Pesadilla adolescente

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Crítica

It Follows (2014), de David Robert Mitchell

Por Pablo Álvarez

Ante la incesante llegada a los cines de secuelas y remakes de films célebres, es difícil encontrar en la cartelera una película que represente un verdadero soplo de aire fresco en lo que respecta al género de terror. No obstante, de vez en cuando aparece un título que demuestra que todavía existe la originalidad, aunque esta se obtenga mediante la reformulación y adaptación a los tiempos modernos de unas pautas perfectamente reconocibles por el aficionado, como es el caso.

El argumento cuenta la historia de Jay, una adolescente que tras un encuentro sexual se verá perseguida incansablemente por una entidad maligna con la intención de matarla.

Desde la primera escena que abre el film, se perciben determinados aspectos que remiten a otras obras míticas, la más obvia Halloween (1978) de John Carpenter y que constituyen toda una declaración de intenciones por parte de su realizador David Robert Mitchell. Y es que la mayor virtud que presenta la película es su capacidad de reverenciar el trabajo de maestros como el mencionado Carpenter o David Cronenberg, pero sin que resulte una pieza retro de forma impostada, sirviéndose de evidentes recursos superficiales, algo que la diferencia de muchos otros títulos actuales. Mitchell transmite mediante su elegante puesta en escena una sensibilidad pretérita tras las cámaras que satisfará a los aficionados más nostálgicos, a la vez que se muestra lo suficientemente novedoso como para que su film no resulte anacrónico.

La génesis del proyecto surgió a partir de una pesadilla recurrente que tenía el propio director, en la que una amenaza ambigua siempre le alcanzaba por mucho que huyera. Esto se ve reflejado en la cinta en su cualidad onírica, aproximándola a otras obras que se rigen por la lógica de los sueños, como son Pesadilla en Elm Street (1984) de Wes Craven o Phantasma (1979) de Don Coscarelli. A su vez, la leyenda urbana que se crea en torno a la entidad recuerda a Ringu (1998) de Hideo Nakata y las apariciones espectrales evocan los instantes más espeluznantes de El Resplandor (1980) de Stanley Kubrick. Tomando estos referentes de base, Mitchell da forma a un trabajo que se caracteriza por presentar una constante atmósfera asfixiante y malsana, que prescinde de los golpes de efecto para apoyarse en el suspense. El director también es consciente de que para transmitir miedo al espectador de forma efectiva es necesario que se preocupe por el destino de sus protagonistas, por lo que estos deben resultar lo suficientemente interesantes. En su anterior trabajo como realizador, The Myth of the American Sleepover (2010), demostró tener una gran capacidad para plasmar de forma sincera y no condescendiente las distintas inquietudes y preocupaciones que surgen durante la adolescencia, distanciándose de los estereotipos a los que nos tiene acostumbrados Hollywood. De igual modo, los personajes de su nuevo film resultan creíbles y naturales en todo momento, a lo que contribuyen las convincentes interpretaciones del elenco, entre las que destaca la excelente labor de la ascendente Maika Monroe. El aspecto decadente de las localizaciones por las que estos deambulan, un Detroit prácticamente vacío, remarcan el desasosiego y la melancolía presentes a lo largo de todo el metraje.  Otro aspecto a destacar es la magnífica banda sonora a cargo de Disasterpiece a base de sintetizadores, constituyendo un elemento imprescindible a la hora de dotar al film de la peculiaridad que le caracteriza.

Nos hayamos sin duda ante un nuevo clásico de culto, algo que quedó evidenciando por el inesperado éxito de taquilla en Estados Unidos gracias al boca a boca, cuya popularidad no ha hecho más que aumentar desde el momento de su estreno. Un trabajo que demuestra que el género de terror funciona como pocos a la hora de crear arquetipos que dejen huella en el imaginario colectivo, simbolizando los temores más profundos de la sociedad. Una cinta de una indudable riqueza metafórica que ofrece múltiples lecturas, funcionando como una alegoría del paso de la infancia a la madurez, con el sexo como acto transitorio entre ambos y como una representación del inevitable destino ligado a la condición humana, del cual ninguno podemos escapar.