollywoodiense. Aunque cortita, se me hizo larga. Los actores, que encarnaban a un investigador privado, una mujer fatal y un puñado de mafiosos, trabajaban como podían con un texto que era farragoso y unos diálogos que buscaban el chiste sin encontrarlo. La puesta en escena era muy básica, pero estoy segura de que, con un argumento con más sentido y menos agujeros, los  intérpretes hubiesen dado más de sí.

Por la tarde fui a ver “The hat, the Cane, the Moustache”, una obra con un solo hombre en la que se homenajeaba a Charles Chaplin. A través de su historia, un intérprete encargado de hacer del maestro intenta descifrar al ser humano. Además de estar solo en escena, el público lo formábamos yo y otras dos personas, y aunque el texto también se hacía un poco repetitivo hacia el final, me dieron ganas de quitarme yo el sombrero y alabar a semejante artista una vez que acabó. También era el día del estreno.

Señores, el Fringe ha comenzado y Edimburgo se llena de locos que nos cuentan historias, algunas veces malas, otras veces muy buenas, simplemente por la pasión que sienten hacia cada una de sus disciplinas. Por amor al arte.