Poesía eres tú

Un momento de la representacion de "It's Dark Outside"

Un momento de la representacion de “It’s Dark Outside”

Por Claudia Lorenzo

Hay momentos periodísticos que deberían ser inconfesables. Por ejemplo, el hecho de ir a una obra de teatro a una hora tan normal como las cinco de la tarde y dormirse. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, la introducción a aquello que vino después comienza con esta humilde servidora dando cabezazos el domingo pasado en el Underbelly de Edimburgo.

La obra de teatro se llamaba “It’s Dark Outside”, comisionada por la Compañía de Teatro de Perth (la de Australia, no la escocesa).  Sus autores eran Arielle Gray, Chris Isaacs y Tim Watts, también intérpretes. Y de la historia no tenía ni idea. El caso es que, a pesar del sueño, no me perdí relativamente ninguna parte del argumento, y cuando se acabó y aplaudimos, intercambié notas con mi acompañante y llegué a la conclusión de que en verdad lo había visto casi todo. Pero, con la mosca detrás de la oreja, intuí que, a pesar de seguir la acción, no había sentido ningún tipo de emoción. Y, creedme, con el tema que trata, era raro que me dejase fría.

Así que me replanteé mi semana y decidí que el último día de mi estancia edimburguesa iba a volver. Me parecía que la obra merecía más sentimiento por mi parte. Varias veces deseché la idea. De 2.800 ofertas, ¿regresaría a una que ya había visto, aunque adormilada? Pues sí. Y menos mal. Porque vaya si sentí.

“It’s Dark Outside” es pura poesía. No se me ocurre otra forma de definirla. Tiene una historia, marionetas y una tienda de campaña personificada. No hay diálogos, no hacen falta, y su banda sonora, compuesta por Rachael Dease, es maravillosa y cada vez que vuelvo a escucharla se me ponen los pelos de punta. Si tuviese que definir esta obra como una película, diría que es Pixar muy al nivel del prólogo de “Up!”. Porque habla de ancianos, y porque es tierna y divertida pero tremendamente triste. También puede ser que haga esa comparación porque mi nivel de llanto ha sido bastante parecido en ambas ocasiones.

Cuando digo que “It’s Dark Outside” es poesía lo digo porque hace magia. Cuenta de una forma muy bella y muy dulce una realidad horrible. En la misma hora homenajea a Sergio Leone pero también consigue que sintamos que una bola de algodón es un bebé. Proyecta sentimientos en un objeto y también en una marioneta. Por un segundo, mientras el protagonista baila al estilo de los musicales clásicos de Hollywood, te olvidas completamente de que hay tres personas vestidas de negro que manejan los hilos del asunto, literalmente.

“It’s Dark Outside” es una obra sobre la demencia, sobre el Alzheimer, sobre los recuerdos y sobre el olvido. Lo bonito y devastador es que está contada desde el punto de vista del que la sufre. No nos aliamos con cuidadores ni testigos. Los testigos somos nosotros, que observamos cómo, delicadamente, cada uno de los detalles en la vida del protagonista se desvanece. No sé si todo el mundo sentirá la misma emoción que otros y yo sentimos al verla (no era la única, me crucé con varios ojos muy rojos a la salida) o si hay que mirar a la demencia a la cara, haberle visto el rostro, la rutina, los gestos y las costumbres, para identificarla. Pero sé que si en algún momento pudiese ponerle al olvido un argumento, sería el del hombre del oeste que salió a la aventura montado en una tienda de campaña y anduvo de entuerto en entuerto hasta que un vaquero con sombrero de ala ancha le encontró.

En el baño (ya sabéis que me gusta recabar información en los aseos), tras mi primera experiencia con “It’s Dark Outside”, una señora decía: “Me habían dicho que era un espectáculo buenísimo, pero nadie me había advertido de los increíblemente triste e incisivo que era. ¡Y son tan jóvenes!” En efecto, Gray, Isaacs y Watts son jóvenes. E incisivos. Pero además tienen un talento bárbaro para la delicadeza.

Algunos dicen que su otra producción del Fringe, “The Adventures of Alvin Sputnik”, es mejor. Otros, que ésta es un poco cursi con tanta nubecita de algodón flotando. A veces añaden que el argumento es algo confuso.

Yo os digo que se me rompió el corazón viendo soñar al anciano y viendo cómo se esfuman esas famosas nubecitas de algodón.

Y añado que, a horrores como los que el protagonista sufre, lo único que se puede hacer es añadirles poesía.

Deja un comentario